Llegar a La Guaira es entrar a un silencio que pesa. No es el silencio de la calma, sino el de la ausencia: el de los edificios que ya no están en pie, el de las voces que quedaron sepultadas, el de las familias que esperan noticias que quizás nunca lleguen. Un equipo de Acento.com.do, conformado por la periodista Karla Alcántara y el fotoperiodista Ronny Cruz, viajó el pasado sábado cuatro de julio a Venezuela, por invitación de la Cancillería dominicana, y lo que encontró en terreno es una historia que ningún comunicado oficial puede contar.
Tras 24 horas intensas, el equipo de Acento se sitúo en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, puerta de entrada al país, el cual opera hoy en un modo que no figura en ningún manual de aviación civil. Las operaciones comerciales están suspendidas. Solo aterrizan y despegan vuelos de ayuda humanitaria. Pero lo que más llama la atención no es lo que falta, sino lo que sobra: una presencia militar estadounidense robusta, con aviones de guerra y de carga, vehículos de combate y soldados armados con fusiles largos patrullando la pista.
Mientras el equipo de Acento esperaba el vuelo de regreso a Santo Domingo, programado para las 5:00 de la tarde, médicos y militares de Gran Bretaña, Italia y Francia también abordaban sus vuelos de vuelta a casa.
El proceso migratorio, tanto de entrada como de salida, se realiza de forma manual en una habitación que apenas cabe tres personas, con tres fondos blancos para fotografías y un celular que procesa los datos de admisión, cuando la señal de internet lo permite.
Desde el aeropuerto, el olor a putrefacción ya es perceptible, incluso con mascarilla. A medida que los autobuses —siempre escoltados por un militar y personal del Ministerio de Relaciones Exteriores venezolano— avanzan hacia la zona del desastre, las aves carroñeras se multiplican en el cielo. Bajan, se acercan a los edificios derrumbados, y nadie las espanta. No hay nadie que pueda hacerlo.
Los edificios destruidos son una imagen que golpearon con una fuerza que ninguna fotografía termina de capturar, reveló en la redacción Ronny Cruz. Son estructuras que alguna vez fueron hogares, oficinas, vidas enteras, convertidas ahora en montañas de escombros grises. El ambiente es triste, silencioso, desolado. Como si la ciudad entera estuviera de luto y no supiera cómo salir de él.
Las personas que Acento entrevistó en el estadio César Nieves, convertido en el epicentro humano de esta tragedia, no dudaron en hablar, aunque les costara. Una mujer miró a Karla Alcántara y le dijo: "¿Qué te puedo decir, muchacha? ¿Son de Dominicana? Ustedes han sido muy solidarios con nosotros siempre. Lo perdí todo. Vi cómo quedaba tapiada. Quien me salvó fue el vecino, fueron desconocidos, porque nunca hubo ayuda del Gobierno. Ellos nos abandonaron. No puedo hablar sin llorar, muchacha."
El testimonio se repitió, con distintas voces y distintos rostros, pero con la misma conclusión: la ayuda oficial llegó tarde, fue insuficiente, o simplemente no llegó.
En el estadio también funciona una red de supervivencia organizada por la propia comunidad: cocinas improvisadas donde se preparan los alimentos del día, espacios habilitados para almacenar y distribuir medicamentos, y redes de vecinos que se convirtieron en los primeros —y a veces únicos— en dar respuesta a la emergencia. La solidaridad no esperó al Estado.
En el Estadio César Nieves también se concentran los 40 médicos dominicanos que permanecerán 15 días en Venezuela brindando atención a los afectados, junto a médicos cubanos y equipos de otras naciones. Su presencia fue reconocida con gratitud por los venezolanos que los veían trabajar.
Los 10 rescatistas del Ministerio de Defensa dominicano, que lograron salvar a tres personas con vida en la denominada zona cero, regresaron en el mismo vuelo que el equipo de Acento. Sus rostros lo decían todo: cansados, silenciosos, con pocas palabras entre ellos, como si cargaran el peso de lo que habían visto entre sus hombros.
Viajar a La Guaira por un solo día es suficiente para entender que hay realidades que las cifras no alcanzan a describir. Que entre los escombros y el olor a muerte también crece algo que se niega a desaparecer: la solidaridad de los que no tienen nada y aun así comparten lo poco que les queda. Que la esperanza, en Venezuela, no es un slogan político. Es una decisión que toman cada mañana personas que lo perdieron todo y que, sin embargo, siguen en pie.
La historia de La Guaira no terminó con el dobletesísmico. Apenas está comenzando.
Acento.com.do agradece a la Cancillería dominicana la invitación que hizo posible este reportaje desde el terreno, y que ha motivado este editorial.
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