Cada vez con más frecuencia estamos viendo en distintas producciones teatrales criollas un fenómeno que llama la atención, dado el mal uso que se está dando a ese recurso cultural: la criollización argumental y léxica.

Aunque el vocablo "criollización" todavía no ha sido oficializado por la Real Academia Española (RAE), hay otros términos estrechamente vinculados que explican este fenómeno: “acriollarse”. Es el verbo utilizado por la RAE para describir cuando un extranjero adopta los usos, costumbres y la cultura del país hispanohablante en el que reside.

La criollización es un concepto creado por Édouard Glissant (martiniqués graduado en filosofía y etnología en la Sorbona) y que engloba la idea de un “consciente de sí mismo”, desarrollado en sus obras Sol de la conciencia (1956), Poética de la relación (1990) y Tratado de Todo-Mundo (1997).

La tesis que sostiene Glissant es que el mundo se criolliza continuamente: “las culturas del mundo, en contacto instantáneo y absolutamente conscientes, se alteran mutuamente por medio de intercambios, de colisiones irremisibles y de guerras sin piedad, pero también por medio de progresos de conciencia y de esperanza”.

Por supuesto que no me opongo a la tendencia casi inevitable de la “criollización” en la escena nacional. Donde veo serios problemas es en el mal uso dado a dicha tendencia. No se trata, solamente, de una natural adaptación.

Aunque decirlo parezca hoy extraño, la figura del productor teatral en nuestro país es mucho más reciente de lo que muchos pueden imaginar. Hago referencia al productor teatral profesional. Antes de su efectiva entrada a las tablas dominicanas, éramos los directores y actores quienes ejercíamos esa función. La llegada del productor trajo consigo una mayor calidad en las realizaciones nacionales; sobre todo, en los aspectos relacionados con escenografía, vestuario, iluminación, recursos sonoros y publicidad.

No obstante, procurando un buen retorno económico, el productor procura siempre hacer más populares sus producciones escénicas. Lo que jamás es un pecado. Cabe recordar que el gran William Shakespeare convirtió sus realizaciones teatrales en una fructífera empresa. El público inglés demandaba teatro y Shakespeare se lo brindaba en bandejas comerciales; pero nunca traicionando los principios del arte.

Aunque no pocos piensan que las adaptaciones constituyen degradaciones del texto teatral, este escritor acepta que, si son realizadas por escritores profesionales y cultos, pueden constituirse en aportes y lograr una mejor aceptación del texto original. Con frecuencia decimos en el teatro que cada visión de un director escénico es, en el fondo, una adaptación del texto que se ha decidido llevar al escenario. Se ha llegado a decir, y es un extremo inaceptable, que “todo texto es un pretexto”. ¡Jamás! Creer esto es escandaloso e imputable.

Igual lo es eso de “criollizar” las obras. Escuchar en un escenario dominicano, en una obra inglesa (para ilustrar con el ejemplo), que… “los dominicanos míster Anderson y lady Cecil van a su casa de Jarabacoa”. Es aterrador. Y no solo por lo exótico de sus nombres. Hay asuntos psicológicos y sociales que tipifican a los personajes y que hacen imposible nacionalizarlos. Igual ocurre con el asunto argumental.

¿Cómo aceptar tranquilamente escuchar en una realización criolla… “el rey viajará a su castillo en Nagua”?

¡Por Dios! ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! Algunas veces, sentado yo en la platea, siento que voy a morir de un espanto.

No siempre es simple irreverencia o mercantilismo. Con frecuencia se trata de estulticia. Ya ha sido dicho que la ignorancia es atrevida y la estupidez, osada.

Recomiendo, como una salida al tema, que las adaptaciones hagan neutras a las obras. Si no deseamos decir que los personajes viajarán a Lyon, los Urales o Maryland, digamos que el señor Anderson irá a descansar a las montañas o a su hermosa villa campestre. A eso me refiero cuando hablo de hacer neutra la acción de la trama.

Otro asunto grave que ocurre dentro de nuestro teatro son los cortes a las obras. Supuestamente, procurando “agilizar” la realización, les hacen lo que llamo “cortes de tijeras”. El director (casi siempre) toma un marcador e, indiscriminadamente, comienza a cortar parlamentos o escenas que ha juzgado largas. ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio!

Si hacer cortes es imperativo para una puesta en escena, recomiendo (insisto) buscar a un verdadero dramaturgo que haga eso. De lo contrario, se corre el riesgo de hacer cambios que desnaturalicen la obra original y alteren su ritmo interior. Algo que hasta es penado por nuestras leyes. Nadie puede alterar, sin permiso expreso del autor o su representante, una obra. Aquí hasta los títulos son cambiados muchas veces. Por supuesto que esto se hace para evitar que los autores se enteren de que están llevando al escenario sus creaciones literarias. Una clara violación a la Ley de Derecho de Autor.

Nunca es malo que haya retorno monetario en el teatro. Los directores, actores, técnicos y productores requerimos de recursos para comer, vestir y hasta para poder comprar un Ferrari amarillo de cuatro plazas (ja). Pero nada justifica que se alteren los códigos fundamentales del teatro. No hay manera de justificar la violación de leyes y acuerdos internacionales. Llevemos a las tablas producciones con la dignidad que se requiere. Los dioses teatrales y los jueces nacionales están ya pendientes de nosotros. Mientras detenemos la grosera tendencia, recurro al efecto de correr el siempre inevitable…

¡Telón!

Giovanny Cruz

Dramaturgo

Giovanny Cruz es miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua. Narrador, dramaturgo, ensayista, poeta, investigador cultural, guionista, actor y director teatral. Se graduó en la Escuela Nacional de Arte Dramático y realizó estudios artísticos y culturales en varios países latinoamericanos. Autor de más de cincuenta obras teatrales y director de más de treinta, ha interpretado a numerosos personajes a lo largo de su carrera profesional. Sus obras se han presentado en República Dominicana, París, Madrid, Barcelona, Costa Rica, Moscú, Puerto Rico, Islas Vírgenes, Argentina, Miami, Venezuela, Nueva York y Boston. Actualmente, ocupa el cargo de viceministro de Creatividad y Participación Popular del Ministerio de Cultura. Como escritor, ha cultivado el teatro, el cuento, la poesía y la novela. Entre sus obras destacan los cuentos Los cuentos del otro (2012), los dramas Teatro intenso (2015) o Sobre ángeles y demonios (2006) y las novelas Carrusel de duendes, difuntos y olvidados (2015) y La parca que espera en el camino (2016). Asimismo, es autor de los guiones de cine Un café en la calle El Conde; Amanda; El diablo ya no vive aquí y Juana la vegana. Ha sido galardonado con el Premio Casa del Escritor Dominicano (1994), el Premio Nacional de Dramaturgia (en dos ocasiones), y el Premio Anual de Cuentos. Además, ha obtenido premios como director, actor y productor teatral.

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