A través del tiempo se producen cambios en el sistema de sonidos de las lenguas. Por ejemplo, durante la Edad Media, en español se pronunciaban con f- inicial las palabras ‘fablar’ y ‘fermosa’. Sin embargo, ese sonido se transformó en una aspirada, h-, que posteriormente desapareció. Solo ha quedado como recuerdo la letra h con que se escriben esos términos ahora: hablar y hermosa. Asimismo, la /r/ final de palabra del latín experimentó un proceso de metátesis que la trasladó al interior de palabra en español: semper → siempre, inter → entre, super → sobre.
Como es natural, en la actualidad siguen produciéndose cambios en los sonidos cuando se combinan con otros para formar morfemas y palabras, o cuando se juntan dentro de la cadena hablada. Dichas modificaciones reciben el nombre de procesos fonéticos. Algunos de ellos pueden ser llamados cuantitativos, porque consisten en una transformación que da como resultado una reducción o un aumento de la cantidad de los sonidos que componen una palabra. Se les asignan denominaciones diferentes según el lugar de la palabra donde se realicen.
Con reducción:
Aféresis: eliminación de uno o varios sonidos al principio de la palabra (hermanito → manito).
Síncopa: eliminación de uno o varios sonidos en el interior de la palabra (natividad → navidad).
Apócope: eliminación de uno o varios sonidos al final de la palabra (bueno → buen).
A menudo, sin embargo, a estos procesos de eliminación se les da el nombre genérico de elisión, sin importar la posición donde se produzcan.
Con aumento:
Prótesis: adición de uno o más sonidos al inicio de la palabra (stress → estrés, largo → alargar)
Epéntesis: adición de sonidos en el interior de la palabra (bisagra → biságara, tigre → tiguerito)
Paragoge: adición de uno o más sonidos al final de la palabra (fuiste → fuistes, así → asina).
Entre esos cambios cuantitativos, el más importante en español es la apócope. Además de su abundancia, sobre todo en el lenguaje familiar, en el que se dan casos como na, por nada, profe, por profesor, la apócope es un proceso muy activo que la lengua utiliza en algunos casos de manera obligatoria según la posición que ocupen ciertos adjetivos en la cadena sintáctica. Por ejemplo: ‘Pasó un momento malo’, frente a ‘Pasó un mal momento’; ‘Juan es un santo’, frente a ‘Hoy se celebra la fiesta de san Juan’.
Otros procesos fonéticos no tienen el carácter cuantitativo señalado en los casos anteriores y podrían ser considerados cualitativos, en cuanto que generalmente implican un cambio en la naturaleza del sonido afectado. Entre estos procesos fonéticos se encuentran la asimilación, la disimilación, la diptongación y la metátesis. De todos ellos, el más frecuente e importante en español es la asimilación.
Asimilación: cuando un sonido adquiere rasgos propios de otro y se hace, en consecuencia, más parecido o semejante al otro. Un ejemplo es la acomodación de la /n/ a la posición de la consonante siguiente: un peso → [um peso], un gato → [uŋ gato].
Se distinguen tres tipos de asimilación según el lugar que ocupe el sonido afectado frente al productor de la acción:
- regresiva: cuando el cambio se produce en el sonido colocado primero, influido por la articulación del siguiente. Ejemplos: tengo [teŋgo]; mismo [mizmo]. En el primer caso, la /n/ se pronuncia llevando la lengua hacia el fondo de la boca, como es necesario para articular la /g/. En el segundo, la /s/ adquiere la sonoridad (vibración de las cuerdas vocales) propia de la /m/.
Es el tipo de asimilación más común, porque es económico y natural que los órganos articulatorios inicien su movimiento de preparación para el sonido siguiente incluso antes de haber completado la realización del sonido anterior. Por eso también se llama asimilación anticipadora.
- progresiva: si el cambio afecta al sonido siguiente, como efecto de la pronunciación del precedente. Es poco común: palumba → [paloma]. La /m/ absorbe a la /b/.
- recíproca: si la acción se realiza en doble sentido, es decir, el primer sonido afecta al segundo y viceversa: auru → oro, Hispania → España. En el primer caso, el cambio produce una síntesis (la /o/), que representa el punto intermedio de abertura bucal entre la /a/, vocal abierta, y la /u/, vocal cerrada. En el otro ejemplo, la /n/ y la /i/ se transforman en una eñe, que mantiene la nasalidad (propia de la /n/) y obtiene el rasgo palatal (propio de la /i/ del diptongo).
Disimilación: cuando un sonido se hace diferente o menos parecido a otro igual o muy semejante. Ejemplos: arbor → árbol, pasear → pasiar, medicina → medecina (en el habla popular).
Este proceso puede servir para evitar la repetición molesta de dos sonidos idénticos o para realizar un reajuste silábico, de manera que un hiato (ea – dos sílabas) se convierte en un diptongo (ia – una sílaba).
Diptongación: cuando una vocal se convierte en diptongo: poder → puedo, dental → diente.
Metátesis: cuando un sonido cambia su posición dentro de la palabra: inter → entre y, en el habla popular: ojalá → ajolá, nadie → naide.
Una causa que explica a veces la presencia de algunos de los procesos mencionados es la analogía, que consiste en el cambio mediante el cual la palabra acomoda su forma fonética a la de otra con la que guarda una relación muy estrecha, ya sea desde el punto de vista morfológico, léxico o semántico. De esa manera, se hace resaltar la semejanza (analogía), real o supuesta, que hay entre las dos palabras.
Un ejemplo de esto se encuentra en los nombres de los días de la semana. En latín se empleaba la palabra dies (día) seguida del nombre del planeta al que estaba dedicado:
dies Lunae (día de la Luna): lunes
dies Martis (día de Marte): martes
dies Mercurii (día de Mercurio): miércoles
dies Jovis (día de Júpiter): jueves
dies Veneris (día de Venus): viernes
Es fácil advertir que ni el primero ni el tercero (lunae y mercurii) tienen una -s al final en latín. En español la han añadido por la analogía con los demás nombres con los que forman una serie léxica muy compacta. En el caso de mercurii (con acento sobre la u) la semejanza con los otros nombres no solo se buscó con la /s/ final, sino también colocando el acento sobre la primera sílaba de la palabra, donde lo llevan los otros cuatro.
También tiene motivación analógica la /s/ que algunas personas colocan al final de las formas verbales de pretérito en la segunda persona del singular: llegastes, en lugar de llegaste. El razonamiento del hablante parece ser el siguiente: como la noción verbal de segunda persona del singular regularmente se indica con /s/ (llegas, llegabas, llegarás, llegues…), lo lógico es que en llegaste sea así también.
Otro fenómeno relacionado con la analogía es la etimología popular, que consiste en un cruce de palabras causado por un error de interpretación respecto de una de ellas. Los hablantes creen que entre ellas hay una relación etimológica y ajustan la forma fonética de la palabra nueva a la de otra ya conocida. Por esa razón, la palabra ‘vagabundo’ es pronunciada a veces vagamundo, al ser interpretada como ‘el que vaga por el mundo’. Otro caso se da con ‘arrellanarse’, que se convierte a veces en arrellenarse, porque se piensa que tiene que ver con ‘rellenar’.
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