El 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana hora local, un terremoto de magnitud 7.4 estremeció el occidente de Colombia. En cuestión de segundos, edificios enteros colapsaron en Pereira, Manizales y Quibdó. El balance, hasta ahora, es de más de 200 personas fallecidas y más de 2.700 afectaciones materiales.

Es el sismo más potente registrado en Colombia en lo que va del siglo XXI, y el más devastador desde el terremoto de Armenia de 1999 —magnitud 6.2—, que destruyó o dejó en condición de demolición más de 60 edificaciones históricas e institucionales.

Un análisis de Diego Roberto Martínez Pineda, Profesor Asociado de Ingeniería Civil de la Universidad de La Sabana (Colombia), para The Conversation, da a conocer importantes claves.

El epicentro: una zona de alta actividad tectónica

Según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), el epicentro se ubicó a cinco kilómetros de San José del Palmar, en el Departamento de Chocó, a una profundidad de 104 kilómetros. Allí convergen las placas Nazca y Suramericana, una zona con larga historia sísmica: en 1906 se registró en esa región el terremoto de Esmeraldas (magnitud 8.8); en 1962, uno de 6.5; y en 1979, otro de 7.7.

El Servicio Geológico Colombiano clasificó el evento como un sismo interplaca de subducción de profundidad intermedia: la placa de Nazca se hunde bajo la placa Sudamericana y, en esa fricción, libera energía. Algunos registros instrumentales contabilizaron diferencias de hasta dos minutos en la duración del movimiento, algo característico de los eventos de subducción frente a los de falla superficial.

En la escala global, el sismo queda lejos de los más catastróficos de este siglo —Tohoku, Japón (2011); Maule, Chile (2010); Kamchatka, Rusia (2025)—, pero se sitúa en el rango de los terremotos de Guatemala y Guerrero-Oaxaca, México, ambos de 2012.

¿Por qué fue tan destructivo?

La magnitud importa, pero no lo explica todo. Tres factores técnicos determinan el poder destructivo de un terremoto.

La escala no es lineal. Un aumento de un punto en la magnitud representa 32 veces más energía liberada. Un sismo de 7.4 es, por tanto, exponencialmente más poderoso que uno de 6.4.

La profundidad atenúa —o amplifica— el impacto. A mayor profundidad, más se disipa la energía antes de llegar a la superficie. Los 104 kilómetros del sismo colombiano deberían haber amortiguado parte del efecto; sin embargo, las condiciones del suelo en zonas urbanas como Pereira o Manizales amplificaron localmente las ondas sísmicas.

La duración depende del régimen tectónico. Los eventos de subducción, como este, duran más que los de corteza superficial. Esa prolongación del movimiento incrementa el daño acumulado sobre las estructuras.

Para dimensionar la diferencia: los terremotos registrados recientemente en Venezuela se originaron a entre 10 y 23 kilómetros de profundidad —mucho más superficiales— y dejaron miles de víctimas y 457 estructuras comprometidas solo en Caracas.

Una normativa que existe, pero no se cumple

Colombia cuenta con reglamentos de construcción sismo-resistente desde 1984. Ese primer reglamento evolucionó hasta la Norma Sismorresistente NSR-10, vigente desde 2010, que exige diseñar estructuras capaces de resistir un terremoto de alta intensidad con un período de retorno de 475 años. La filosofía: que haya daños, pero que los ocupantes sobrevivan.

El problema es que la norma, en la práctica, no se aplica de manera generalizada. En Colombia predomina la construcción informal con mampostería no reforzada o, en el mejor de los casos, con mampostería confinada con columnetas de concreto para edificios de hasta cuatro pisos. Estos materiales no tienen capacidad para resistir las fuerzas de tensión que genera un terremoto.

En Bogotá, solo el 40% de las edificaciones cumple con la NSR-10. El 60% restante es vulnerable. Las estructuras patrimoniales tampoco escapan: la catedral de Manizales —la más alta de Colombia, inaugurada en 1938— resultó gravemente afectada por su baja resistencia a cargas laterales.

Muros sin anclar: muertes evitables

Las fotografías tomadas en las ciudades afectadas revelan otro problema recurrente: la falta de anclaje de los elementos no estructurales —muros de mampostería, fachadas, escaleras— a las vigas del edificio.

El resultado es que una estructura puede resistir el sismo con daños menores, pero durante el movimiento sus fachadas o escaleras se desprenden y colapsan, causando muertes que pudieron haberse evitado. Es una falla de ejecución, no de diseño.

El balance preliminar registra el colapso de 46 edificios en Pereira65 en Manizales y 17 en Quibdó, donde un edificio de cuatro pisos se derrumbó por completo.

Ahora, el rescate

A una semana del sismo, la prioridad sigue siendo rescatar sobrevivientes. El rango crítico de supervivencia sin agua ni alimentos es de tres a cinco días, un umbral que ya se ha superado para muchas de las personas atrapadas.

La siguiente etapa será el reconocimiento técnico de las edificaciones que resistieron el terremoto con daños. Ingenieros especializados deberán determinar, estructura por estructura, si el inmueble es seguro para seguir habitado, si requiere refuerzo o si debe ser demolido.

Lo que el terremoto del 10 de agosto deja en evidencia va más allá de la geología: es el costo humano de décadas de construcción informal en un país que sabe que vive sobre placas activas.

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