Una conversación entre amigos

Hay tardes que parecen una más y terminan dejándonos una pregunta dando vueltas en la cabeza.

Una de esas tardes fue la de aquel septiembre de 2026 en que fui a visitar a Haffe Serulle.

No fui a entrevistarlo. No llevé grabadora, cuestionario ni una lista de preguntas. Fui a visitar a un amigo. A compartir un café, conversar, recordar y saber cómo estábamos después de tantos años de caminar por los mismos territorios del teatro, la literatura y la cultura dominicana.

Haffe y yo hemos vivido buena parte de nuestras vidas alrededor de esas preocupaciones. Hemos visto escenarios, ensayos, libros, escritores, actores, directores, instituciones, funcionarios, entusiasmos, frustraciones y generaciones enteras pasar frente a nosotros.

Y quizás por eso, después de tantos años, algunas preguntas siguen esperándonos en el mismo lugar.

La conversación comenzó hablando de nosotros, de nuestras vidas, de lo que hemos hecho y de lo que todavía quisiéramos hacer. Pero poco a poco terminó hablando del país.

¿Qué está pasando con la cultura?

¿Qué futuro les estamos ofreciendo a los artistas?

¿Qué papel deberían desempeñar las instituciones culturales?

¿Y qué podemos hacer nosotros, que llevamos tantos años pensando y trabajando en esto?

No teníamos respuestas definitivas. Pero sí una preocupación común.

Del evento al proceso

Haffe Serulle con sus alumnos y colegas del teatro.

Hablamos de algo que parece sencillo, pero que muchas veces olvidamos: una agenda llena no necesariamente significa una política cultural.

Una programación puede producir movimiento. Una política debe producir procesos.

Una actividad puede llenar una sala durante una noche. Pero la pregunta es qué queda después.

¿Apareció un nuevo público?

¿Un niño descubrió un libro?

¿Un joven encontró el teatro?

¿Un artista consiguió continuar su proceso creativo?

¿Una comunidad tuvo acceso a una experiencia cultural que antes no tenía?

¿Una escuela incorporó la cultura como parte de su formación?

Esas son las preguntas que deberían acompañar cualquier política cultural.

Una institución cultural necesita memoria, pero también futuro.

La memoria nos permite saber de dónde venimos. El futuro nos obliga a preguntarnos hacia dónde vamos.

Y las instituciones no deberían comenzar de cero cada vez que cambia una administración, ni convertirse en museos de sí mismas.

¿Y los artistas?

Haffe Serulle junto a todos los estudiantes de la Escuela Nacional de Arte Dramático.

En medio de aquella conversación apareció una preocupación que nos toca de cerca: ¿qué ocurre con los jóvenes que hoy estudian artes?

Muchos pasan años formándose en las escuelas de Bellas Artes, adquiriendo conocimientos y disciplina, pero al concluir todavía encuentran obstáculos para continuar una trayectoria académica y profesional plenamente reconocida.

No hablamos solamente de un título. Hablamos del valor que el país concede a una profesión artística.

La formación de un actor, un músico, un bailarín, un artista visual o un creador exige tiempo, rigor y preparación. Por eso, el Estado debe garantizar una ruta clara que permita a esos jóvenes continuar hacia estudios de grado y posgrado y ejercer su profesión con el reconocimiento correspondiente.

El propio MESCyT ha comenzado a plantear iniciativas de certificación, titulación y profesionalización de artistas. También se han contemplado proyectos para una Universidad de las Bellas Artes con licenciaturas en Danza, Arte Dramático, Música y Artes Plásticas.

La pregunta es por qué ese proceso no puede convertirse en una realidad articulada entre las escuelas de arte, las universidades, Bellas Artes, el Ministerio de Cultura y el MESCyT.

Porque detrás de cada estudiante hay una decisión de vida.

Estudiar arte también es elegir una profesión.

Y una política cultural seria debe comenzar por reconocer que formar artistas no es un lujo: es formar parte del futuro cultural del país.

Un país no se transforma solamente con infraestructura

Mateo Gómez, Haffe Serulle, Arturo López, Billy Martín Mejía.

Haffe y yo también hablamos de algo que parece obvio, pero que con frecuencia olvidamos: un país no se transforma solamente construyendo edificios.

Puede haber teatros, museos, centros culturales y grandes escenarios.

Pero si no hay públicos, procesos educativos, artistas con posibilidades de desarrollarse, investigación, lectura, pensamiento crítico y participación comunitaria, esos espacios corren el riesgo de convertirse simplemente en lugares donde ocurren actividades.

La cultura no puede reducirse a infraestructura.

Necesita personas.

Necesita pensamiento.

Necesita continuidad.

Necesita una relación profunda con la educación.

Y aquí apareció otra preocupación que compartimos: la cultura tiene que comenzar mucho antes de que una persona llegue a una sala de teatro, a un museo o a una universidad.

Comienza en la escuela.

Comienza cuando un niño descubre que un poema puede decir algo que él todavía no sabe expresar.

Cuando una niña descubre la danza.

Cuando un adolescente entra por primera vez a un escenario.

Cuando alguien escucha una orquesta y comprende que también existe otra manera de mirar el mundo.

Por eso, cultura y educación no pueden caminar separadas.

¿Qué podemos hacer?

Libros de Haffe Serulle.

En algún momento de la conversación volvimos a la pregunta inicial.

¿Qué podemos hacer?

No parecía una pregunta dirigida exclusivamente al Ministerio de Cultura ni a ningún gobierno.

Era una pregunta para nosotros.

Para los artistas.

Para los escritores.

Para las instituciones.

Para las universidades.

Para quienes hemos tenido la oportunidad de vivir durante décadas dentro de la cultura dominicana.

Quizás nuestra responsabilidad ahora no sea solamente recordar lo que hicimos.

También tenemos que preguntarnos qué podemos aportar todavía.

Haffe y yo seguimos teniendo preocupaciones.

Seguimos viendo jóvenes con talento.

Seguimos viendo instituciones con posibilidades.

Seguimos viendo problemas que se repiten.

Y eso fue quizás lo más inquietante de aquella tarde: descubrir que algunas de las preguntas que nos hacíamos hace décadas todavía siguen esperando respuestas.

Pero también descubrimos algo más importante.

Todavía nos importa.

Y mientras nos importe, todavía podemos hacer algo.

Continuará.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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