Entre las formas pronominales del español, tienen especial interés las de objeto directo e indirecto (me, te, le, la, lo, las, los, nos, se…), llamadas clíticos. Al carecer de acento, se pronuncian apoyadas o pegadas al verbo al que acompañan.
Los pronombres, igual que los nombres (sustantivos) a los que sustituyen, desempeñan diferentes funciones sintácticas en la oración: sujeto, objeto directo, objeto indirecto, circunstancial, agente. Sin embargo, a diferencia de los sustantivos, los pronombres varían de forma dependiendo de la función que desempeñen. Por ejemplo, si el pronombre de primera persona singular es sujeto, aparece bajo la forma ‘yo’: ‘Yo quiero a mi mamá’. Pero si ese pronombre es objeto, no se dice *‘Mi mamá quiere a yo’, sino ‘Mi mamá me quiere’. Cuando ‘yo’ debe actuar como circunstancial de compañía, adopta la forma ‘conmigo’, y si va precedido de preposición (a, ante, con, de, en, entre, para, por, sin, sobre…) se presenta con la forma tónica ‘mí’: a mí, de mí, para mí, por mí, sin mí. Variaciones similares ocurren con los demás pronombres: tú, él, ella, nosotros, ellos.
Tales cambios de forma según la función sintáctica recuerdan las declinaciones propias del latín, donde las palabras de naturaleza nominal (sustantivos, adjetivos, pronombres…) tenían una terminación distinta de acuerdo con el caso: nominativo → dominus (el señor); genitivo → domini (del señor); dativo → domino (al señor o para el señor); acusativo → dominum (al señor); vocativo → domine (¡señor!); ablativo → domino (con, sin, por, en… el señor).
Merecen un comentario aparte las formas especiales ‘conmigo’, ‘contigo’ y ‘consigo’, ya que los hablantes tienen el derecho de preguntar por qué, si se dice ‘conmigo’ y ‘contigo’, no se dice, por ejemplo, *‘sinmigo’ ni *‘sintigo’. Resulta que, en latín clásico, la preposición cum (con) aparecía de forma enclítica, pospuesta y escrita junto a la variante circunstancial del pronombre: mecum, tecum, etc. A este respecto, vale citar la versión latina del ‘Ave María’, que comienza con las palabras con las que el ángel saludó a la Virgen: “Ave, María, gratia plena, Dominus tecum”. Es probable también que algunos lectores recuerden la frase que se repetía, en épocas pasadas, en la liturgia católica: ‘Dominus vobiscum’ (El Señor [esté] con ustedes). Este tipo de ordenamiento sintáctico, que puede considerarse ‘anormal’, ‘atípico’, no era compartido con otras preposiciones latinas, como sine (sin), que aparecía antepuesta: sine me (sin mí).
La evolución fonética de esas combinaciones latinas del pronombre con la preposición (mecum, tecum, secum), dio como resultado en el español primitivo las formas migo, tigo, sigo. Y cuando se normalizó el uso de las preposiciones, los hablantes castellanos de la época ignoraban que en dichas formas originales estaba incluida la preposición cum (con). Por esa razón, como lo hacían con las demás preposiciones, colocaban el con delante de migo, tigo, sigo, produciendo así una duplicación o repetición de la preposición: conmigo, contigo, consigo.
De todas las formas pronominales en español, revisten especial interés las de objeto directo e indirecto (me, te, nos, os, le, la, lo, les, las, los, se), llamadas clíticos o formas átonas que, porque carecen de acento, se pronuncian apoyadas o pegadas al verbo al que acompañan. Así, ‘me quiere’,
‘te dije’, ‘se lo llevas’, se articulan como si fueran una sola palabra: mequiere, tedije, selollevas. En estos casos, se denominan proclíticos por estar situados delante del verbo. Pero esos mismos pronombres pueden aparecer pospuestos al verbo y entonces, no solo se pronuncian juntos, sino que también se escriben como una sola palabra: quiéreme, llévaselo. Se designan entonces con el nombre de enclíticos.
La enclisis, o posposición del pronombre al verbo, es obligatoria con el imperativo, el infinitivo y el gerundio: ‘Tráeme el lápiz’, ‘Quiero conocerlo’, ‘Se quedó mirándonos’. No se dice *Quiero lo conocer, ni *Se quedó nos mirando. Con otras formas verbales, los enclíticos no se utilizan en la lengua hablada e incluso en literatura son poco frecuentes. Cuando el verbo aparece acompañado por dos de estas variantes, ya sean proclíticas o enclíticas, la correspondiente a la segunda persona va delante de la de primera, y cualquiera de ellas antes de la de tercera: te me fuiste, me lo dijo, mándamela. Sin embargo, la forma se aparece delante de todas las demás: se me olvidó, se te cayó, guárdaselo.
