Hay fechas que no envejecen. El 24 de abril de 1965 es una de ellas. Sesenta y un años después, las calles del centro histórico de Santo Domingo vuelven a llenarse de voces que invocan a Caamaño, a Peña Gómez, a los constitucionalistas que se atrevieron a creer que la democracia valía más que la vida. Y sin embargo, cada aniversario trae consigo una incomodidad legítima: ¿estamos a la altura de lo que esa generación nos legó?

La Revolución de Abril no fue solo un episodio militar. Fue una declaración de principios. Un pueblo que había salido apenas cuatro años antes de 31 años de dictadura trujillista se levantó, de nuevo, para defender el voto, la constitución y la soberanía. Lo hizo con las armas que pudo conseguir, con hospitales improvisados, con mujeres que cruzaron líneas de fuego cargando medicamentos y consignas. Lo hizo sabiendo que del otro lado estaba el ejército más poderoso del mundo.

Esa audacia merece algo más que flores en El Conde una vez al año.

El problema de la memoria histórica dominicana es que tiende a ser selectiva y ceremonial. Se recuerda a los héroes en los discursos, pero se les olvida en las políticas. Se celebra la gesta en los actos oficiales, pero se posterga la construcción del museo que debería preservarla. Durante décadas, la Revolución de Abril careció de un espacio físico permanente donde las nuevas generaciones pudieran encontrarse con esa historia. El anuncio del presidente Luis Abinader de juramentar este mismo viernes la Comisión de Puesta en Funcionamiento del Museo Histórico de la Gesta de Abril es, en ese sentido, una señal alentadora —aunque tardía.

La memoria no es nostalgia. Es responsabilidad. Y la mejor forma de honrar a los hombres y mujeres del 24 de abril de 1965 no es solo poner flores en su nombre, sino asumir, con la misma valentía que ellos tuvieron, el compromiso de construir la democracia que todavía nos debemos.

No basta con crear comisiones. La historia dominicana está llena de comisiones que se juramentan con pompa y concluyen en el silencio. Lo que el 24 de abril exige es voluntad sostenida: financiamiento real, rigor académico, y sobre todo, una narrativa que no eluda las complejidades del conflicto. Un museo de la Gesta de Abril que omita la intervención estadounidense, que minimice el papel de las mujeres combatientes o que reduzca a Caamaño a una estatua de bronce habrá fallado antes de abrir sus puertas.

Uno de los capítulos más urgentes de esa memoria pendiente es el de las mujeres de Abril. Piky Lora, Emma Tavárez Justo, Aniana Vargas, Somnia Vargas, Teresa Espaillat —y cientos de mujeres cuyos nombres no registra ningún libro de texto— no fueron figuras secundarias. Fueron instructoras militares, enfermeras de guerra, enlaces clandestinas, propagandistas, combatientes. Arriesgaron sus vidas con la misma convicción que sus compañeros, y en muchos casos pagaron el mismo precio: cárcel, exilio, persecución.

Pero, 6años más tarde1 , el relato dominante de Abril sigue siendo predominantemente masculino. Si el Museo Histórico de la Gesta de Abril ha de ser algo más que un monumento al heroísmo genérico, deberá ser también el lugar donde esas mujeres recuperen el lugar que merecen en la memoria colectiva.

La Revolución de Abril fue, en su dimensión más profunda, una batalla por la soberanía. Cuando el 28 de abril de 1965 los marines estadounidenses desembarcaron en suelo dominicano, la guerra civil se convirtió en guerra patria. Los constitucionalistas resistieron hasta el 31 de agosto, cuando los acuerdos pusieron fin al conflicto sin que ninguna de las partes pudiera proclamar una victoria limpia.

Esa lección —que la soberanía no se defiende una sola vez, sino todos los días— sigue siendo pertinente. La consigna que este viernes convoca a la izquierda dominicana frente a la estatua de Caamaño, "Sin soberanía no habrá transformación político-social", no es una reliquia del pasado. Es una pregunta vigente en un mundo donde las presiones externas sobre las decisiones internas de los países pequeños no han desaparecido; solo han cambiado de forma.

La juventud de hoy no tienen por qué sentir la Revolución de Abril como propia de manera automática. Esa apropiación se construye: con educación, con espacios de memoria, con relatos que conecten aquella lucha con los desafíos del presente.

Seis décadas y un año después, la Revolución de Abril sigue siendo un espejo incómodo. Nos recuerda lo que fuimos capaces de hacer cuando la democracia estuvo en juego. Nos interpela sobre lo que hacemos hoy para defenderla. Nos pregunta si las instituciones que aquella generación murió por construir están a la altura de su sacrificio.

La memoria no es nostalgia. Es responsabilidad. Y la mejor forma de honrar a los hombres y mujeres del 24 de abril de 1965 no es solo poner flores en su nombre, sino asumir, con la misma valentía que ellos tuvieron, el compromiso de construir la democracia que todavía nos debemos.

Que Abril no sea solo una fecha en el calendario. Que sea, cada año, una exigencia.