La cultura como fundamento del desarrollo nacional
Si la historia demuestra que la cultura dominicana siempre ha tenido guardianes y que la protección de nuestro patrimonio ha sido una responsabilidad compartida entre el Estado y la sociedad, surge entonces una pregunta decisiva para el futuro del país: ¿por qué la cultura debe convertirse en una auténtica Política de Estado?
Responder a esa pregunta implica revisar la manera en que tradicionalmente hemos concebido la cultura.
Durante mucho tiempo la hemos reducido a un sector de la administración pública. Con frecuencia la asociamos únicamente con museos, teatros, conciertos, festivales, ferias de libros, exposiciones o actividades artísticas. Todo ello forma parte de la vida cultural de una nación, pero no expresa plenamente su verdadera dimensión.
La cultura es mucho más que un conjunto de manifestaciones artísticas.
Es la memoria de un pueblo.
Es la conciencia de una Nación.
Es el espacio donde una sociedad reconoce sus raíces, fortalece su identidad, transmite sus valores y construye el sentido de pertenencia que hace posible la convivencia democrática.
En la cultura convergen la historia, la educación, la ciencia, la creatividad, la innovación, la lengua, las tradiciones, el patrimonio material e inmaterial y las múltiples expresiones mediante las cuales un pueblo se reconoce a sí mismo.
Por esa razón, las naciones que han alcanzado mayores niveles de desarrollo dejaron hace tiempo de considerar la cultura como un gasto o como una actividad complementaria del Estado. Comprendieron que constituye una inversión estratégica en educación, ciudadanía, cohesión social, innovación, turismo, economía creativa y proyección internacional.
La República Dominicana necesita asumir esa misma visión.
La cultura no puede seguir ocupando un lugar periférico dentro de las políticas públicas. Debe convertirse en uno de los ejes estratégicos del proyecto nacional de desarrollo.
No se trata únicamente de proteger monumentos, museos o archivos.
Se trata de fortalecer la capacidad del país para comprender su pasado, construir su presente y proyectar su futuro.
Porque una Nación que desconoce su historia pierde parte de su identidad.
Una Nación que debilita su cultura reduce su capacidad de innovar, de educar y de construir ciudadanía.
Y una Nación que no convierte la cultura en una política permanente termina administrando únicamente la coyuntura.
Convertir la cultura en una Política de Estado significa reconocer que ninguna estrategia de desarrollo será plenamente sostenible si no incorpora la dimensión cultural como uno de sus fundamentos esenciales.
Significa comprender que el desarrollo económico necesita ciudadanos creativos.
Que la democracia necesita ciudadanos críticos.
Que la educación necesita identidad.
Que el turismo necesita patrimonio.
Que la innovación necesita imaginación.
Y que la cohesión social necesita una memoria compartida que fortalezca el sentido de pertenencia a una misma comunidad nacional.
Por eso, la cultura no constituye una política sectorial.
Es una política transversal.
Atraviesa la educación, el turismo, el desarrollo territorial, la economía creativa, la investigación científica, la diplomacia cultural, las relaciones internacionales, la protección del medio ambiente, la comunicación y la construcción de ciudadanía.
Cuando un país comprende esa realidad, deja de preguntarse cuánto cuesta invertir en cultura.
Comienza a preguntarse cuánto cuesta no hacerlo.
Porque allí donde la cultura se debilita también se debilitan la educación, la convivencia, la identidad y la capacidad de una sociedad para imaginar colectivamente su futuro.
De ahí que una Política Cultural de Estado no deba concebirse como un programa gubernamental más.
Debe entenderse como una estrategia nacional de largo plazo, capaz de orientar el desarrollo cultural de la República Dominicana durante las próximas décadas, independientemente de los cambios de gobierno.
Solo así la cultura ocupará el lugar que verdaderamente le corresponde: no como un apéndice de la administración pública, sino como uno de los pilares sobre los cuales descansa el desarrollo integral de la Nación.
Cultura y educación
Existe una relación inseparable entre cultura y educación.
Toda educación transmite conocimientos.
La cultura, además, transmite identidad, valores y memoria.
A través de ella, cada generación descubre quién es, de dónde viene y cuáles son las experiencias históricas que han dado forma a la Nación.
