La obra Anomia educativa: Una construcción teórico-metodológica a partir de Durkheim (2026), de María Cristina Ortiz Monagas, ofrece una comprensión profunda de la educación en estos tiempos atravesados por lo digital e inteligencia artificial, desde una perspectiva filosófica y sociológica que vincula el orden social con los procesos formativos.
Desde este enfoque interdisciplinar, es posible analizar cómo el contexto del siglo XXI, marcado por el cibermundo estructurado en lo virtual, en la innovación y la tecnociencia, reconfigura las formas de enseñar, aprender y otorgar sentido a la educación. Partiendo desde este escenario epistémico, es que podemos abordar el texto de Ortiz Monaga, el cual plantea una mirada analística, amplia y articulada, tal como se deja entrever en el siguiente párrafo:
“El análisis se desarrolla a partir de varios enfoques complementarios. Desde lo sociológico, la educación se entiende como un hecho social, lo que permite descartar una mirada puramente psicolingüística e incorporar los discursos de los propios actores del sistema. Desde lo filosófico, se busca establecer la relación entre los factores que configuran la condición anómica de la educación, privilegiando una reflexión crítica y dialéctica antes que respuestas definitivas. Desde lo metodológico, los aportes de Émile Durkheim ofrecen un marco para los métodos, procesos e instrumentos aplicados, incluyendo líneas de tiempo que permiten rastrear la ocurrencia de los factores y la coincidencia de los discursos.” (2026, p. 21).
Ortiz Monagas propone integrar distintos enfoques —sociológico, filosófico, metodológico y pedagógico— para comprender la complejidad del fenómeno educativo. En particular, destaca la importancia de considerar la educación como un hecho social influido por múltiples actores y discursos, así como la relevancia de una reflexión crítica que no busque respuestas únicas, sino que analice las tensiones y contradicciones del sistema. Además, el uso del marco durkheimiano aporta rigor metodológico al estudio, permitiendo una comprensión histórica y estructural. En conjunto, la propuesta invita a un análisis más profundo, contextualizado y crítico de la educación y sus problemáticas.
A partir de esta perspectiva, el fenómeno educativo debe comprenderse como una realidad compleja en la que confluyen múltiples factores sociales, filosóficos, metodológicos y pedagógicos.
En consecuencia, las transformaciones actuales, especialmente aquellas mediadas por la tecnología, no pueden analizarse de manera aislada, sino como parte de un entramado más amplio que redefine las formas de enseñar, aprender y producir conocimiento.
En coherencia con este planteamiento, la expansión del entorno digital y el auge de la inteligencia artificial configuran un nuevo escenario educativo. En este contexto, la inteligencia artificial introduce nuevas mediaciones del conocimiento que obligan a replantear los fundamentos tradicionales de la enseñanza. Sin embargo, este avance tecnológico no está exento de riesgos.
Hoy observamos con preocupación cómo muchos estudiantes utilizan la inteligencia artificial no como una herramienta de apoyo, sino como un sustituto del pensamiento propio, limitándose a copiar, reproducir respuestas y depender de contenidos generados automáticamente, lo que debilita su capacidad crítica, reflexiva y creativa.
Esta práctica no solo empobrece el aprendizaje, sino que profundiza la anomia educativa, al desconectar al estudiante del sentido mismo del conocimiento. La educación pierde así su función formativa y se convierte en un ejercicio mecánico de reproducción de información.
En este sentido, resulta pertinente retomar a Edgar Morin, quien plantea en el texto Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, lo siguiente:
“De allí la necesidad, para la educación del futuro, de una gran religazón de los conocimientos resultantes de las ciencias naturales con el fin de ubicar la condición humana en el mundo, de las resultantes de las ciencias humanas para aclarar las multidimensionalidades y complejidades humanas y la necesidad de integrar el aporte inestimable de las humanidades, no solamente de la filosofía y la historia, sino también de la literatura, la poesía, las artes”. (Morin,1999,p.22, UNESCO).
Esta idea refuerza la necesidad de una educación integradora, que no fragmente el conocimiento ni reduzca el aprendizaje a respuestas automatizadas, sino que promueva una comprensión compleja, crítica y profundamente humana del mundo.
Por otra parte, la globalización ha intensificado la circulación de ideas, culturas y modelos educativos, consolidando el cibermundo como un espacio central de aprendizaje. Esto ha democratizado el acceso a la información, pero también ha generado nuevos desafíos, como la brecha tecnológica y la necesidad de desarrollar competencias críticas frente al exceso de información, el cual produce infoxicación.
En el texto, también se advierte que la educación, al ser un hecho social, está profundamente influenciada por el mercado global. Los sistemas educativos responden cada vez más a demandas económicas, ajustando sus programas para formar sujetos competitivos, lo que plantea el reto de no reducir la educación a una lógica productiva.
Asimismo, los procesos de internacionalización enriquecen la formación mediante el intercambio cultural, pero también evidencian desigualdades en el acceso a estas oportunidades. En este sentido, el papel del Estado resulta clave, tanto en la promoción del desarrollo humano como en la regulación de estas dinámicas.
De ahí la importancia de retomar el concepto de anomia, propuesto por Durkheim, para comprender la crisis de sentido que atraviesa la educación en el siglo XXI. La falta de cohesión social, sumada a las desigualdades, genera una desconexión entre los estudiantes y el sistema educativo.
Frente a este panorama, la educación debe apostar por la formación de sujetos críticos, capaces de interpretar su realidad y participar activamente en la sociedad. No basta con acceder a información; es necesario construir conocimiento con sentido.
La inteligencia artificial, entonces, debe ser asumida desde una perspectiva crítica: no como un sustituto del pensamiento, sino como una herramienta que, bien utilizada, puede potenciar el aprendizaje. El verdadero desafío no es tecnológico, sino formativo y crítico.
De ahí, que la obra de Ortiz Monagas nos invita a repensar la educación como un proceso profundamente humano, situado en un contexto social dinámico. Comprender la educación como hecho social permite enfrentar los desafíos en el siglo XXI con una mirada integral, capaz de responder a las transformaciones de nuestro tiempo sin perder de vista su finalidad fundamental: formar personas libres, críticas y conscientes.
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