Frente a un imperio desaforado, ofensivo y agresivo, y dispuesto a invadir países, conquistar áreas que no son suyas y que considera para su propia defensa ¿qué papel podría jugar una economía como la dominicana?

La pregunta no es protocolar. Está estrechamente vinculada con nuestras relaciones exteriores, políticas y económicas, y con nuestras fragilidades como nación dependiente, con antecedentes de dos intervenciones militares de los Estados Unidos, más una metida de narices en los asuntos locales que nunca ha cesado.

Sectores revolucionarios hablan de la dependencia y de la soberanía como si fuera posible que el país tome decisiones, al margen de las consecuencias, que pudieran desencadenar actuaciones desconsideradas y desaprensivas, como ha ocurrido con México, Colombia, Venezuela, Cuba, Canadá, Unión Europea, Dinamarca, Groenlandia, Sudáfrica, o lo que pasó con el nombre de más de 500 años al Golfo de México, que pasó a ser Golfo de América. O lo que ha pasado con el multilateralismo o con las Naciones Unidas, que en la práctica han sido borradas del mapa, aunque aún sigan respirando.

Pedir al presidente Luis Abinader que asuma una postura de rechazo de las políticas que se imponen en este momento desde Washington representa un riesgo muy alto para la sociedad dominicana. La soberanía hay que cuidarla, con cautela y con prudencia. Hacer resabios o exponerse con oposiciones sin que tengamos una sostenibilidad firme, es un riesgo muy alto. España, por ejemplo, que forma parte de Unión Europea, tal vez le sirva y pueda hacerlo. Fue potencia mundial, tiene casi 50 millones de habitantes, casi 100 millones de turistas, una economía bastante robusta.

Solo los izquierdistas dominicanos estarían dispuestos a demostrar fuerza contra el imperialismo. De las consecuencias no hablemos, pues serían atronadoras y catastróficas.

Veamos el cuadro de Venezuela, más cercano a nuestra región del Caribe, lo que ocurrió con los envalentonamientos de Nicolás Maduro, o la durísima batalla de 66 años de la Revolución Cubana, con un país asfixiado en la actualidad. Con con México, que ha tenido que maniobrar para proteger su frontera, evitar la incursión militar de los Estados Unidos.

Más del 60 por ciento de los turistas que llegan a la República Dominicana vienen desde los Estados Unidos. Más de 2 millones de dominicanos viven y trabajan en los Estados Unidos y envían remesas. El 50 por ciento de los dólares que cada año entran al país vienen de esos dos renglones, que Donald Trump podría derrumbar con decisiones administrativas. Ni el Congreso de los Estados Unidos ni la Corte Suprema representan un control para las políticas del señor Trump.

¿Está Luis Abinader en condiciones de negociar algo con Estados Unidos? Parece que no. ¿Es un pro-yanqui y pro-Trump por no reaccionar ante las agresiones políticas que recibe la región? Solo hay que mirar la forma en que República Popular China, o Unión Europea tratan los temas con el señor Trump. La cautela y la sangre fría siempre prima en ellos. Igual pasa con la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. Serenidad y tiempo. ¿Es temporal esta política de adueñarse del patio trasero? Tal vez. ¿Volverá el modelo democrático a primar en Estados Unidos? Es posible.

Actuar con cautela frente al poder del imperio, en un momento de gran desconcierto mundial, es lo más inteligente que podría hacer el gobierno dominicano. Lo mismo habrían hecho Leonel Fernández, Hipólito Mejía o Danilo Medina, los cuales siempre tomaron decisiones para estar bien con el imperio. Solo los izquierdistas dominicanos estarían dispuestos a demostrar fuerza contra el imperialismo. De las consecuencias no hablemos, pues serían atronadoras y catastróficas.