La chispa la prendieron Ilegales
Cuando el escenario volvió a encenderse para la segunda parte del espectáculo, fue con la energía sin filtro de Ilegales. El grupo puso en pie a las gradas con esa mezcla de calle y ritmo que los ha convertido en un referente de la música popular dominicana. No había lugar para la timidez: el Félix Sánchez respondió con el cuerpo.
La cadena del sabor reggae: Héctor Aníbal, Maffio y Vakeró
La antorcha la recogieron Héctor Aníbal, Maffio y Vakeró, tres nombres que representan distintas generaciones y texturas del sonido urbano y tropical dominicano. Cada uno aportó su sello. Juntos, construyeron una cadena de ritmo que mantuvo al público en movimiento y le dejó claro al continente que la República Dominicana no solo organiza juegos: también sabe celebrar.
Viva el merengue: Miriam Cruz y Jandy Ventura
Entonces llegó el momento de las leyendas.
Miriam Cruz y Jandy Ventura pisaron el escenario y el Félix Sánchez cambió de temperatura. Ya no era euforia juvenil: era reconocimiento, memoria y orgullo. Dos voces que han definido décadas del merengue dominicano, reunidas en una noche que pedía exactamente eso: peso, historia y alma.
Las gradas cantaron con ellas. No había otra opción.
El Maestro Molina: cuando el merengue se vistió de sinfonía
El giro más inesperado y más aplaudido de la noche lo protagonizó el Maestro José Antonio Molina al frente de una orquesta sinfónica.
El merengue —ese ritmo de tierra adentro, de tambora y güira— se elevó. Las cuerdas lo envolvieron, los vientos lo ensancharon, y la voz de Heredia lo ancló a lo más profundo de la identidad dominicana. Fue el instante en que la ceremonia dejó de ser un espectáculo para convertirse en una declaración cultural.
El Maestro Molina, con su batuta, le demostró al continente que el merengue tiene la misma dignidad que cualquier forma musical del mundo.
Maridalia Hernández: el Caribe como cierre y como abrazo
El telón de la segunda tanda lo bajó —o más bien lo levantó— Maridalia Hernández.
Con su voz inconfundible y una puesta en escena que combinó bailarines contemporáneos y clásicos, Maridalia no cerró el espectáculo: lo coronó. Su propuesta fue una referencia explícita al Caribe en su totalidad —su mezcla, su movimiento, su herencia africana, europea e indígena fundidas en un solo cuerpo que danza.
Los bailarines tejieron en el escenario lo que los Juegos buscan tejer entre naciones: encuentro, diálogo y belleza compartida.
Fue, en definitiva, el cierre perfecto para una noche que Santo Domingo no va a olvidar. Y, que hizo posible Alberto Zayas.
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