En los últimos años, la República Dominicana ha trabajado en garantizar transporte escolar gratuito mediante el programa TRAE, el Sistema Nacional de Transporte Estudiantil del Ministerio de Educación de la República Dominicana.
El programa ha dado pasos importantes en la búsqueda de garantizar asistencia regular, permanencia y seguridad a los estudiantes del sistema público, como parte de una política orientada a reducir barreras de acceso y condiciones de riesgo asociadas al traslado hacia los centros educativos.
Hoy, sin embargo, quisiera proponer una lectura distinta: TRAE no es solo un sistema de traslado escolar; es una oportunidad cultural.
No me detendré aquí en los beneficios pedagógicos, cognitivos y emocionales de llevar a los niños a museos, teatros y centros culturales. Esta discusión está suficientemente respaldada por evidencia científica, y la he abordado en múltiples espacios académicos, así como en trabajos previos de mi autoría, entre ellos mi libro “El juego: reflexiones dialogadas de un artista neuroeducador”. El punto que quiero subrayar ahora es otro: la posibilidad concreta de hacerlo.
Uno de los grandes obstáculos históricos para integrar la cultura a la experiencia escolar cotidiana ha sido la logística, particularmente el transporte. Ese obstáculo hoy existe en menor medida. TRAE cuenta con rutas, autobuses, personal y planificación territorial. Es decir, el sistema ya está en marcha. La pregunta entonces es simple y necesaria: ¿por qué no aprovechar esa infraestructura para facilitar visitas periódicas de estudiantes a museos, teatros y centros culturales?
El transporte ya está. La pregunta es si estamos dispuestos a usarlo también para garantizar el derecho a la cultura.
Cada año, durante la Feria Internacional del Libro, miles de estudiantes son trasladados para vivir una experiencia cultural significativa. Sin embargo, una sola visita anual no basta. El arte y la cultura no pueden seguir siendo una excepción en el calendario escolar; deben formar parte, dentro de lo posible, de la cotidianidad educativa. Y TRAE ofrece una base real para avanzar en esa dirección.
Pensar TRAE como plataforma cultural no implica desviar su misión principal, sino ampliar su sentido social. No se trata de trasladar estudiantes únicamente hacia la escuela, sino también hacia los espacios donde se construye ciudadanía, sensibilidad y pensamiento crítico. Museos, teatros y centros culturales son extensiones naturales del aula.
Esta es, más que una demanda, una invitación a pensar de manera intersectorial al Ministerio de Educación, a las autoridades de TRAE y a los responsables de las políticas culturales del país. El transporte ya está. La pregunta es si estamos dispuestos a usarlo también para garantizar el derecho a la cultura.
Convertir la experiencia cultural en una práctica sistemática, y no excepcional, sería un paso coherente con una educación verdaderamente integral. TRAE, bien pensado, puede ser uno de los vehículos para lograrlo.
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