LORENZO
Lorenzo Pellerano Perelló en 1923. Hijo de Julia María Perelló Rochet. Colección Duleidys Rodríguez

El cuaderno que contiene las “noticias de la familia Perelló -Rochet”, es un documento que, con sus 168 años de antigüedad, tiene un valor excepcional.  Posee una importancia histórica, genealógica y social para la República Dominicana. Más que el registro de un duelo, es la invaluable radiografía de un momento crítico en la historia de la nación.

El texto que aquí se transcribe es el último registro asentado en el cuaderno familiar de los Perelló Rochet (1858-1886). Se trata de la narración de los últimos días de vida de Lorenzo Justiniano Perelló Rochet, cariñosamente Puchulo (1862-1886), escrito por su padre Carlos Lorenzo J. Perelló, sin duda, acompañado por la madre Cipriana Rochet quien fue la testigo presencial de los acontecimientos.

El texto se sitúa en el epicentro de la Revolución de los Moya (1886) liderada por el general Casimiro Nemesio de Moya contra el gobierno de Alejandro Wos y Gil. Hace referencia a locaciones y campamentos estratégicos de la época como La Vega, El Puñal, El Pino Macho, El Hatico, Las Lagunas, Palmar y el Cantón de la Emboscada.

Confirma la presencia en los territorios del conflicto de figuras históricas como los generales Benito Monción y Casimiro de Moya, así como del intelectual Eugenio Deschamps, amigo cercano del fallecido.

El registro expone la precariedad del sistema de salud dominicano de fines del siglo XIX a través de la narración del padecimiento de Puchulo aquejado de fiebre tifoidea. Registra los recursos paliativos disponibles: píldoras de quinina, vomitivos y “botellas” utilizadas como purgantes. Cita a profesionales de la época como los doctores Navarrete, Juan Ramón Velásquez y Carlos Castellanos.

Conecta a la familia Perelló y colaterales, por lo que se convierte en fuente documental para los estudios genealógicos. Describe el acompañamiento en el duelo de figuras de la élite de Santiago y Puerto Plata como Manuel Cestero, Sebastián Mera y Luis Perozo; por lo que también es un registro que ilustra las convenciones sociales de la época y los rituales en torno a la enfermedad y la muerte y el papel de las mujeres como abnegadas cuidadoras.

Estas notas son un recuento conmovedor que permite humanizar la historia oficial, evidenciando que detrás de las contingencias políticas y sociales, existían familias truncadas por los conflictos armados, la incomunicación y las epidemias.

El 21 de julio de 1886 como a la una de la tarde se separó de nosotros nuestro muy queridísimo hijo Lorenzo Justiniano (Puchulo) para irse a la vega al lado de su hermana Altagracia y de su cuñado Isaías franco para acompañarlos en la enfermedad del hijo de ellos, nuestro nieto Persio, pero desgraciadamente el niño ya había muerto ese mismo día a las seis de la mañana y Altagracia e Isaías dispusieron mandarnos el cadáver de nuestro nieto Persio para que lo viéramos aunque muerto y le diéramos sepultura.

El que trajo el cadáver del niño llegó a las nueve de la noche de ese día y se le dio sepultura a las 8 de la mañana siguiente del 22. Nuestro hijo Puchulo no pudo ver al niño porque él durmió en El Puñal la noche del 21, pero antes de llegar a La Vega ya se sabía la muerte y yo le dije que siguiera para aquel lugar a reunirse con su hermana y su cuñado sin saber que La Vega estaba ocupada por la revolución nombrada “De los Moya”.

En el lugar permaneció hasta el 5 de agosto que salió en compañía de su hermana y cuñado hasta el lugar El Hatico, en donde los dejó y siguió al general Casimiro N. de Moya hasta llegar al Cantón de la Emboscada donde se encontraba el general Benito Monción.

Desde este lugar vino a ver a su abuela, su tía Lola y su hermano Luis Cristóbal, que estaban en El Pino Macho. Se volvió al Cantón y el día 11 de agosto fue con el general de Moya a Las Lavas, pero desgraciadamente se mojó ese día y le dio la primera calentura y tuvo que regresar a Las Lagunas a la casa de mi compadre Sebastián Mera.

