Plinio Chahín navega como pez en el agua entre el arte y la literatura, lo estético y lo filosófico. Su prosa representa un puente colgante –o flotante– entre el ensayo y la crítica, mientras que su estilo lo vincula a la poesía y al pensamiento. Chahín lee con placer y sin prejuicio, y escribe con garras y desenfado. Leer es, para él, un arte: una ética de vida y una pasión existencial, que nace de su afán libresco y de su sed de saber. Busca, con sus ideas, no explicar el mundo sino interrogarlo. Ni comprenderlo ni transformarlo –como pedía Marx. Los ensayos críticos en Chahín son una tentativa sensible por leer el mundo desde los libros, que disfruta. Y de preguntarse a interrogarse no para explicar la naturaleza y los fenómenos sociales, sino para transformar su propia sensibilidad letrada, desgarrada y lúdica, que navega entre la imaginación y el temblor de la razón. En sus textos, Chahín se confiesa como si hiciera un testamento de su ser, embelesado por los misterios y los enigmas del mundo.
Sabe que el ejercicio intelectual de pensar es una tarea titánica y desgarradora por auscultar la esencia de las ideas y el intelecto, desde su memoria letrada y su conciencia ética de lector, sin fronteras tangibles. Sabe que el ejercicio del pensamiento significa “tantear en la penumbra”, como dice él mismo en el prólogo al libro (que presentamos hoy, en el marco de la Feria Internacional del Libro, y bajo el sello editorial Huerga & Fierro, en su colección La Rama Dorada).
En sus escritos críticos se desnuda y se confiesa desde la luz de la palabra para iluminar las zonas de oscuridad del espíritu. Aspira como vocación, no a la sabiduría ni a la erudición, sino a la concepción ética de que todo “saber es provisional”. Escribe y piensa para leer lo cotidiano y lo presente, desde la óptica sensible del poeta-pensador, sin pretensión de fundar sistemas de pensamiento. Ni de instalar una ideología teórica de las que buscan formar capillas, o una religión laica sin iglesia. Emplea el ensayo literario como método o forma de vehicular sus reflexiones teóricas sobre la pintura, la literatura y el arte. Habla de poetas y artistas, de autores y textos, de la nación y la patria, del libro y la tecnología, de las identidades y del ser, y de la red (o de las redes sociales) y del mundo digital o virtual.
Plinio Chahín prefiere “leer el presente” desde una mirada poética, filosófica y sensible sobre las cuestiones del ser y del lenguaje humano. En sus disquisiciones teóricas dialoga con el pasado y la memoria como espejo para mirar el presente continuo, cambiante, móvil y vertiginoso. Así pues, no solo vive sumergido en los libros, sino que levanta la mirada para observar el fluir de la vida presente y el devenir de las leyes cotidianas de la sociedad. O, más bien, levanta la cabeza para pensar lo leído y para hacer que las ideas germinen en su mente, como hacen las aves cuando beben el agua de una fuente o de un río. Pero no solo bucea en las obras de los autores del pasado clásico mundial, sino que usa su cultura letrada y sedimentada en el pensamiento clásico y moderno, para pensar nuestra cultura, y a nuestros escritores.
Es así un escritor-intelectual, que habita la contemporaneidad sin desentenderse de la antigüedad. Construye puentes imaginarios entre lo antiguo y lo actual para mostrarnos una mirada sobre las tecnologías de la información y la comunicación, desde una filosofía de la tecnología: el mundo virtual y digital, frente a la cultura y el saber, que metaboliza el transcurso del tiempo sagrado y profano. De ese modo, tiene la sensibilidad de ocuparse tanto de un escritor clásico como actual y de un autor dominicano como hispanoamericano. O de un autor consagrado como de un emergente, con apertura estética y sensibilidad plural. En esa aventura crítica no jerarquiza ni canoniza: Chahín pone lo propio y lo foráneo, lo nacional y lo extranjero a dialogar, en una correspondencia conjuntiva de lectura e influencia. Esa reflexión la hace siempre desde la admiración, el buen gusto, el olfato o el ojo crítico y la lucidez teórica.
