Hay un instante, apenas perceptible, como el temblor previo de una cuerda antes de vibrar, en que la palabra deja de ser instrumento y se convierte en umbral; allí comienza la poesía, no como simple adorno del decir, sino como una forma de conocimiento que no necesita demostrar, porque acontece. Sin embargo, desde ese mismo umbral, la filosofía observa, interroga, intenta nombrar lo que sucede, como si quisiera atrapar con redes de conceptos lo que en la poesía ya ha sido tocado desde dentro. De este modo se abre una tensión antigua y siempre renovada: ¿cómo es posible que desde la poesía se pueda transitar hacia la filosofía, como quien desciende de la música hacia la estructura anatómica del sonido; mientras que desde la filosofía no siempre se logra ascender hacia la poesía? ¿Qué hay en la sustancia misma de lo poético que le permite esa libertad de tránsito, esa capacidad de contener sin clausurar, de decir sin fijar, de revelar sin agotar?

La poesía no piensa en el sentido tradicional, pero no por ello deja de conocer; más bien conoce de otro modo, como si su forma de pensamiento fuese anterior al pensamiento mismo, como si en ella se preservara una memoria primigenia del contacto entre el Ser y su misterio. En la poesía, la palabra no describe: encarna. No señala: es. Y en ese Ser de la palabra, en esa coincidencia entre lo dicho y lo que acontece al decirlo, se abre una dimensión donde el sentido no se construye, sino que irradia. Por eso desde la poesía se puede caminar hacia la filosofía: porque ya contiene en sí una intuición de totalidad que el pensamiento conceptual apenas intenta reconstruir. La poesía no necesita llegar a la filosofía: la desborda, la antecede, la atraviesa… La filosofía, en cambio, nace del desgarramiento entre el sujeto y el mundo; es el intento de recomponer, mediante el pensamiento, una unidad que se ha perdido o que nunca fue plenamente poseída. Su herramienta es el concepto, su camino es la argumentación, su aspiración es la claridad. Pero en ese mismo gesto que la vuelve rigurosa, también la limita: al precisar, delimita; al definir, excluye; al explicar, a veces empobrece la riqueza ambigua de lo real. Por eso no siempre puede regresar a la poesía: porque ha sacrificado, en su búsqueda de precisión, esa zona de indeterminación fértil donde la poesía respira. La filosofía avanza por la luz; la poesía, en cambio, sabe ver en la penumbra.

Y en cuanto a tal, esta asimetría es extraña, casi paradójica, si se considera que la filosofía ha sido llamada la madre de todos los saberes. ¿Cómo puede la madre no reconocer del todo a una hija que, en cierto modo, parece más antigua que ella misma? Tal vez porque la poesía no es un saber entre otros, ni siquiera un saber en el sentido estricto, sino una forma de presencia, un modo de ser anterior a la razón. Mientras la filosofía pregunta “¿qué es?”, la poesía responde sin responder: muestra. Y en ese mostrar sin clausura, en esa revelación que no se agota en una fórmula, reside su poder. La poesía no organiza el mundo: lo hace vibrar… La esencial naturaleza de la poesía parece estar hecha de una materia distinta, o quizás más originaria: una materia donde lo racional y lo sensible no están separados, donde el pensamiento no ha sido todavía escindido de la emoción, donde el lenguaje no ha olvidado su raíz de canto, de estremecimiento. Es como si la poesía operara en una zona anterior a la división entre sujeto y objeto, donde conocer no es observar desde fuera, sino participar. En ese sentido, la poesía no “dice sobre” el mundo: ocurre con él, en él, como una resonancia, como el sonar de luz de campanas que se alejas pero que no terminan de irse. Y esa resonancia permite que quien la habita acceda a intuiciones que luego pueden ser pensadas filosóficamente, pero que en sí mismas no necesitan ser traducidas.

