Hasta el 2009, Messi era un mediocre ejecutor de tiros de falta. En Marsella, unas semanas después de que Maradona asumiera como director técnico de la selección argentina, y un día antes de un partido amistoso contra Francia, luego de un entrenamiento, Messi se tomó un tiempo adicional para practicar esta ejecución. Erraba tiro tras tiro. Maradona, al ver la frustración de su mejor jugador, se percató de inmediato del fallo técnico que Messi cometía al impactar el balón con su pie izquierdo.
Realizaba un toque rápido y corto en el que de inmediato retiraba su pie. "Leíto, Leíto, vení, papá. Vamos a hacerlo de vuelta. Poné la pelota acá y escúchame bien: no le saques tan rápido el pie a la pelota, porque si no ella no sabe lo que vos querés. A la pelota no hay que tratarla de cualquier manera. Uno tiene que darle a entender lo que uno quiere porque ella lo va a entender". Un monólogo de 10 a 10 que el menor entendió y asimiló al instante.
Desde entonces, Messi comenzó a acariciar el balón en los tiros de falta, no importa el ángulo, la distancia, la barrera o colocación del portero. Casi siempre un impacto de dos dedos que provoca un efecto similar al slider del béisbol. No necesita de potencia, por eso no recurre a los grandes espacios para el impulso. El arte no precisa de violencia. Desde ese momento, Messi añadió a su visceral juego cerebral un ingrediente como los tiros de falta que lo han colocado al lado de los más grandes lanzadores de esta especialidad como han sido Platini, Maradona, Beckham, Ronaldinho y Juninho Pernanbunaco (el mejor que he visto en tiros de falta). Messi tuvo anoche su séptimo partido de cuatro goles.
El último de esos cuatro lo convirtió a balón parado en la víspera de un final de partido cómodo del Inter Miami ante F.C Montreal (7-1) con el que logra empatar en el segundo lugar en la lista de todos los tiempos con el brasileño Jair Rosa Pinto en el segundo lugar de todos los tiempos, quedándose a sólo cuatro de los 78 de Marcelinho Carioca, líder histórico. Messi, a pesar del paso del tiempo y la evidente pérdida de potencia, velocidad y resistencia, sigue ejecutando las mismas acciones al momento de lanzar una falta, acariciando el balón, pegándole con sutileza, logrando un efecto decadente que logra ángulos imposibles que convierten en estériles los esfuerzos de porteros.
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