Del discurso que el ingeniero Luis Molina Achécar, presidente del Centro Financiero BHD, ofreció ante la Cámara Americana de Comercio rescatamos la siguiente frase: "El capital humano no es un recurso natural que se encuentra en la calle, sino un tejido que se construye en las escuelas, las universidades y, decisivamente, en las empresas".
Se trata de un diagnóstico, de una tesis, que motiva a una autorreflexión no solo para un auditorio acostumbrado a celebrar los números, también para el país. Y, se fundamenta en que la República Dominicana ha construido una de las historias macroeconómicas más exitosas de la región: el PIB per cápita pasó de representar el 16 % del estadounidense en 1990 al 32 % en 2025; pero ese crecimiento descansa sobre una base que empieza a mostrar sus límites. La inversión, que fue el motor de las últimas tres décadas, se está limitando. El presente futuro exige productividad. Y la productividad exige personas bien formadas, instruidas, con educación sólida.
Ahí está el problema. Desde 2013, el Estado dominicano ha destinado unos 50 mil millones de dólares al Ministerio de Educación. El 4 % del PIB que el "movimiento de las sombrillas amarillas" arrancó como promesa electoral, y que el presidente Danilo Medina convirtió en política de Estado, fue un logro de concertación ciudadana sin precedentes. Pero el propio Molina Achécar lo califica sin eufemismos: los resultados han sido "una frustración nacional". El dinero llegó. La transformación, todavía no.
La advertencia de Molina Achécar cobra urgencia cuando se lee junto a los datos que él mismo citó. El economista Raúl Féliz señala que los países de ingreso mediano alto no pueden seguir creciendo solo con inversión: necesitan productividad y tecnología. Chile, México y Brasil entraron en estancamiento cuando alcanzaron entre el 30 % y el 42 % del PIB per cápita de Estados Unidos. República Dominicana está en el 32 %. El margen es estrecho.
La trampa de los ingresos medios no es una fatalidad. Es una encrucijada. Y la diferencia entre los países que la superaron, citó a Corea del Sur, Singapur, Alemania, Japón, y los que se quedaron atascados no fue solo tecnológica ni financiera. Fue, en buena medida, educativa y cultural. Esos países apostaron de forma deliberada por formar ciudadanos capaces de colaborar, innovar y sostener instituciones. No dejaron la educación librada a la inercia burocrática ni a la lógica del gasto sin evaluación.
República Dominicana tiene la arquitectura fiscal para financiar esa apuesta. Lo que no tiene —todavía— es la reforma que convierta ese financiamiento en resultados.
El ingeniero Molina Achécar no habló solo de escuelas. Habló de cultura. Del capital social que, según el Banco Mundial, es "el conjunto de redes, normas y cooperación de una sociedad para lograr objetivos comunes". Habló de confianza, la misma que Francis Fukuyama identificó como el activo invisible que separa a las sociedades prósperas de las que se consumen en la desconfianza mutua.
Esa dimensión suele quedar fuera del debate económico. Los indicadores no la capturan bien. Pero está en la base de todo lo que funciona: los pactos que produjeron las reformas de los noventa, la concertación que sostuvo el crecimiento durante tres décadas, la capacidad de sectores divergentes de sentarse a construir algo común cuando el país lo necesitó.
El problema es que esa cultura no se hereda automáticamente. Se enseña. Y se enseña, sobre todo, en las aulas.
La pregunta que Molina Achécar nos dejó: "¿No deberíamos ahora volver sobre el tema y asegurar una solución?", es una convocatoria. El primer pacto educativo produjo presupuesto. El segundo, si llega, tendrá que producir resultados: docentes mejor formados y mejor pagados, currículos que preparen para un mercado laboral que la inteligencia artificial está rediseñando en tiempo real, y una evaluación honesta de lo que funciona y lo que no.
El país que Molina Achécar describe, capaz de duplicar su economía en una década, con potencial de convertirse en economía avanzada en cuarenta años, no existe todavía. Existe el país que puede construirlo. Pero ese país necesita, antes que cualquier otra cosa, a las personas que lo van a construir.
Y esas personas se forman ahora, en las aulas de hoy, con los maestros de hoy, con los recursos que ya están disponibles.
El tejido no se improvisa. O se teje con método y con urgencia, o el crecimiento que tanto costó construir empieza a deshilacharse solo.
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