No le resta credibilidad que en sus dos coronaciones de Grand Slam, Alexander Zverev no haya tenido que enfrentar a Carlos Alcaraz, Jannik Sinner y Novak Djokovic, los dos mejores jugadores de la actualidad y el mejor de la historia. El tenis es como es y lo imprevisible forma parte de todo esto.
En algún momento, Federer, Roger Federer, le advirtió al hoy número 2 del mundo que para ganar un torneo grande tenía que asumir más riesgos y tomar más iniciativas ofensivas. Poco escuchó los consejos del genio suizo. El tenis de Sascha sigue siendo ultra defensivo, muchas veces jugando tres, cuatro y hasta cinco metros en la profundidad de la línea de base donde encuentra su punto de seguridad, porque esa es la naturaleza de un jugador de lento backswing, que prefiere someter su juego a la elaboración de construcción de puntos, o a la espera del error de su rival de turno.
Así fue sometiendo a Shelton en la final del US Open, a sabiendas de que dentro del arsenal tenístico del apasionado estadounidense conviven el cielo y el infierno, en donde encuentra lo sublime en la inspiración de su potente saque, pero roza la mediocridad en la toma de decisiones que lo conduce con mucha frecuencia a cometer muchos errores no forzados, en donde superó negativamente a Zverev 47-31. Puntos ganados con el primer servicio, otro aspecto en donde el Shelton estaba supuesto a sostener el balance del partido, fue el principal factor catalizador del juego del hoy campeón de Flushing al conquistar el 85% de los puntos disputados frente a 71% del joven local, muchas veces ansioso, tribunero e inseguro, como pagando el precio de jugar por primera vez una final de uno de los cuatro grandes campeonatos, ante un público neoyorquino muchas veces hostil, indisciplinado y poco respetuoso de las reglas no escritas que exigen la importante concentración de los jugadores.
El partido no estuvo exento de quejas. Shelton reclamó algunas extendidas pausas de Zverev en cambios de lado por someterse a la autoinyección de insulina, y por sus excesivos rebotes de pelota antes de servir que hicieron recordar aquellos momentos de Djokovic. Factores intrascendentes que nada tuvieron que ver con un resultado final que hizo justicia a favor de un jugador que siempre ha remado contracorriente dentro y fuera de la cancha, porque el inicio de su ya prolongada carrera coincidió con el dominio absoluto de la dictadura impuesta por aquel infalible Big 3, y ahora viendo como Sinner y Alcaraz monopolizan el circuito.
Zverev, despistado tras el punto que lo coronó por culpa de su excesiva concentración, el que ha tenido que combatir la diabetes, las profundas depresiones que han desembocado en vacíos existenciales que lo han conducido a desorientaciones personales al punto de plantearse un prematuro adiós al tenis, es hoy el más laureado jugador del 2026 al ganar su segundo campeonato de Grand Slam en tan solo tres meses, porque la vida termina premiando el esfuerzo propio y nos recuerda que cada proceso tiene su tiempo de recompensas.
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