Por esa razón, una educación de calidad no puede limitarse a formar profesionales competentes. Debe también formar ciudadanos conscientes de su historia, respetuosos de su patrimonio y comprometidos con la preservación de los valores democráticos.
La educación artística, la lectura, la historia nacional, las artes, el patrimonio y la creación cultural no constituyen actividades complementarias del sistema educativo.
Son parte esencial de la formación integral de la persona.
Las sociedades que invierten simultáneamente en educación y cultura desarrollan ciudadanos con mayor capacidad crítica, creatividad, sensibilidad y sentido de pertenencia.
No es casual que los países con mayores niveles de desarrollo humano sean también aquellos que han convertido la educación y la cultura en políticas públicas permanentes.
La República Dominicana necesita avanzar en esa dirección.
Una verdadera Política Cultural de Estado deberá caminar de la mano con una Política Educativa de Estado, porque ambas persiguen un mismo propósito: formar ciudadanos libres, creativos, responsables y profundamente comprometidos con el futuro de la Nación.
Cultura y democracia
La democracia no se sostiene únicamente sobre una Constitución, un sistema electoral o la existencia de instituciones públicas. Su verdadera fortaleza reside en la formación de ciudadanos libres, críticos y conscientes de sus derechos y responsabilidades.
Esa formación también es una tarea de la cultura.
La cultura preserva la memoria colectiva, estimula el pensamiento crítico, favorece el diálogo entre generaciones y fortalece el respeto por la diversidad. Una sociedad que conoce su historia comprende mejor el valor de la libertad, la importancia de sus instituciones y el significado de la participación ciudadana.
Cuando la cultura se debilita, la democracia también se vuelve más vulnerable. La indiferencia hacia el patrimonio, el desconocimiento de la historia y el empobrecimiento del debate público terminan debilitando la conciencia cívica y favoreciendo la fragmentación social.
Por el contrario, una ciudadanía que valora su patrimonio, conoce su pasado y participa activamente en la vida cultural desarrolla un mayor compromiso con la democracia y con la construcción del bien común.
Por ello, invertir en cultura también significa invertir en instituciones democráticas más sólidas y en una ciudadanía más participativa y responsable.
Cultura e identidad nacional
Toda Nación necesita reconocer los elementos que le otorgan continuidad a lo largo del tiempo.
La identidad nacional no surge espontáneamente. Es el resultado de un proceso histórico mediante el cual una sociedad construye una memoria compartida, reconoce sus símbolos, preserva sus tradiciones y transmite de generación en generación aquellos valores que fortalecen el sentido de pertenencia.
En el caso de nuestra República Dominicana, esa identidad se expresa en nuestra lengua, en la riqueza del patrimonio material e inmaterial, en la música, la literatura, el teatro, las artes visuales, la gastronomía, las fiestas populares, las manifestaciones religiosas y las múltiples tradiciones que enriquecen la vida nacional.
Proteger la cultura significa proteger esa identidad.
No para convertirla en una realidad estática o encerrada sobre sí misma, sino para permitir que continúe evolucionando sin perder sus raíces.
Los pueblos que olvidan su historia terminan debilitando su capacidad para comprender el presente y proyectar el futuro.
Por el contrario, las sociedades que conocen y valoran su patrimonio fortalecen su autoestima colectiva, consolidan su cohesión y enfrentan con mayor confianza los desafíos del mundo contemporáneo.
Una Política Cultural de Estado debe asumir, por tanto, la identidad nacional como uno de sus objetivos fundamentales.
Porque proteger la cultura también significa proteger la continuidad histórica de la Nación.
Cultura y desarrollo económico
©Emil Socías/acento.com.do
Durante muchos años se consideró que la cultura constituía un gasto público cuya rentabilidad era difícil de medir.
Hoy esa visión ha sido ampliamente superada.
La experiencia internacional demuestra que la cultura también genera riqueza, empleo, innovación y oportunidades de desarrollo.
Las industrias culturales y creativas forman parte de uno de los sectores económicos de mayor crecimiento en el mundo. Música, cine, literatura, teatro, artes visuales, diseño, arquitectura, folclore, producción audiovisual, patrimonio, artesanía, moda, contenidos digitales y nuevas tecnologías generan miles de empleos y aportan significativamente al producto interno bruto de numerosos países.
