No, no he venido a preguntarte
por Cirilo ni Metodio
ni siquiera por Ladislao
o por Wojtyla.
Nada deseo saber de Mieszko
el esquivo domador de estrellas
ni de Boleslao I, El Valiente,
al que ves cada tarde morir con el sol.
Nada me inquieta de tus pensamientos
atravesando Lód’z camino a Varsovia,
nadando sobre el Vístula
para luego introducir tus pies de ballerina
en las frías aguas del Mamry.
De nada valdrán las prontas y cambiantes
intenciones de tus ojos
al pensar en los Cárpatos, en el alto Rysy
con sus vetustas canas,
en las vastas dunas bañadas por el Báltico
ni en ese desconocido que enfrentó al
Panzer Heinrich
desde un delgado corcel de viento.
He venido completamente desnudo de intenciones;
sólo con la flor de una esperanza
apretada entre mis manos;
sólo con estos pasos de ritmo tembloroso
con el dejo de un ir o no ir,
de un hacer o no hacer
y la decisión de parar el llanto de tus ojos.
Podría adivinar la trampa circundante,
la pesada cruz de haber conocido lo mejor de Marx
y la torcida intención de los que equivocaron el discurso;
de aquellos que, aposentados en las brumas del caos,
forjaron un proyecto con barrotes de acero,
un paraíso con ángeles sin alas,
con sueños inducidos,
con risas obligadas.
Esta trampa no podrás verla en Feuerbach
ni en el afilado pensamiento de Lenin
ni en la brisa púrpura de los violentadores de Octubre.
Ese falso espejo, ese delgado equilibrio
no es nada más que la ruptura
de una membrana como ala de mariposa
y cada goce que cierra la memoria.
¿No estarán, tal vez, gimiendo tus recuerdos?
¿No golpearán, con punzadas certeras,
las desigualdades en tus sienes?
¿Acaso Milton Friedman, con el imperio del mercado
más fuerte devorando al más débil,
tendrá la razón por sobre el discurso de la historia?
Podría, entonces, adivinar que tus tristezas
tienen el sabor de la duda profunda
sobre esa materia perpetuamente moldeada
que responde al nombre de hombre,
que será capaz de adaptarse
como hormiga en su hormiguero,
como sanguijuela en el oscuro lodo,
como colibrí en el espacio del jardín,
como estirada serpiente en la cueva del bosque
o como el pez de coral en las aguas orilladas
junto al eterno regreso de las sombras.
Habría que dilatarse y caminar engullendo los tiempos
para cobijarse en la desesperanza que te arropa
y propiciar una débil ecuación de luz;
una muy ligera y solitaria deducción
en torno a qué fue mejor o peor
en torno a si aquella cárcel sin egoísmos,
de alas rotas y sueños truncos,
fue infierno o paraíso de precios,
de virgos quebrados,
de cabizbajas etnias
caminando alrededor del dolor y del tiempo.
Habría, ¡oh, ángel de mirada distante!,
que almacenar quásares y migajas
para que la ecuación final
—no la que se grita como el fin de la historia—
devenga en casi exacta y definitoria.
Mientras tanto, amiga dulce y triste,
sentémonos en el balcón a mirar caer la tarde;
contemos por instantes cada hoja estremecida
y cada mariposa en vuelo.
Así podrás descansar tu cabeza entre mis piernas
y colocar cada pensamiento sobre Wroclaw,
sobre el río Older, sobre el Bug,
sobre el lago Sniardwy
al lado de los míos sobre el Higuamo,
sobre Barahona y su espantada sal,
sobre el cansado Yuna
y su recorrido de penurias,
separando la alegría polaca de la esperanza caribeña.
Así, nadie podrá interceder ni a favor ni en contra
en estos pensamientos estremecidos,
en estos vuelos libertarios de la mente y la pasión.
Entonces, dulce amiga, arribaremos a la fuente
de que aún no todo está perdido
en esta trampa del sol cambiante.
Efraim Castillo
(De mi poemario “Canto a Hiroshima”)
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