A mí me encanta cambiar de idiomas porque, aunque las lenguas que conozco están muy cercanas, cada una de ellas te lleva a una manera de pensar diferente y uno se engrandece con ello. Por ejemplo: en el año 2011 fui a ver “El avaro”, de Molière, en la Sala Richellieu, en París, presentada por la Comédie Française, la tropa de actores que se ha mantenido en actividad durante más años en el mundo, desde 1680, cuando la fundara Luis XIV.
Caribeña que soy, no me pareció extraño que Élise, la hija del rico y tacaño Harpagón, fuera mulata. En Santo Domingo se trabaja con los actores disponibles y la diferencia de color entre padres e hijos no le llama la atención a nadie. Al leer el programa me di cuenta de que la actriz era blanca y la habían pintado para que todo el mundo pensara lo que los puertorriqueños, cubanos, venezolanos, colombianos y panameños admitimos con tanta facilidad: que este mundo mulato es de todos. Como en esa época todavía ninguna actriz negra había sido admitida dentro de la famosa tropa, la reconocida casa había querido abrir un poco las mentalidades y los corazones de los espectadores, pero, al no tener todavía el material humano que representara ese ideal, había recurrido al maquillaje escénico, algo que otros actores europeos han hecho a través del tiempo para representar a Otelo, el moro de la obra de Shakespeare.
Entre paréntesis, diez años después de esa situación, en septiembre de 2021, entró como pensionaria por primera vez una actriz negra a ese grupo de actores. Su nombre es Séphora Pondi y desde entonces ya ha actuado en una decena de obras, incluyendo el rol principal en “Medea”, de Eurípides. También ha montado y dirigido dramaturgias. En término de aceptación de las mujeres negras, en dos lustros la Comédie Francaise cambió más que en los tres siglos precedentes.
El punto es que, en ese contexto, el disfraz de una blanca en mulata era un deseo de apertura. En ese mismo año, en Estados Unidos, esa misma acción hubiese sido ofensiva. Resulta que sobre desde el siglo XIX y por lo menos hasta la Gran Depresión, allí se habían exhibido “Minstrels”, obras de teatro donde hombres blancos se pintaban de negro (blackface) para interpretar hombres negros tontos, torpes y cómicos que eran el centro de numerosas burlas. En ese país, maquillarse de negro cuando se es blanco es una ofensa o un experimento, jamás una señal de apertura.
Si uno conoce los dos mundos, puede reconocer el esfuerzo de un lado y la razón del horror en el otro. Uno puede recomendarles a los franceses que no hagan esa adaptación en los Estados Unidos o, si ellos se deciden a hacerlo allí de todos modos, entonces lo que procede es tratar de explicarles a los norteamericanos la intención detrás de la acción. En ese caso, tendría uno que evocar a Lin-Manuel Miranda, de origen puertorriqueño, y recordarles que en el año 2015 él pudo poner a ocho actores negros y mulatos a interpretar a figuras históricas blancas en un musical con el mismo objetivo de abrir las conciencias y de que nos reconozcamos los unos en los otros.
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