Historias paralelas, la de un país muy complicado y la compleja historia de un hombre común, es un libro de memorias, que contiene la carga emocional de un joven adolescentes y pueblerino, inquieto e inteligente, en una sociedad no desarrollada, poco democrática, marcada por la distancia social de los individuos que la conforman y los estructuras políticas que toman las decisiones al margen de la voluntad colectiva.

Además de un libro de memorias, este volumen es una reseña apasionada de la voluntad de un hatomayorense por destacar las buenas acciones de su pueblo. En él quedan descritos los momentos cumbre de la historia de los últimos 80 años de ese pueblito del Este, y aquí quedan reseñadas las vidas de sus deportistas, músicos y cantantes, de sus personajes populares, y por supuesto, la conmovedora ambición de una juventud que entregó su vida mostrando las ansias de libertad que recogió de sus ancestros.

Aunque pudiera parecer un libro de ficción, no lo es. Ernesto es un personaje que transcurre desde su nacimiento, en un campo de café y cacao y con madre y padre semianalfabetos, y que ve el discurrir de sus días en el calor de un hogar pobre, de varios hijos, y luego de su salida de allí conoce de las amarguras, rechazos, solidaridad y aprovechamiento de las oportunidades. Simpatizaba con el Movimiento Revolucionario 14 de Junio, pero se integró a la Escuela Naval de la Marina de Guerra, un cuerpo represivo, que debía estar al servicio de la sociedad, pero que se conducía promoviendo la continuidad del presidente Balaguer y una variante segregacionista de racismo interior que afectaba a los mas desheredados aspirantes a una posición oficial en la Marina de Guerra.

El autor, Eurípides Antonio Uribe Peguero, vuelve a demostrar su dominio de la escritura y su excelente formación, al hilvanar una historia individual, con la historia de su pueblo, con la historia del país,  con los momentos que en el ámbito internacional contextualizan la política y la vida dominicana que describe, y se empeña en ubicar al lector en una historia que no es solo individual, ni local, ni nacional o internacional. Es una historia humana que explica las sinuosidades de los individuos y de los pueblos, y que nos coloca en condiciones de entender al huraño jovencito que fue y que despertó a la vida en medio de la precariedad y la soledad, para convertirse en un mechero de voluntades, que controló sus pasiones y sobrepuso su vocación de crecer ante sus ansias de volar. Tal vez de ese modo salvó su vida, protegió a sus familiares y allegados y representó un pequeño oasis para saciar la sed de justicia de una pequeña parte de los suyos.

La dictadura de Trujillo está presente en este relato, no sólo por la visita de Trujillo a Hato Mayor y los desplantes que hizo a connotados trujillistas, sino porque personajes siniestros como Félix W. Bernardino, conocido como Buchilay, con sus jinetes del Este, era de los organizadores de las fanfarrias que se preparaban para el paso del dictador por la región y por las calles de Hato Mayor.

“El día y la noche ofrecían un maravilloso espectáculo para hacer de este campo un paraíso a los sentidos y al alma de sus moradores. El verdor de los campos, la generosidad de la tierra y la frecuencia de las lluvias, propiciaban un ambiente acogedor para los moradores del paraje donde vivía el niño Ernesto y su familia”. Así describe el autor el lugar donde al protagonista le tocó nacer, lo que representa un extraordinario contraste con las limitaciones de la libertad hacia el exterior, con las presiones políticas, las denuncias estudiantiles o las incomprensiones de la tía María, una mujer que le acogió pero que le torturó psicológicamente sus años mozos y lo convirtió en un sobrino incomprendido.

Abreviada, aquí se encuentra la historia política, social y cultural de Hato Mayor, pero también se resumen los últimos actos de la dictadura de Trujillo para magnificar su obra y la imagen del déspota. Se cuenta cómo la población de Hato Mayor hizo desaparecer a los caieses de las calles del pueblo. También relata la historia de los valientes hombres y mujeres que enfrentaron al dictador y pusieron fin a sus días. “Los dominicanos deben estar eternamente agradecidos al grupo de hombres que el 30 de mayo de 1961, se atrevieron a empuñar las armas, sin importar las consecuencias, para librarnos de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina, las más sanguinaria que ha tenido la República Dominicana en toda su historia”, cuenta el autor.

En el estilo, Uribe Peguero pasa en ocasiones del relato histórico al ensayo, del mismo modo que escarba en su memoria para relatar, con emoción, datos no registrados por la historia sobre algunos de los temas abordados en este libro.

La transición política de la dictadura a la incipiente democracia aparece bien descrita en este trabajo. Militares, oligarcas y el clero católico se confundían en un propósito antidemocrático, y así queda establecido.