Podría decirse, en un gesto que roza lo taocuántico, que la poesía es onda y la filosofía es partícula: la primera se expande, se superpone, vibra en múltiples estados simultáneos; la segunda delimita, colapsa, fija una posición en el entramado del sentido. Pero así como en el misterio de lo cuántico la onda contiene la posibilidad de la partícula, la poesía contiene la posibilidad de la filosofía. No ocurre siempre al revés, porque el paso de la determinación a la indeterminación exige un desaprendizaje, una renuncia a la seguridad del concepto que no todo pensamiento está dispuesto a realizar. La poesía fluye; la filosofía, a veces, se aferra… Y no se trata aquí de mostrar que sean ellas  contrarias, sino de comprender su diferencia como una danza de aproximaciones: la poesía abre, la filosofía ordena; la poesía intuye, la filosofía esclarece; la poesía toca, se empina hacia su propia naturaleza, enamorada del oculto costado de su Ser; la filosofía interpreta, se dice a sí misma en fatigadas razones… Se trata de que hay momentos, raros, luminosos, en que ambas coinciden, en que el pensamiento se vuelve tan transparente que roza el canto, o en que el poema alcanza una densidad tal que se vuelve pensamiento puro sin dejar de ser música. En esos instantes, la distinción se desvanece, y lo que queda es una forma de conocimiento que es, a la vez, rigor y vuelo.

Quizás el enigma no esté en por qué la filosofía no siempre puede regresar a la poesía, sino en por qué, a pesar de ello, sigue intentando hacerlo. Hay en la filosofía una nostalgia de lo originario, una memoria de algo que se perdió en el camino del concepto. Esa nostalgia es, en el fondo, una forma de amor: amor por una verdad que no se deja encerrar del todo en definiciones, que pide ser también sentida, intuida, vivida. Y es allí donde la poesía reaparece, no como una mera decoración del pensamiento, sino como su horizonte… Así, la poesía no es simplemente un punto de partida hacia la filosofía, sino un campo en el que el pensamiento puede reencontrar su dimensión más viva… Entonces, si la filosofía es madre de los saberes, la poesía podría ser ese vientre más antiguo donde incluso la madre fue gestada: un espacio donde el lenguaje aún no se ha separado del Ser, donde la palabra no representa, sino que crea. Desde allí, todo pensamiento es posible; pero no todo pensamiento sabe volver.

Y tal vez, al final, la verdadera pregunta no sea cuál de las dos tiene primacía, sino qué estamos dispuestos a perder o a conservar cuando pensamos. Porque quien se instala únicamente en la filosofía corre el riesgo de olvidar el temblor que da origen a toda pregunta; y quien habita sólo la poesía puede perder la claridad que permite compartir ese temblor. Entre ambas, sin embargo, se extiende un puente invisible: el de la conciencia que no renuncia ni al asombro ni a la lucidez… De modo que la poesía, en su naturaleza esencial, no es un saber más, ni siquiera el más elevado, sino la condición de posibilidad de todo saber que no quiera volverse estéril. Y la filosofía, cuando es fiel a su impulso más profundo, no es sino el intento, siempre incompleto, siempre admirable, de pensar lo que la poesía ya ha rozado. En ese gesto, que es a la vez humildad y grandeza, se cifra su relación: una tensión que no se resuelve, porque en su irresolución misma late la verdad. Y es allí, en ese punto donde la palabra tiembla entre el decir y el callar, donde comprendemos, o más bien sentimos, que la poesía no conduce a la filosofía como un camino conduce a un destino, sino como la luz conduce a la visión: haciéndola posible sin jamás agotarse en ella.

Digamos ahora, en términos naturales a la taocuántica, que algo fuera de la rutinaria razón ocurre en la anatomía oculta del oficiante de la poesía: una suerte de respiración translúcida se abre detrás de los umbrales de la conciencia y permite que las cosas abandonen sus nombres para regresar a sus pulsaciones primeras. Allí, en esa zona donde el pensamiento ya no se desplaza como mecanismo sino como reverberación sensible, la mirada del poeta comienza a ahondarse hacia la esencialidad de todo cuanto le apela. No mira únicamente la forma del mundo: escucha la vibración silenciosa que sostiene a la forma, la frecuencia intacta donde el Ser todavía no ha sido fragmentado por el lenguaje utilitario de los mercaderes de la palabra ni por la costumbre de lo visible. La poesía activa entonces una percepción de naturaleza taocuántica: un entrelazamiento sin violencia entre conciencia y realidad, entre la respiración interior y la arquitectura secreta de cuanto existe.

