La economía mundial se ha mantenido resiliente a pesar del repunte inflacionario tras la pandemia; de los aranceles de Donald Trump; de la guerra en curso de Rusia contra Ucrania; de la guerra con Irán y, como consecuencia de estos dos conflictos, de las grandes crisis energéticas, siendo la más reciente, en términos cuantitativos, la mayor de la historia. ¿Deberíamos concluir que la economía es invulnerable o simplemente ha tenido suerte? Si se trata de suerte, ¿cómo podría definitivamente agotarse?
El lúcido análisis del más reciente Informe Económico Anual del Banco de Pagos Internacionales (BPI) demuestra que, efectivamente, ha habido resiliencia, pero también suerte; además, muestra que los peligros se están acumulando, sobre todo en la interacción entre las fragilidades fiscales y financieras. A esto hay que sumarle las vulnerabilidades sociales, financieras y de otro tipo que probablemente se generen, o se agraven, por el avance imparable de la inteligencia artificial (IA) en la economía. No es difícil imaginar crisis ante las cuales la capacidad del sector público para responder de manera efectiva sea más limitada de lo que la gente da por sentado actualmente.
Consideremos el impacto de algunos acontecimientos recientes. La guerra arancelaria de Trump resultó mucho menos perjudicial de lo esperado en el llamado "día de la liberación" (2 de abril de 2025). Esto se debió, en parte, a que los niveles arancelarios resultaron ser considerablemente más bajos de lo que se había sugerido inicialmente; en parte, a que las compañías estadounidenses absorbieron parte del costo (posiblemente de manera temporal) mediante márgenes más bajos; y, lo que es más importante, a que los aranceles fueron tremendamente discriminatorios. El resultado inevitable fue el desvío del comercio de las exportaciones directas de China a EEUU a exportaciones a través de otras economías emergentes (principalmente en Asia oriental) capaces de producir usando insumos chinos. Además, y esto es crucial, el resto del mundo no imitó el proteccionismo de Trump; sensatamente, lo consideraron demasiado absurdo como para duplicarlo.
El mundo también ha tenido una gran dosis de suerte macroeconómica: el auge de la IA. Esto ha desencadenado no sólo un impulso que ha reforzado la confianza en un mercado bursátil ya altamente valorado, sino también un enorme aumento de la inversión interna en EEUU. Esto último, a su vez, ha tenido importantes efectos indirectos en el suministro de insumos procedentes de Asia oriental. Como resultado de este auge, junto con el desvío comercial mencionado anteriormente, el comercio mundial se ha mantenido notablemente dinámico.
Sin embargo, en 2026, la economía mundial sufrió otro gran choque: el mal concebido ataque contra Irán. Esto ha provocado el cierre efectivo del estrecho de Ormuz, el punto de estrangulamiento más importante del mundo para el petróleo, el gas natural y muchos otros productos vitales. Esta situación ya lleva cuatro meses y sigue sin resolverse. En términos de suministro, éste ha sido el mayor choque petrolero de todos, aunque las reservas han amortiguado el golpe.
Si consideramos todos estos puntos en conjunto, señala el BPI, observamos cuatro debilidades económicas.
La primera es que la inflación ha aumentado. La pregunta para los bancos centrales es si esto será breve y transitorio o lo suficientemente grande y duradero como para generar otro salto en el nivel de precios, tal como lo hizo de manera tan notoria el repunte de la inflación pospandemia. ¿Podría un segundo choque desestabilizar significativamente las expectativas de inflación? Sí. No alcanzar el objetivo de inflación por mucho en una sola ocasión podría considerarse mala suerte; no alcanzarlo por segunda vez, aunque sea de manera mucho más moderada, se vería como negligencia.
La segunda debilidad es que el aumento del gasto en IA podría desacelerarse, quizás drásticamente. Una razón podría ser la feroz hostilidad del público hacia esta tecnología. A largo plazo, la combinación de una intensa competencia con decepcionantes retornos podría, por sí sola, provocar un colapso de la inversión. Esto, señala el BPI, ha ocurrido en anteriores auges de inversión impulsados por la innovación.
La tercera debilidad es que las relajadas condiciones financieras actuales podrían endurecerse drásticamente como resultado de un pánico bursátil 'tradicional'. Observamos primas de riesgo reducidas, un apalancamiento en aumento y, no menos importante, un rápido crecimiento de la intermediación financiera no bancaria, relativamente opaca y sin regulación. Cabe señalar también que el endeudamiento del sector privado en sí no se encuentra muy por debajo del nivel que tenía en 2007.
La cuarta debilidad es que los Gobiernos de los países de altos ingresos están perdiendo el control de sus finanzas públicas. Salvo contadas excepciones, estos países registran grandes déficits fiscales estructurales, mientras que la relación promedio de deuda pública con respecto al PIB se encuentra en niveles que no se veían desde la Segunda Guerra Mundial. Estos países, especialmente en Europa, también enfrentan los retos de los altos precios de la energía y el envejecimiento de la población. Las tasas de interés, tanto nominales como reales, se encuentran en niveles que no se veían desde antes de la crisis financiera mundial. Tal como sostienen Manoj Pradhan y Charles Goodhart en "The Unanchored Central Banker" (El banquero central sin anclaje), los días de baja inflación y tasas de interés cercanas a cero ya son cosa del pasado.
Una reciente contribución del BPI de particular importancia ha sido acerca de la interacción entre el aumento de la deuda pública y los mercados de deuda del sector público. En particular, el BPI ha destacado el papel cada vez más importante de los fondos de cobertura en el financiamiento de los Gobiernos. Su estrategia depende de un alto apalancamiento. Esto aumenta los riesgos de que se produzca un pánico en el que las operaciones se liquiden a gran velocidad. Vimos este tipo de disrupciones al inicio de la pandemia y nuevamente durante el "choque de Truss" — provocado por los recortes fiscales propuestos sin financiación — en el Reino Unido de septiembre de 2022.
Para los bancos centrales, todo esto en conjunto augura serios problemas.
Uno de los riesgos son los choques fiscales, los cuales, como destaca el BPI, probablemente también reduzcan el margen de maniobra de la política monetaria.
Además, es probable que cualquier disrupción en los mercados financieros sea recibida con un firme respaldo por parte de las autoridades. Pero eso sin duda aumentará aún más el riesgo moral. El actual cambio hacia una desregulación procíclica del sector financiero aumenta aún más la probabilidad de que se materialice este peligro.
Por último, está la nueva pesadilla del BPI: la promoción de las monedas estables, las cuales pretenden ser el equivalente al dinero, pero que, ante cualquier crisis, no lo serán.
En resumen, la economía mundial es resiliente en parte porque ha tenido suerte. La suerte se acaba. Si la economía ha de mantenerse resiliente, debe volverse más robusta. Lograr eso es ahora una prioridad.
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