Un reciente video de título deliberadamente provocador me llevó a revisar una zona incómoda de la vida de Simone de Beauvoir. No me refiero principalmente a su pacto amoroso con Jean-Paul Sartre. La distinción entre un “amor necesario” y otros “amores contingentes” ha sido ampliamente conocida, discutida y, hasta cierto punto, aceptada como el experimento sentimental de dos adultos que pretendían vivir al margen de la moral burguesa, según su propia noción de libertad, que puede simpatizarnos o no.

Como no se trata de mi vida, no diré qué habría hecho yo en una situación semejante, en un mundo todavía atravesado por el machismo. Cada persona posee un temperamento, una formación ética, una educación sentimental y unos límites propios; puede sentirse preparada —o no— para determinados vínculos sin hacer daño. A mí me conmueve hasta el tuétano una relación heterosexual igualitaria y no convencional, pero fundada en la confianza. No estoy preparada para vivir el amor bajo la lógica del engaño. Me resulta éticamente doloroso que, por desesperación o por cualquier otra circunstancia, alguien llegue a sentir que no tiene otra salida que recurrir a él.

Hablando del video, quiero decir que soy simoneana y sartreana a tiempo completo desde muy joven. Pero eso no quiere decir que acepte integralmente todas sus teorías, ni mucho menos que practique su particular modo de vida. Una cosa es reconocer la grandeza filosófica de Sartre y Beauvoir, y otra muy distinta convertirlos en modelos intocables de conducta privada. Ya tendré tiempo de ir demostrando atrevidamente esa diferencia teórica y práctica con ellos, aunque en ocasiones, de forma indirecta, he avanzado algunas.

El verdadero núcleo de la controversia es otro: las relaciones que Beauvoir mantuvo con mujeres muy jóvenes, algunas de ellas alumnas suyas. En este debate aparecen especialmente los nombres de Olga Kosakiewicz (leer La Invitada) Bianca Bienenfeld —posteriormente Bianca Lamblin— y Nathalie Sorokine. Ya no estamos solamente ante una forma poco convencional de entender el amor, sino ante relaciones atravesadas por diferencias de edad, autoridad, experiencia y poder.

El caso de Bianca Lamblin resulta particularmente doloroso. Fue alumna de Beauvoir y terminó involucrada sentimentalmente con ella y con Sartre. Muchos años después describió aquella relación como una experiencia de explotación y traición. La publicación de cartas y diarios le permitió descubrir, además, la manera humillante en que había sido tratada en la intimidad por quienes ella admiraba. Su testimonio rompió la imagen idealizada de la célebre pareja intelectual.

También, y no pretendo examinar aquí y ahora, toda la vida privada de Simone, está el caso de Nathalie Sorokine, relacionado con la suspensión de Beauvoir de la enseñanza en 1943, después de una denuncia presentada por la familia de la joven. Estos hechos no pueden despacharse como simples expresiones de libertad sexual. La libertad no elimina la responsabilidad ni convierte automáticamente en igualitaria una relación marcada por la influencia de una profesora sobre su alumna.

He examinado anteriormente la vida privada de Heidegger y de Sartre porque considero que lo personal también es político y que, muchas veces, es precisamente en la intimidad donde se esconde la doble moral. No podría ahora hacer una excepción por mi admiración hacia Beauvoir. Aplicar una vara severa a los hombres y volverla indulgente cuando se trata de una mujer sería también una forma de incoherencia.

¿Cómo defender entonces a Simone de Beauvoir? No defendiendo lo indefendible. No es necesario justificar cada conducta de una pensadora para reconocer la importancia de su obra. Se puede admitir que ciertas relaciones fueron éticamente problemáticas y, al mismo tiempo, valorar a la autora de El segundo sexo, su defensa de la autonomía femenina y su contribución decisiva al pensamiento contemporáneo.

Tampoco conviene aceptar sin reservas el lenguaje sensacionalista que pretende reducirla de filósofa a “depredadora”. Una vida entera y una obra monumental no caben en una etiqueta. Pero rechazar la caricatura no significa negar los hechos ni silenciar a las mujeres que se sintieron utilizadas.

Entre la canonización y la hoguera existe una posición más honesta: someter a Beauvoir a la misma mirada crítica que aplicamos a Heidegger, Sartre o cualquier otra figura intelectual. Precisamente porque su filosofía colocó en el centro la libertad, la elección y la responsabilidad, su propia vida puede ser interrogada desde esos principios.

Todos, incluso quienes estamos muy lejos de los aportes de gigantes como Beauvoir, Heidegger o Sartre, hemos atravesado momentos débiles, zonas oscuras o decisiones lamentables de las que luego nos arrepentimos. Pero la revisión consciente de esos actos y del sentido de nuestro propio proyecto no borra la exigencia ética; tampoco obliga a cancelar todo lo valioso que hayamos pensado, creado o aportado, o que podamos aportar en el futuro.

Aun así, y a riesgo de parecer contradictoria o de justificar a Simone, creo que es urgente leer su propia versión, a mi parecer sumamente honesta, también porque las conductas humanas —como bien aclaran mis amigos y amigas existencialistas sartreanos— son siempre conductas en situación.

Por eso también deben ser evaluadas en el contexto de una época marcada por la preguerra, la Segunda Guerra Mundial, la ocupación, la escasez material y cultural, y una angustia histórica que tocaba la vida, el amor, la libertad y el sentido de las cosas. Ese contexto no absuelve automáticamente a nadie, pero ayuda a comprender que muchas búsquedas afectivas, intelectuales y morales nacieron en un mundo sacudido, donde se intentaba vivir de otra manera, a veces con lucidez y a veces con graves errores.

No obstante, y finalmente, Simone de Beauvoir no necesita ser presentada como una mujer intachable para continuar siendo una gran pensadora; tampoco lo necesita ningún gran pensador o pensadora. Su legado es lo suficientemente sólido como para resistir la verdad, incluso cuando esa verdad sea incómoda.

Referencias

Para la versión de la propia Simone de Beauvoir, véase su autobiografía, en particular Beauvoir, S. de. (1964). La fuerza de las cosas (E. de Olaso, Trad.). Editorial Sudamericana. (Trabajo original publicado en 1963).

Para un análisis biográfico, véase: Sallenave, D. (2010). Simone de Beauvoir. Contra todo y contra todos. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.

Kirkpatrick, K. (2020). Devenir Beauvoir: La force de la volonté [Devenir Beauvoir: La fuerza de la voluntad] (C. Meyer, trad.; M. García, pról.). Flammarion. El título entre corchetes fue traducido al español con ayuda de inteligencia artificial.

La Voz de Scruton. (2026, 11 de mayo). De icono feminista a depredadora: El camino que la academia ocultó [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=fsa6cz_palo