Acaso la poesía sea el saber primero, pero no desde el asombro, sino desde una empatía primordial que reconoce en cada fragmento del universo una continuidad del propio resplandor interior. Por eso el poeta no se aproxima a las cosas como quien observa un objeto separado, sino como quien entra en correspondencia vibratoria con una presencia que también lo piensa desde adentro. Hay una alta frecuencia del Ser que únicamente puede percibirse cuando la conciencia desciende hacia su levedad originaria, y es allí donde la belleza deja de ser solo visual para revelarse como el fulgor mismo de la Realidad Pura. Toda verdadera poesía pareciera surgir de esa iluminación secreta: una abertura en la materia del lenguaje por donde el universo recuerda, aunque sea por un instante, su unidad perdida… Y entonces ocurre que el tiempo mismo modifica su  pulsación dentro del oficiante de la palabra sagrada. El tiempo deja de avanzar como secuencia y comienza a desplegarse como profundidad. Cada símbolo, cada imagen, cada fulgor verbal, abre instantáneos corredores en los estratos de la conciencia, como si el lenguaje poético poseyera la capacidad de disolver las capas endurecidas de la percepción ordinaria. El poeta entra así en una región donde las cosas ya no aparecen sometidas a la separación, sino suspendidas en una red de correlatos luminosos: el agua piensa en la piedra, la sombra prolonga el sueño del árbol, y la mirada humana descubre que también el silencio posee raíces y mareas interiores.

En la poética taocuántica, el poema no nace solamente de la inteligencia ni de la emoción, sino de una sincronía profunda entre las encimadas frecuencias del universo y los planos más sutiles de la conciencia, lo que hace posible incluso la percepción no local. Hay un instante en que el lenguaje deja de pertenecerle al poeta y comienza a ser atravesado por algo anterior a toda voluntad: una corriente de revelación que no desciende desde arriba ni emerge desde abajo, sino que vibra en el centro mismo de todas las cosas. Por eso ciertos versos producen la sensación de haber sido recordados más que escritos; como si procedieran de una memoria primordial que antecede incluso a la historia de la especie y permaneciera latiendo en los intersticios del Ser… Quizás por ello la poesía sea una de las últimas formas de conocimiento capaces de devolverle profundidad ontológica a la existencia. Allí donde la razón fragmenta para comprender, la poesía entrelaza para revelar. Y en ese entrelazamiento, su oficiante  alcanza a percibir que toda realidad visible es apenas la epidermis de una vastedad más luminosa. El universo entero pareciera hallarse pronunciándose continuamente a sí mismo a través de símbolos, transparencias y vibraciones frecuenciadas más allá de los límites de los sentidos ordinarios; y sólo quien se ha empalmado con esa mirada interior mediante la sensibilidad poética consigue escuchar el resplandor que las cosas emiten antes de convertirse en lo que se les revela a los profanos como dato sensorial en la percepción local de las miradas iguales.

En definitiva, ambas: la filosofía y la poesía auténtica son formas de indagación del Ser. No son estas territorios separados, sino dos movimientos complementarios de la conciencia frente al misterio de la existencia. La filosofía busca esclarecer mediante conceptos; la segunda, mediante la imagen, el símbolo, el ritmo y la intuición. Ambas nacen de una misma herida luminosa. Desde los presocráticos hasta la modernidad, pensar y poetizar han sido maneras distintas de tocar lo esencial: la filosofía necesita de la potencia imaginativa del lenguaje para aproximarse a lo indecible; la poesía, contiene una visión del mundo intuida, una metafísica implícita. Ambas intentan atravesar la apariencia de las cosas para alcanzar una verdad más honda: la filosofía desciende con lámparas hacia las galerías del sentido; la poesía va descalza y escucha el temblor de lo innombrable. La filosofía busca las razones y la poesía descubre la presencia: las razones argumentan, las presencias testimonian… La filosofía es algo que hacemos; y la poesía, algo que nos ocurre.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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