Hay días en que la liturgia deja de ser rito y se convierte en radiografía. Ayer, Viernes Santo, desde la Catedral Primada de América, el Sermón de las Siete Palabras no se limitó a recorrer las últimas expresiones de Jesús en la cruz: las convirtió en un espejo real de la República Dominicana de 2026. Cada palabra —perdón, paraíso, madre, sed, abandono, consumación, entrega— fue leída en clave de país, con nombres y apellidos de males que la sociedad dominicana arrastra como cruces propias: corrupción enquistada, feminicidios en escalada, una canasta básica que asfixia, jóvenes que mueren en las carreteras y un medio ambiente saqueado sin pudor.
No es la primera vez que la Iglesia Católica dominicana habla de lo social desde el púlpito. Pero la contundencia de este sermón colectivo —siete voces, siete diagnósticos, un solo grito— merece una lectura detenida, porque lo que se dijo hoy en la Catedral no fue teología abstracta: fue periodismo de la cruz.
El sacerdote Francisco Alvarado Herrera eligió la primera palabra —"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen"— para hablar de lo que muchos saben y pocos castigan: la corrupción como enfermedad crónica de la democracia dominicana. "Partido tras partido, gobierno tras gobierno", dijo, describiendo una herida que no cicatriza porque se reabre con cada administración.
Los datos le dan la razón. Según Transparency International, el Índice de Percepción de la Corrupción de República Dominicana alcanzó 37 puntos en 2025, una mejora marginal frente a los 36 de 2024, pero todavía lejos de cualquier zona de confort democrático. Mientras tanto, el país trabaja con la OCDE en la creación de su primera estrategia nacional de integridad y lucha contra la corrupción, un proceso que transcurre entre 2025 y 2026 y que, según el informe preliminar, muestra "avances en algunas áreas, pero también importantes debilidades".
Lo más notable del mensaje de Alvarado Herrera fue que no se detuvo en la clase política: extendió el examen a la propia Iglesia. "Que no debe dejar de pedir perdón por sus fragilidades. Padre, perdónala porque no sabe lo que hace", dijo, en un gesto de autocrítica poco frecuente desde el altar. Esa honestidad —reconocer que la institución que denuncia también necesita conversión— le otorga al mensaje una autoridad moral que la mera denuncia partidaria no tiene.
Y más contundente fue cuando Sol Zoila María Mercedes López meditó sobre "Tengo sed", no habló solo de la sed de Cristo: habló de un país sediento de justicia mientras sus mujeres siguen muriendo. Y cuando el sacerdote José Ricardo Rosado Acosta reflexionó sobre "Ahí tienes a tu madre", colocó a las mujeres dominicanas —"mujeres que sufren, pero permanecen"— en el centro de una urgencia que las estadísticas confirman con frialdad.
La Iglesia no ofrece un programa de políticas públicas —no es su rol—, pero sí hace algo que la política a menudo evita: nombrar el dolor sin eufemismos. Decir "feminicidios" desde el púlpito de la Catedral Primada, en Viernes Santo, es un acto de interpelación que trasciende lo pastoral.
Así lo hizo el diácono Juan Evangelista Rivas Morillo conectó "Todo está consumado" con lo que se consume —o no se puede consumir— en los hogares dominicanos. El alto costo de la canasta básica, el alza de la gasolina que "encarece todo", los salarios que no alcanzan: un diagnóstico que cualquier ama de casa en el Hospedaje Yaque de Santiago podría firmar.
Los datos vuelven a ser elocuentes: la canasta básica familiar aumentó RD$2,175 en febrero de 2026, un incremento cercano al 5% que golpea con especial dureza a los hogares de menores ingresos. Aunque el presidente Abinader aseguró tras reunirse con el sector empresarial que "no hay razones importantes para alzas" en alimentos, las amas de casa en los mercados de Santiago denuncian el encarecimiento sostenido de arroz, pollo y huevos.
A esto se suma una brecha salarial estructural: el salario del sector formal supera en un 30% al de la economía informal, y las mujeres —pese a representar el 63.7% de la matrícula universitaria— enfrentan muros salariales y de representación política que el capital educativo no logra derribar.
Que la Iglesia hable de canasta básica y gasolina no es populismo de sacristía: es reconocer que la dignidad humana empieza por el plato de comida.
El sacerdote Candelario Mejía Brito tomó "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" para hablar de los jóvenes que el país deja atrás: sin oportunidades, sin empleo digno, y —lo más grave— muriendo por "causas externas" que son, en realidad, causas evitables. Mejía Brito tiene razón: hay una "indiferencia institucional" que convierte cada carretera en un calvario. Y cuando a eso se suman los homicidios y los suicidios juveniles, el grito de abandono desde la cruz se vuelve literal.
Rivas Morillo no se quedó en la economía doméstica: colocó la urgencia ambiental como mandato ético. Reforestación, gestión de residuos, reciclaje, protección de fuentes de agua. "Todo estará cumplido cuando nos apeguemos a la Ley de Medio Ambiente y Recursos Naturales", dijo, conectando fe y responsabilidad pública con una precisión que muchos legisladores envidiarían.
El sermón dominicano no ocurrió en el vacío. El pasado Domingo de Ramos, el papa León XIV —en su primera Semana Santa como pontífice— lanzó desde la Plaza de San Pedro un encendido llamamiento a la paz: "¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!", proclamó ante 40,000 fieles, rechazando que Dios pueda ser invocado para justificar ninguna guerra. "Nuestras manos están llenas de sangre", advirtió, citando a Isaías.
Hay una línea directa entre el mensaje papal y lo que se escuchó ayer en Santo Domingo. Cuando Sol Zoila María Mercedes López habló de la "sed de paz" en un mundo atravesado por guerras, y cuando Sor Lourdes Martínez Arcángel pidió que "las manos del Padre necesitan nuestras manos", estaban traduciendo al lenguaje local una Iglesia universal que, bajo León XIV, ha elegido la denuncia social como eje pastoral.
Las siete palabras ya fueron pronunciadas. Ahora falta lo más difícil: que alguien las escuche.
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