Hay noches en las que un concierto termina con el último acorde. Y hay otras en las que la música continúa resonando mucho después de que el público abandona la sala. La noche del miércoles 2 de septiembre fue una de ellas.
Asistí al tercer concierto de la Temporada Sinfónica 2026, con la que la Orquesta Sinfónica Nacional celebra sus 85 años de existencia, en la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito. Una noche que reunió tres universos musicales diferentes: la creación dominicana de José Antonio Molina, el virtuosismo de Felix Mendelssohn y la poderosa dimensión emocional de Sergei Rachmaninoff.
Al frente de la orquesta estuvo el maestro Santy Rodríguez, actual director asistente de la Orquesta Sinfónica Nacional, y como solista, la joven violinista dominicana Scarlett Martínez.
Desde nuestras raíces
El programa abrió con Vuela, sarambo, vuela, segundo movimiento del Cuarteto Caribeño, de José Antonio Molina, en su versión para orquesta de cuerdas.
La elección me pareció significativa. En una temporada que celebra 85 años de la Orquesta Sinfónica Nacional, comenzar con una obra de un compositor dominicano establece, desde el primer momento, un diálogo entre nuestra identidad musical y la tradición sinfónica universal.
En las notas al programa, Molina explica que esta obra está dedicada a sus padres, Papa y Josefina, y que a través de ella quiso expresar el potencial dominicano y caribeño, haciendo volar esos sonidos hacia todos los rincones del universo.
Hay, por tanto, algo más que música en Vuela, sarambo, vuela. Hay identidad, memoria y pertenencia. Es una manera de afirmar que la música dominicana también puede dialogar con el mundo desde sus propias raíces.
Scarlett Martínez: el violín y la libertad
Después llegó Mendelssohn.
El Concierto para violín y orquesta en Mi menor, Op. 64 puso en escena a Scarlett Martínez, quien asumió el difícil compromiso de interpretar una de las obras fundamentales del repertorio violinístico.
Martínez posee una trayectoria que merece atención. Inició sus estudios de violín a los nueve años y continuó su formación en el Conservatorio Nacional de Música, para posteriormente ampliar sus estudios en Barcelona. Su recorrido incluye experiencias internacionales, academias, festivales y una sólida formación académica y orquestal.
Pero más allá del currículo está lo que ocurre cuando el músico se encuentra frente al público.
Y hubo en su presentación un detalle que no pasó inadvertido: Scarlett Martínez tocó descalza sobre el escenario.
Más que una elección estética, ese gesto podía leerse como una manera de establecer una relación más directa e íntima con la música y con el espacio que la rodeaba. El escenario dejó de ser solamente el lugar donde se ejecutaba una obra para convertirse, por unos instantes, en un territorio de libertad y entrega.
Tocar descalza puede ser también una manera de sentir el suelo, de desprenderse de aquello que pueda interponerse entre el cuerpo y la experiencia artística. En una intérprete de violín, cuyo cuerpo entero participa de la ejecución, ese gesto adquiere una particular fuerza simbólica: la música no solamente se escucha; también se habita.
Y esa sensación parecía acompañar su interpretación de Mendelssohn.
Su violín dialogó con la orquesta con sensibilidad y dominio técnico, transitando de la intimidad a la intensidad sin perder la línea musical. Hubo momentos de gran delicadeza y otros en los que el instrumento adquirió una fuerza expresiva capaz de llenar la sala.
La juventud de la intérprete no fue un obstáculo, sino parte de la fuerza de una interpretación que permitió apreciar que detrás del instrumento existe ya una personalidad artística en formación.
La ovación
Al concluir la primera parte del programa, el público respondió con una prolongada ovación a Scarlett Martínez. La ovación alcanzó también al maestro Santy Rodríguez, director de este tercer concierto y actual director asistente de la Orquesta Sinfónica Nacional, quien condujo la agrupación con solvencia y sensibilidad.
Ese momento tuvo para mí un significado que va más allá del aplauso.
Rodríguez continúa su crecimiento artístico bajo la tutela y el magisterio del maestro José Antonio Molina, director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional. Y aquí aparece una de las grandes responsabilidades de una institución musical: no solamente conservar una tradición, sino transmitirla a las nuevas generaciones.
La presencia de Santy Rodríguez en el podio y de Scarlett Martínez como solista representan, desde perspectivas diferentes, esa necesaria continuidad.
Una institución cultural no se sostiene únicamente por su historia. Se sostiene también cuando es capaz de formar, acompañar y confiar en quienes habrán de continuarla.
Rachmaninoff: la dimensión de la orquesta
Después del intermedio llegó Sergei Rachmaninoff con su Sinfonía n.º 2 en Mi menor, Op. 27.
La segunda parte del concierto adquirió entonces otra dimensión. Frente a la intimidad del violín de Mendelssohn, Rachmaninoff exigía toda la amplitud sonora de la orquesta.
Rodríguez asumió el desafío con una dirección que permitió que las diferentes secciones encontraran su lugar dentro de esa compleja arquitectura musical. Las cuerdas, los metales, las maderas y la percusión fueron construyendo progresivamente una sonoridad de gran riqueza.
El tercer movimiento, Adagio, fue uno de esos momentos en los que la sala pareció quedar suspendida. Esa melodía amplia y profundamente expresiva permitió que la orquesta mostrara otra dimensión: la capacidad de comunicar emoción sin necesidad de palabras.
Finalmente, el Allegro vivace condujo la obra hacia un cierre de gran energía, dejando en el ambiente esa sensación que solamente una gran experiencia musical puede producir.
85 años: una historia que continúa
Pero mientras escuchaba los últimos acordes, pensaba que este concierto no debía ser entendido solamente como una presentación más de la temporada.
Ochenta y cinco años de una Orquesta Sinfónica Nacional son también 85 años de memoria, disciplina, aprendizaje, sacrificios y generaciones de músicos que han contribuido a construir una tradición.
La celebración adquiere verdadero sentido cuando esa tradición no se convierte en museo, sino en camino.
José Antonio Molina estuvo presente en el programa como compositor, pero también estuvo presente, de manera indirecta, en el proceso de formación de un joven director como Santy Rodríguez. Y estuvo presente, asimismo, una nueva generación de intérpretes representada por Scarlett Martínez.
Ahí encuentro uno de los mayores valores de esta temporada aniversario: la posibilidad de mirar hacia atrás sin dejar de mirar hacia adelante.
Una Orquesta Sinfónica Nacional no es solamente un conjunto de músicos que interpreta grandes obras. Es una institución que transmite conocimiento, crea memoria, educa sensibilidades y representa una parte de lo que somos como nación.
Por eso, cuando el público se puso de pie para ovacionar a Scarlett Martínez y a Santy Rodríguez, no estaba reconociendo únicamente una buena interpretación.
Estaba, quizás sin proponérselo, aplaudiendo también al futuro de nuestra música sinfónica.
Y esa es, sin duda, una hermosa manera de celebrar 85 años: honrar la memoria, reconocer el presente y confiar en el futuro.
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