Venía tan agobiado por la calentura que el patrón Ángel tuvo que traerle el caballo de mano. Al otro día mi compadre Mera que avisó a mi hijo Luis Cristóbal y fue al momento y al verlo con la calentura que lo tenía privado dispuso mandar a Dionisia García, la que criamos nosotros, a darnos razón, el sábado 14, ese día se le mandó píldoras de quinina, un vomitivo recetado por el Dr. Navarrete y además una botella compuesta por Erasmo que era un cortante y purgativo, de este tomó y el vomitivo también sin lograrse ninguna mejoría.

Al otro día domingo 15 volvió Dionisia y al de decirnos seguía más malo, se fue Cipriana al momento, sola, y a pesar de estar lloviendo y solo pudo ir ella, porque como fue en los días que la revolución estaba más triunfante, por eso aquí las autoridades no querían dejar salir a nadie y ni siquiera medicamentos ni alimentos.

Cipriana llegó a casa de mi compadre a las seis de la tarde y al verla nuestro hijo Puchulo pareció que se animó algún poco, pero como la enfermedad era calentura tifoidea de la maligna siguió más grave, no habiendo sido eficaz los remedios que le aplicó el doctor Juan Ramón Velásquez que lo fue a visitar el día 14, ni los otros remedios que le hicieron.

Viendo el peligro en que estaba Puchulo corrió su amigo Eugenio Deschamps a Montecristi el día 16 en busca del Dr. Carlos Castellanos, pero por desgracia no pudo volver el doctor hasta el sábado 21 a las 6 de la tarde, lo encontró espirado, pues murió a las tres horas, esto es a las nueve de la noche, así es que ningún efecto le hicieron los remedios indicados por el doctor.

Nuestro querido Puchulo murió rodeado de su madre, sus hermanos Luis Cristóbal y Juan Evangelista y su tía Lola, sus primos Aquiles y Erasmo, mi compadre victoriano Núñez y sus hijos carolina y Altagracia, además su amigo Eugenio Deschamps.

Mi compadre Sebastián Mera, mi comadre Mariquita, su esposa y toda la familia de estos y en particular la hija de mi comadre llamada Caridad Guillén, que ayudó a mi esposa a asistir a su hijo en todo y a todas horas como si hubiera sido una buena hermana, además concurrieron como cien personas a su velorio y en su enfermedad fue visitado por Casimirito, don Manuel Cestero, los jóvenes de Puerto Plata, los que andaban con Moya y muchos de los santiagueros que estaban fuera.

El día 22 a las once se le dio sepultura en Palmar cerca de la casa de Luis Perozo, en cuyo lugar mi hijo Cristóbal en unión de mi compadre Sebastián Mera le han hecho una cerca de tablas de palma.

En ese apartado lugar se encuentran los restos de nuestro querido hijo sin haber podido verlo en su enfermedad, ni el resto de sus hermanos. Su memoria está tan vivía en notros como si estuviera presente su persona, como consuelo tenemos que a más de los numerosos amigos que él tenía cuantos le conocieron ha lamentado su muerte y nos han acompañado en nuestro dolor por su buen corazón y sentimientos generosos para el prójimo.

Esperamos que Dios lo halla admitido en su santo reino y podamos alcanzar la dicha de verle en la otra vida y que desde allí ruegue por sus padres y sus hermanos y su familia como era tan amante de ella en este mundo.

Lorenzo J. Perelló

Santiago, 23 de agosto de 1886.

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Nieto de los Perelló-Rochet. Colección Duleidys Rodríguez

Duleidys Rodríguez Castro

Educadora y Filósofa

Duleidys Rodriguez Castro es filósofa con estudios doctorales en Historia del Caribe por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), maestría en Filosofía por la Universidad del País Vasco y licenciatura en Filosofía y Humanidades por el Instituto Filosófico Pedro Francisco Bonó. Además, es genealogista y coleccionista especializada en historia de la educación dominicana.

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