Digresión morfológica
En comparación con otras lenguas, como el inglés o el francés, el español tiene una morfología compleja y muy variada. Basta pensar en los verbos que, por lo general, tienen una forma distinta para cada persona gramatical (hablo, hablas, habla, hablamos, habláis, hablan), en tanto que, en inglés, por ejemplo, solamente tienen dos (speak, speaks). Por eso, la presencia del pronombre es obligatoria delante del verbo en inglés (I speak, you speak, he speaks), al igual que en francés (je parle, tu parles, il parle). Como se sabe, la diversidad morfológica del español hace posible la omisión del pronombre, cuya información aparece expresada por la distinta terminación verbal. En ‘hablo’ y ‘hablas’, por ejemplo, se entiende que el sujeto es ‘yo’ y ‘tú’, respectivamente.
Otro tanto se puede decir de los sustantivos españoles, que admiten derivación mediante la adición de sufijos aumentativos (-ote: muchachote), colectivos (-al: platanal), despectivos (-ucho: casucha), diminutivos (-ito: nidito).
El caso de los diminutivos reviste un interés especial, tanto desde la perspectiva semántica como morfológica. Aunque ‘diminutivo’ hace pensar en una disminución de la significación del sustantivo, no siempre sucede así. De hecho, el sentido ‘diminutivo’, disminuido, del sustantivo es el menos frecuente en la lengua oral. La función más importante y frecuente del diminutivo en español consiste en expresar una apreciación afectiva acerca del objeto por parte del sujeto que habla. En la oración ‘La niña cumple hoy tres añitos’, no se hace referencia a unos años más cortos de lo normal, sino que se manifiesta el cariño del emisor hacia la niña.
Existen en español varias formas o alomorfos para expresar el diminutivo: -ico (zapatico), -illo (chiquillo), -in (peluquín), -ito (arbolito). Sin embargo, esas formas no son igualmente frecuentes en todas las zonas donde se habla español. En muchos países de América existe una clara preferencia por el alomorfo –ito que, en ocasiones, alterna con –ico: librito, mesita, amiguito, papelito, arbolito; gatico, zapatico. Un ligero examen permite descubrir que la forma -ico tiende a aparecer solo cuando la última consonante de la raíz es t, evitando así la repetición tan próxima de dos t: gatito. Esta solución (gatito, matita) también es posible, pero tiene una frecuencia menor que la otra (gatico, matica). Precisamente por eso la terminación -ito en estos casos tiene una connotación de elegancia o de formalidad de la que carece -ico, la forma ordinaria o familiar.
Finalmente, conviene señalar que la variante -ito puede adoptar una forma más o menos larga en función de la naturaleza fonética de la base a la que se añade. Mientras las palabras no agudas la aceptan como tal (librito, arbolito, platanito), las agudas requieren con frecuencia un alargamiento, sobre todo si se trata de palabras monosilábicas (mujercita, florecita).
Por su parte, en inglés se reduce considerablemente el uso del diminutivo morfológico. No existe un sufijo general para formar el diminutivo, aplicable a todos los sustantivos ingleses. Para compensar esta falta, en inglés existen dos posibilidades básicas: añadir un sufijo (aplicable a unos pocos sustantivos) o anteponer una palabra (aplicable siempre).
Los sufijos más comunes son: -y (dad → daddy -indica afecto), -let (book → booklet), -ling (cat → catling). De los tres, el más productivo y frecuente, con connotación afectiva, es -y: dog → doggy, doll → dolly, horse → horsey. A veces este sufijo se escribe como -ie, en lugar de -y: aunt → auntie, o aunty. Hay que observar, sin embargo, que muchos de los sustantivos a los que se añade ‘-y’ se convierten en adjetivos, no en sustantivos diminutivos: sun → sunny (soleado).
Como en inglés no hay un sufijo general para formar el diminutivo, la opción más utilizada es añadir una palabra, como little (pequeño, también indica afecto) o small (pequeño): little table (mesita), little boy (niñito); small glass (vasito).
El francés tampoco cuenta con un mecanismo de sufijación diminutiva tan vivo como el español. Se limita, básicamente, a utilizar el adjetivo ‘petit’ (pequeño): petit garçon (niño, niñito); petite fille (niña, niñita). Existe el sufijo –et/–ette, pero la producción de palabras con este formante es muy limitada: garçonnet (petit garçon): niñito, muchachito; fillette (petitte fille): muchachita, niñita; maisonette (petitte maison): casita.
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