Platón, Aristóteles y Sartre, como se ha de saber, fueron grandes pensadores que dejaron huellas imborrables en ámbitos específicos de varios saberes: ética, historia, lógica, derecho, gnoseología, ontología, axiología, política, literatura y filosofía en sentido general.
No sin interés, asombro y curiosidad, Vargas estudió, reposadamente, las ideas y valiosos aportes de esos filósofos, al tiempo que visualizó, con claridad y profundo rigor crítico, sus concepciones inmanentes y trascendentes sobre el ser, el no ser y distintas manifestaciones del conocimiento.
Diríase, con ímpetu radical, que el viejo Platón dividió la realidad en dos partes claramente definidas: la sensible y la suprasensible.
Según su parecer, las ideas innatas se hallan jerarquizadas en el mundo suprasensible.
Poco después de examinar dichas realidades, con visión crítica y sin premura, Vargas Llosa escogería ese mundo por considerarlo idóneo para el despliegue lógico y creativo de la ficción literaria.
Con Aristóteles sería diferente, ya que aceptaría, como buena y válida, la realidad sensible de este aquí y ahora.
La misma, sin duda alguna, sería parte vital de sus obras literarias.
De ahí su visible realismo seductor y, sobre todo, cargado de múltiples significados y significantes.
Sin él, su práctica escritura habría sido aburrida, desustancializada y carente de escenas cautivantes.
Contrario al idealismo objetivo de Platón, Aristóteles defendería, no sin razón, el realismo filosófico, estrechamente ligado a la realidad sensible del sabio Platón.
De manera creativa, Vargas Llosa asumiría la filosofía sartreana, la cual, como se sabe, contrapone la existencia a la esencia, al tiempo que sugiere, categóricamente, la responsabilidad y la libertad de elección.
Partidario radical del realismo y la concepción filosófica existencial (no en todos sus lineamientos), Vargas Llosa, prontamente, haría suyos los conceptos de responsabilidad y libertad, que, de manera consciente, reflejaría explícitamente en su intensa vocación escritural.
Además, aprendería, poco a poco, la observación creativa de la realidad suprasensible, el realismo aristotélico y la filosofía existencial, de la cual conservaría no pocos recuerdos vivos en la memoria, aunque no estuviese de acuerdo con la utopía comunista, el marxismo, la fenomenología y la teoría psicoanalista aplicadas por Sartre en sus escritos.
Como bien se comprendería, para dicho pensador no hay determinismo, ya que somos radicalmente libres y responsables de nuestros actos.
La razón de existir dependería de ello.
Por tanto, el gran desafío de nuestro vivir (limitado y siempre arriesgado) consiste, esencialmente, en saber elegir.
Habría de ser así y no de otro modo, porque estamos condenados a ser libres en un mundo absurdo, sombrío, lleno de incertidumbres, dolor, desesperación y angustia.
De ahí que nuestra conciencia, probablemente sin quererlo, tuviese que padecer horrores martirizantes de la nada y lo desconocido.
A sabiendas de eso, Vargas Llosa compartiría, en gran medida, algunos preceptos, principios y nociones libertarias de la filosofía existencial.
En todas sus obras, sin excepción alguna, se perciben diálogos, pensamientos y actuaciones de personajes con acentuados rasgos existencialistas, entretejidos con visibles destellos de idealismo y realismo.
Ello, sin duda alguna, le proporcionaría dominio no solo de la realidad, sino también de la palabra.
En su magnífica obra Mario Vargas Llosa: palabras en el mundo, el reconocido y destacado intelectual peruano Alonso Cueto refiere:
"(…) Sartre afirma que la palabra es un acto. Y es un acto de revelación, de creación de una conciencia nueva. Por lo tanto, un agente de cambio. Escribir una novela es, en ese sentido, una forma de la subversión (…)".
"Según Sartre —continúa diciendo—, puesto que cada palabra es un acto irremediable, el rastro del paso del escritor por el mundo, el mero hecho de escribir hurgando en la verdad, superando las apariencias que nos ofrece el sistema establecido, los disfraces y superficies de los hechos, tiene un sentido moral. Es luchar contra las mentiras y justificaciones del sistema (…)".
Esa visión sartreana Vargas Llosa la asumiría, con ligeras modificaciones, en su discurso narrativo.
Nunca fue dogmático, ni pesimista, ni, mucho menos, sumiso. Al contrario: siempre tuvo independencia de criterio y espíritu de rebeldía indoblegable.
De ahí que Raymond L. Williams dijese alguna vez:
"(…) Vargas Llosa siempre ha sido un rebelde e inconforme. Su rebelión comenzó de joven, al escribir los nuevos desenlaces para cuentos infantiles. Tal actitud de rebeldía se ha expresado principalmente a través de la pluma, pero a veces en su vida real, como fue el acto de huir con la tía Julia a los 18 años".
"(…) En los años 60 su rebeldía se expresaba en sus actitudes revolucionarias. En los años 70 y 80 muestra su inconformidad ahora respecto de esa misma izquierda, criticándola duramente. Aun como candidato presidencial, cuando lo tachaban de 'derechista', se portaba a cada rato como el rebelde que lo ha caracterizado toda su vida".
En definitiva, pudiera decirse, con plena seguridad, que Vargas Llosa fue gran escritor, rebelde y cuestionador, que asimiló el platonismo, el realismo aristotélico y la filosofía sartreana, aunque, claro, con cambios sustanciales.
Sin el menor asomo de duda, ello habría de darle dominio consciente de las técnicas, métodos, ideas, estética de la creación y la filosofía del lenguaje, enriquecida con experiencias y diversas vivencias.
Esa, más que cualquier otra razón, habría sido la causa principal de su fuerza escritural verosímil y comunicacional.
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