Bajar a la mina de larimar no es simplemente descender por un hoyo en la tierra. Es adentrarse en un espacio donde la luz desaparece, el tiempo parece detenerse y cada golpe de pico puede acercar a los mineros a la piedra que buscan.
Francisco Gómez conoce bien esa sensación. Llegó por primera vez a la mina en 1995. Regresó al año siguiente y, después de un tiempo fuera, volvió en 2003. Desde entonces, permanece ligado de manera ininterrumpida a la extracción del larimar.
“Es una experiencia inexplicable”, cuenta a Acento. El temor está presente porque el riesgo forma parte del trabajo, pero también describe una sensación particular bajo tierra: una temperatura agradable que solo cambia cuando el esfuerzo físico comienza a hacerse sentir.
Hoy, la jornada de los mineros tiene límites más definidos. Entran entre las 8:00 y 9:00 de la mañana y el cierre total ocurre alrededor de las 6:00 o 6:30 de la tarde.
No siempre fue así. Durante los años 2000 y 2010, Gómez recuerda jornadas que podían comenzar a las 8:00 de la mañana y extenderse hasta la 1:00 o 2:00 de la madrugada.
Las condiciones de seguridad también han cambiado. Pero hay una paradoja: mientras existen mayores controles, los mineros trabajan ahora a profundidades mucho mayores.
“Ahora hay más riesgo, pero hay más seguridad”, dice Gómez.
Hay pozos que alcanzan entre 100 y 200 metros de profundidad, tomando en cuenta los recorridos verticales y horizontales.
Encontrar la veta
Llegar hasta el larimar no significa necesariamente encontrarlo. El trabajo comienza excavando hasta alcanzar una veta. Una vez localizada, los mineros empiezan a picarla. A veces aparece la piedra; otras veces, no.
Pero incluso cuando la veta está ahí, el trabajo continúa. Durante una o dos semanas pueden permanecer extrayendo material, mientras los escombros se acumulan alrededor.
En algún momento hay que detenerse, comenta a Acento, al explicar que primero se retira todo lo que sobra, luego se vuelve a picar.
De la piedra a las manos del artesano
Cuando finalmente el larimar sale de la mina, comienza otro proceso. La piedra se limpia, se clasifica y se comercializa.
Gómez explica que existen distintas categorías: primera, segunda y tercera calidad. También está el llamado “chirrí”, pequeñas partículas que se desprenden de la piedra.
Nada se pierde, afirma a Acento, y agrega que todo se comercializa y, posteriormente, los artesanos transforman la materia prima en piezas de mayor valor.
Para reconocer una piedra de primera calidad hay que mirar su color, su solidez y la proporción entre larimar y desperdicio. Pero hay un elemento que destaca sobre los demás: la intensidad del azul.
Gómez muestra una pieza y explica que un ejemplar de características superiores puede alcanzar entre RD$ 6,000 y RD$ 7,000 la libra cuando se trata de un tubo completo. En las condiciones actuales de la piedra que tiene en sus manos, el precio ronda entre RD$ 5,000 y RD$ 5,500 por libra.
Noticias relacionadas
Compartir esta nota
