El Jueves Santo hemos sido testigos del recogimiento en la ciudad de Santo Domingo, porque el miércoles ha sido un día intenso, de cese repentino de actividades, de cierre o cuadre en empresas privadas e instituciones públicas, y de la preparación para el asueto físico y psíquico, de millones de personas que han optado por salir rápidamente del centro urbano, se han desplazado hacia el interior de sus hogares o hacia ciudades en otras regiones que no son el Gran Santo Domingo.

Es el regalo de la Semana Santa. Es el obsequio de la quietud a quienes optaron por quedarse en sus casas, apartamentos, en sus barrios o sectores, como si se tratara de los nuevos propietarios de una ciudad quita, apacible, tranquila, que se entrega al ciudadano que la tiene, en su estado más romántico y solitario.

Ese hijo de Dios que nos trajo nuevos mandamientos, también nos dijo que la misericordia y el perdón son centro importante de la vida del cristiano, que la honestidad era un valor esencial ante la mirada de Dios

Quien haya transitado el centro de la ciudad de Santo Domingo este día jueves, habrá podido constatar que estamos viviendo en una ciudad hermosa, con grandes avenidas, que se distribuyen con facilidad para permitir que quienes la habitan la disfruten y sean testigos de una ciudad moderna, educada, sin entaponamiento y que se entrega para ser disfrutada en la semana más tranquila y cristiana de todo el año: La Semana Santa.

Eso lo debemos a Jesús, que a su vez en una tierra lejana, en el Medio Oriente, clamó por justicia, por solidaridad, por amar a Dios por sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo. Ese hijo de Dios que nos trajo nuevos mandamientos, también nos dijo que la misericordia y el perdón son centro importante de la vida del cristiano, que la honestidad era un valor esencial ante la mirada de Dios, y que la atención a los pobres, los enfermos y los excluidos es parte de la responsabilidad que todos tenemos, especialmente los que tienen poder y están elegidos para mandar sobre los demás.

Para ese Jesús de Nazaret la regla de oro de todo cristiano es  clara: “Todo lo que quieran que los demás hagan con ustedes, háganlo con ellos”.

Hemos recibido una ciudad para disfrutarla. Para vivirla en armonía y en procura del bienestar colectivo, porque sabemos que la multitud vuelve, del viaje temporal hacia los municipios y pueblos a los que nos desplazamos, hacia los centros turísticos donde nos contagiamos de “nuevos dioses” a los que adoramos y hacemos reverencia. Esa multitud regresa de su encuentro cultural, familiar, religioso, e invade, cargada de emoción, las calles de un Santo Domingo que ha sido virtuoso y disfrutable en Semana Santa, y que los demás días y semanas del año seguirá siendo el centro urbano bulloso, endemoniado y anárquico al que nos hemos acostumbrado, sin reglas ni respeto por los mandamientos y orientaciones del Señor al que veneramos y debemos estos días de quietud y hermosura.