La República Dominicana posee un enorme potencial en ese ámbito.
Nuestro patrimonio histórico, la creatividad de nuestros artistas, el talento de nuestros jóvenes y el crecimiento de las industrias culturales representan una oportunidad extraordinaria para diversificar la economía y fortalecer el desarrollo sostenible.
Pero ese potencial solo podrá aprovecharse plenamente mediante políticas públicas estables que promuevan la formación, la innovación, el emprendimiento cultural y la inversión en el sector.
La cultura no debe ser vista únicamente como un bien simbólico.
También constituye un activo estratégico para el desarrollo económico de la Nación.
Cultura, turismo e industrias culturales y creativas
Pocos recursos proyectan con tanta fuerza la imagen de un país como su cultura.
El patrimonio histórico, la arquitectura, los centros históricos, los museos, la gastronomía, la música, las artes, las tradiciones populares y las festividades constituyen algunos de los principales atractivos para millones de visitantes en todo el mundo.
La República Dominicana posee condiciones excepcionales para consolidar un turismo cultural de mayor alcance, complementario al turismo de sol y playa que ha caracterizado el desarrollo del país durante las últimas décadas.
Ciudades históricas, monumentos, rutas patrimoniales, festivales, centros culturales, museos y manifestaciones artísticas ofrecen una riqueza que aún puede desarrollarse mucho más mediante una estrategia nacional que integre cultura, turismo y desarrollo local.
Del mismo modo, las industrias culturales y creativas representan un espacio privilegiado para estimular la innovación, generar empleo de calidad y fortalecer la proyección internacional de la producción artística dominicana.
Convertir la cultura en una Política de Estado significa reconocer que también constituye un factor de competitividad, innovación y desarrollo territorial.
No se trata únicamente de conservar el patrimonio.
Se trata de convertirlo en una fuente permanente de bienestar, oportunidades y desarrollo para las presentes y futuras generaciones.
Creo que estos cuatro apartados fortalecen considerablemente la argumentación del ensayo. Ya no se limitan a defender la cultura desde una perspectiva artística, sino que la presentan como un componente esencial de la democracia, la identidad, la economía y el desarrollo sostenible.
Cultura y cohesión social
La cultura posee una capacidad extraordinaria para unir aquello que, con frecuencia, la vida cotidiana tiende a separar.
En una sociedad marcada por diferencias económicas, sociales, territoriales y generacionales, la cultura crea espacios de encuentro, diálogo y reconocimiento mutuo. El teatro, la música, la literatura, las artes visuales, las fiestas populares, las tradiciones comunitarias y el patrimonio compartido fortalecen el sentido de pertenencia y contribuyen a construir ciudadanía.
Cuando una comunidad protege su patrimonio, organiza actividades culturales, rescata sus tradiciones o promueve la participación de niños y jóvenes en la vida artística, también fortalece la convivencia, previene la exclusión y crea oportunidades para el desarrollo humano.
La cultura no elimina por sí sola los problemas sociales, pero ayuda a construir comunidades más cohesionadas, más participativas y más conscientes de su responsabilidad colectiva.
Por ello, una Política Cultural de Estado debe reconocer la cultura como un instrumento permanente de inclusión social, convivencia democrática y fortalecimiento del tejido comunitario.
Cultura y proyección internacional
En el mundo contemporáneo, la imagen de un país ya no depende únicamente de su economía o de su política exterior.
También depende de su cultura.
La literatura, la música, el cine, el teatro, las artes visuales, la gastronomía, el patrimonio histórico y las industrias creativas constituyen hoy algunos de los principales instrumentos de proyección internacional de las naciones.
La cultura fortalece la llamada diplomacia cultural. Abre espacios de cooperación, favorece el intercambio académico y artístico, promueve el turismo y proyecta una imagen positiva del país en la comunidad internacional.
La República Dominicana posee una riqueza cultural ampliamente reconocida dentro y fuera del Caribe. Sin embargo, ese potencial aún no ha sido plenamente incorporado como parte de una estrategia permanente de desarrollo y posicionamiento internacional.