“Muchos se habían constituido en una oligarquía cívico-militar que controlaba el poder en todas sus vertientes. Después de la muerte del dictador, este grupo aglutinaba la mayoría del poderoso clero católico, la burguesía criolla y una parte de los altos rangos militares de formación trujillista. Ellos obstruían el paso a la renovación que demandaban las instituciones y cerraron filas con el despropósito de constituirse en retranca para los grandes cambios que se necesitaban”. 

La guerra de abril, la intervención militar de los Estados Unidos, “la vergonzosa solicitud a los norteamericanos para que intervinieran militarmente a su propio país”, y la operación limpieza están presentes en este contextualizado relato memorístico e histórico de Uribe Peguero. De igual modo los 12 años que siguieron con Balaguer al frente del Estado, con la represión más deshumanizante contra todo lo que representara oposición al régimen, incluidos los actos de resistencia y oposición protagonizados por el PRD, el MPD y los demás partidos opositores.

Anotamos un elemento relevante: Uribe Peguero no deja pasar por alto que a la llegada del PRD en poder en 1978, con Antonio Guzmán como presidente de la República, y luego con Salvador Jorge Blanco,  mantuviera en sus gobiernos a los militares golpistas de San Isidro y entreguistas de la soberanía a los norteamericanos, sin tomar en cuenta, para designarlo en funciones de mando, a los militares constitucionalistas. Y cita nombres de los hombres que se destacaron en San Isidro, con los golpistas y entreguistas: Ramiro Matos González, Manuel Antonio Cuervo Gómez, Ramón Emilio Jiménez Reyes, Antonio Imbert Barreras, Elías Wessin y Wessin.

Operaban con el criterio de Balaguer, de que los militares preparados, civilistas “podrían convertirse en una amenaza para el control político” y como dice Bryan Bosch, que Balaguer “desconfiaba de los militares que estaban bien entrenados”. Y al parecer lo mismo hicieron los perredeistas que alcanzaron el poder, Antonio Guzmán y Salvador Jorge Blanco.

Para Uribe Peguero la causa constitucionalista tuvo una fuerte incidencia en la generación de jóvenes del último lustro del 60 y de los años 70, lo que condujo a esos jóvenes oficiales a rechazar a los mandos militares, que eran aborrecidos por la sociedad, por sus hazañas represivas.

“Ernesto no formó parte de la legión de valientes jóvenes que se lanzaron a las calles para defender la constitucionalidad y la soberanía nacional hasta con el precio de su sangre, pero estuvo entre los más moderados que simpatizaron con ellos y repudiaron a quienes truncaron el orden democrático y provocaron la ocupación extranjera”, escribió el autor.

Obvio que se trata de la visión de un oficial miembro de la Marina de Guerra, que llegó posteriormente a desempeñar la máxima función en esa rama militar, y afirma que su preferencia política estaba orientada hacia la izquierda moderada, sin ninguna simpatía con los extremos políticos. Y así era que sentía la política la mayor parte del pueblo dominicano. El error fue de la izquierda que se aisló en una conceptualización ideológica martirológica y excluyente, que concibió un tipo de organización política donde el sacrificio era la norma, y no la identidad con la la cultura y la idiosincrasia dominicana, como siempre les recomendaron los dirigentes del Partido Comunista de China, donde muchos izquierdistas fueron a entrenarse y a cultivar su formación política y militar, desde Ilander Selig, Cayetano Rodríguez del Prado, y muchísimos dirigentes del PRD, del MPD, del Movimiento Revolucionario 14 de Junio y de todas las variantes marxistas que surgieron posteriormente.

Ernesto también simpatizó con la causa constitucionalista, pese a la operación limpieza que asesinó a cientos de militares y militantes que rechazaron la intervención militar de Estados Unidos en 1965. Los que triunfaron y se quedaron con el poder fueron los entreguistas al invasor y los responsables del golpe de Estado más dañino y traicionero del sendero democrático del país, el de 1963 contra el gobierno legítimamente electo del profesor Juan Bosch.

Los militares entreguistas “a pesar del daño que hicieron a la democracia y a la soberanía nacional, lograron mantener una importante cuota de poder, más allá del fin de las hostilidades en 1965”, y esa fue una responsabilidad en primer lugar de Balaguer, de Héctor García Godoy, de Antonio Guzmán y de Salvador Jorge Blanco.

Eurípide Antonio Uribe Peguero.

Fue Joaquín Balaguer quien más provecho sacó de la adhesión política de los militares, y quien instruyó con más vehemencia la fiebre militar con el balaguerismo. El libro recoge las diversas manifestaciones de los altos mandos militares diciendo que las Fuerzas Armadas eran apolíticas, pero jamás debían colocarse contra Balaguer, y que los oficiales debían instruir a sus familiares para que voten por el presidente Balaguer. Porque el PRD no podía gobernar el país y porque Peña Gómez era un comunista y Antonio Guzmán su candidato.