Una Política Cultural de Estado debe integrar la cultura a la política exterior del país, fortaleciendo la presencia internacional de nuestros creadores, promoviendo la circulación de nuestras expresiones artísticas y consolidando la imagen de la República Dominicana como una nación de extraordinaria riqueza cultural.
La diáspora como embajadora de la dominicanidad
En esa proyección internacional existe un actor insustituible: la diáspora dominicana.
Millones de compatriotas viven hoy fuera del territorio nacional, pero continúan construyendo dominicanidad allí donde residen.
Cada festival organizado por una comunidad dominicana, cada grupo folklórico, cada compañía de teatro, cada escritor, músico, artista plástico, investigador o gestor cultural que desarrolla su labor en el exterior constituye una expresión viva de la cultura nacional.
La diáspora ha dejado de ser únicamente una comunidad de emigrantes.
Se ha convertido en una extensión cultural de la República Dominicana.
En un puente permanente entre nuestro país y el mundo.
Una verdadera Política Cultural de Estado debe incorporar a la diáspora como un actor estratégico del Sistema Cultural Dominicano, promoviendo su participación en programas de intercambio, investigación, cooperación, circulación artística y preservación del patrimonio.
Pensar la cultura dominicana únicamente desde la geografía de la isla significa desconocer una parte esencial de nuestra realidad nacional.
La dominicanidad también se construye más allá de nuestras fronteras.
La necesidad de continuidad institucional
Quizá el mayor desafío que enfrenta la política cultural dominicana no consiste únicamente en ampliar presupuestos o crear nuevas instituciones.
Consiste, sobre todo, en garantizar continuidad.
Las políticas culturales requieren tiempo para producir resultados.
La formación de públicos, la educación artística, la investigación, la conservación del patrimonio, el fortalecimiento de museos, archivos y bibliotecas, así como el desarrollo de las industrias culturales, son procesos que trascienden ampliamente un período de gobierno.
Por ello, la República Dominicana necesita avanzar hacia una auténtica Política Cultural de Estado, sustentada en una visión de largo plazo, objetivos compartidos y mecanismos permanentes de evaluación y seguimiento.
Esa política deberá expresarse en un Plan Nacional de Cultura, capaz de orientar el desarrollo del sector durante las próximas décadas y de articular el trabajo del Estado con el conjunto del Sistema Cultural Dominicano.
Solo así será posible superar la improvisación, fortalecer las instituciones y garantizar que los avances alcanzados por una administración no desaparezcan con la siguiente.
La continuidad institucional constituye la condición indispensable para que la cultura deje de depender de las coyunturas políticas y se convierta, definitivamente, en una prioridad nacional.
Una reflexión para continuar el diálogo
A lo largo de estas páginas hemos intentado demostrar que la cultura no representa un ámbito secundario de la vida nacional.
Constituye uno de los fundamentos del desarrollo humano, de la educación, de la democracia, de la identidad, de la cohesión social, de la economía creativa y de la proyección internacional de la República Dominicana.
Por esa razón, convertir la cultura en una Política de Estado no responde a una aspiración exclusiva de artistas, escritores o gestores culturales.
Responde a un interés nacional.
Significa reconocer que el patrimonio cultural pertenece a toda la Nación y que su protección exige una visión compartida, instituciones sólidas y una alianza permanente entre el Estado y la sociedad.
La República Dominicana posee hoy todos los elementos para dar ese paso.
Tiene historia.
Tiene talento.
Tiene instituciones.
Tiene una sociedad civil comprometida.
Tiene universidades, academias, fundaciones, centros culturales y museos que han demostrado su capacidad para servir al país.
Tiene una diáspora que proyecta nuestra identidad en el mundo.
Y posee un patrimonio cuya riqueza constituye uno de sus mayores activos para el futuro.
Lo que hace falta es transformar esa realidad en un compromiso colectivo.
Porque las grandes transformaciones nacionales comienzan cuando una sociedad decide construir una visión compartida de futuro.
Esa es, precisamente, la tarea que abordare en la última parte de este ensayo: la construcción de un gran Pacto Nacional por la Cultura y el Patrimonio, capaz de convertir la corresponsabilidad entre el Estado y la sociedad en el principio rector de una nueva gobernanza cultural para la República Dominicana. Ese es el paso que puede convertir una ley en el punto de partida de una verdadera Política Cultural de Estado.
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