Salieron con los fusiles con banderas balagueristas, compraron cédulas, documentaron haitianos para que votaran por Balaguer. Todo ello lo describe Uribe Peguero en este relato de la vida de Ernesto.

Historias paralelas también datos sobre los fraudes electorales de Joaquín Balaguer en 1990 y en 1994, contra Juan Bosch, primero, y contra José Francisco Peña Gómez, después. Y por su particular punto de vista, profundiza en los asuntos militares y las tendencias que se crearon, especialmente en la segunda ocasión, porque Peña Gómez tenía un grupo al que llamaban “los coroneles de Peña Gómez”, dentro del aparato militar, constituidos por varios cientos de oficiales superiores de las tres ramas y de la Policía Nacional, que formaban una estructura bien concebida preparada para obedecer cualquier decisión de su líder Peña Gómez.

En 1994 los militares estaban preparados para el golpe contra el gobierno ilegítimo que quería establecer Balaguer. Los generales apoyaban al viejo caudillo, pero no tenían tropas. Los coroneles tenían el mando efectivo de las tropas. Hubo debates y Peña Gómez preguntó sobre el cálculo de bajas que se había hecho en estas operaciones, y le dijeron que pasarían de 100 los posibles fallecidos. Entonces Peña Gómez dijo “que no cambiaría la presidencia de la República por la muerte de un solo dominicano”. Entonces llegó el Pacto por la Democracia.

El autor pasa revista a los acontecimientos políticos nacionales e internacionales del final del siglo XX, analiza la estructura militar reformista y su permanencia en el poder y advierte que “muchos oficiales entendían que era impostergable hacer algo para detener las intenciones continuistas del grupo político de Joaquín Balaguer”. “Era legítimo que aspirara a reelegirse, pero por décadas se había conocido su proceder irregular en cada proceso electoral. Si no existía una autoridad electoral que se interpusiera para detenerlo y si no funcionaba algún mecanismo legal para hacerlo, el liderazgo político mas progresista o institucional comprometido con la democracia debía tomar la iniciativa de doblegar a Joaquín Balaguer de alguna forma”.

Los empresarios, los agentes de la embajada norteamericana, la Iglesia y otros sectores se movieron para evitar el golpe de Estado, convenciendo a José Francisco Peña Gómez de que no era viable algo así. Fue importante la gestión realizada por su esposa, Peggy Cabral.

Del grupo militar que estaba preparado para el golpe de Estado formaban parte el J-3 (Jefe de Operaciones de la Secretaría de las Fuerzas Armadas), más el Jefe de Operaciones de la Fuerza Aérea Dominicana, el Jefe de Personal del Ejército, y el Jefe de Operaciones de la Armada Dominicana. También estaba el director de la Academia de Cadetes de la Policía y varios comandantes y subcomandantes de algunos de los batallones de las principales brigadas y dotaciones militares de todo el país. “En el momento oportuno, los militares obedecerían directamente a José Francisco Peña Gómez, pero este prefirió la concertación, dialogar con el gobernante y lograr acuerdos que evitaron un posible baño de sangre a la nación”, relata el autor, confirmando que Ernesto era parte de la trama, como jefe de Operaciones de la Armada.

Es un capítulo muy intenso y cargado de datos. No es este el espacio para transcribir y valorar toda la información que en ese sentido contiene este libro, pero hasta el momento es el relato más amplio dado a conocer sobre esa crisis y ese intento de golpe de Estado que José Francisco Peña Gómez no quiso llevar a cabo.

Entrado el siglo XXI el libro de ocupa de pasar balance a los acontecimientos más importantes: El gobierno de Hipólito Mejía, el retorno de Leonel Fernández a la presidencia, y los dos periodos de gobierno de Danilo Medina, cada uno con sus respectivos traumas y serios alegatos de corrupción, narcotráfico, manipulaciones políticas. Están ampliamente reseñados en este libro.

Y no podía esperarse otra cosa, el autor vuelve a Hato Mayor para recordar a sus notables contemporáneos y sobresalientes: Sonia Silvestre, Anthony Rios, Jully Mateo. Kelman Núñez, Porfi Jiménez, Roberto del Castillo, Florín Santana, Calazán Omar Cepeda, Héctor Dumalier Santana, Héctor Monegro, Lidio Cadet Jiménez, entre otros. Describe la historia particular de cada uno en el pueblo que le acogió e impulsó a sus futuros éxitos.

Valoramos y apreciamos este particular recuento histórico, colectivo e individual, en que se registran acontecimientos importantes ocurridos en las últimas 8 décadas de la vida política, institucional, social y militar de la República Dominicana. Contado por un testigo excepcional, un hombre que considera que su mayor logro “fue el ejemplo que pudo dar con su comportamiento lo más ético y justo posible en un ambiente de corrupción, abusos e injusticias”.

Bienvenida sea esta memoria de un hombre común en un país tan complejo.

Agosto de 2023