Su prosa ensayística, en otro orden, funciona como una caja de resonancia en la que rompe el espíritu de sistema para apuntar a textos que funcionan con un ritmo impulsado solo por la pasión. Los textos de este grueso volumen de ensayo (de 494 páginas) corresponden a una órbita o esfera que oscila en el territorio entre la filosofía, la sociología y la estética.
Chahín piensa lo cotidiano y lo moral, a partir de una experiencia sensible del lenguaje y la palabra: imagen y palabra, en efecto, se imbrican al aproximarse a un cuadro de pintura o a un libro. Así pues, nuestro poeta emplea la escritura como ejercicio de pensar críticamente las artes visuales y las obras literarias. Argumenta, a la vez, sobre pintores y poetas, filósofos y escritores desde una sensibilidad teórica, y desde una práctica de pensamiento reflexivo. La filosofía le sirve aquí de vía de acceso al análisis e interpretación de obras de artes plásticas y literarias. Para Chahín, “la pintura es un pensamiento silencioso”, que hermana, en este texto ensayístico, al teórico literario y de artes con el crítico de artes y de literatura. De ese modo, nos revela al ensayista que piensa y duda, y que tiende, por tanto, a divagar en sus interpretaciones críticas, como buen cultor del ensayismo personal y moral.
El poeta y ensayista Chahín no escribe desde el púlpito ni desde el altar sagrado; tampoco desde la cátedra académica. No practica tampoco, de ningún modo, el terrorismo de la cátedra, pese a su formación académica, sino que está consciente de que “gris es toda teoría” (como dice Goethe en el Fausto). Y de que las ideologías estéticas, lingüísticas o literarias mueren o pasan de moda, excepto la creación artística y literaria. Como poeta, sabe que sólo permanecen la sensibilidad y la imaginación como fuentes creativas de la escritura. Está consciente, asimismo, de que la práctica intelectual es un ejercicio de soledad, que no persigue consenso ni persuasión, urbis et orbis, sino que es una puesta en circulación de ideas, imágenes y símbolos sin pretensión de eternidad ni de pontificar en un oasis, en un erial o en un páramo cultural.
Este libro se lee –insisto– como el resultado de la reunión de una serie de artículos y ensayos teóricos y críticos de una tesonera y ardua aventura del intelecto.
Sin saber nada. Sobre literatura y arte (Huerga & Fierro, Madrid, 2026) es, pues, un elogio al arte de pensar, a sabiendas de que, como Sócrates, sólo sabemos que no sabemos nada. O que para llegar al saber –o a la sabiduría—lo hacemos del no-saber, de la ignorancia o la duda, porque nunca alcanzaremos el saber pleno, total o infinito. Chahín escribe y piensa bajo el signo de la duda (como Descartes), y bajo el imperativo ético de que somos criaturas, que no sabemos nada ante la inmensidad y la inconmensurabilidad del mundo. Así, la búsqueda del saber deviene en un encuentro con la nada y el vacío. No hay, en el fondo, una meta sino una aventura. Tampoco certezas porque vivimos en el reino de las incertezas. Sabemos que no sabemos nada de la totalidad del infinito: ni del pasado ni del presente y ni del futuro.
Esta obra abre una discusión infinita: no se cierra ni la cierra Chahín. No clausura el discurso; tampoco es un diálogo; ni son las respuestas a las preguntas del ser, el tiempo, el mundo, el universo, la vida y la muerte. No pretende fundar una filosofía ni una crítica. Ni enseñar a pensar. Apenas postula una forma sensible, teórica y crítica de los fenómenos del arte y la poesía, las ideas y las letras. Piensa y escribe como una forma ética de estar en el mundo y saberse consciente de su espacio en el tiempo personal, comunitario y universal. Sabe que este mundo de incertezas depara en un diálogo de sordos y que las certidumbres del pensamiento se disuelven como “todo lo sólido que se desvanece en el aire”, como reza el Manifiesto comunista de 1844, de Marx y Engels.
Plinio Chahín solo tiene fe en la escritura ante las incertezas de las religiones, las ideologías y las utopías sociales. Escribe en silencio para combatir al silencio: piensa en secreto para disipar el tedio y la angustia existencial de la vida cotidiana. Y escribe y publica para enfrentar las palabras con el silencio. De esa comunión entrañable entre palabra y silencio, pensamiento y escritura brota el sueño de su ideal estético, de su ética de escritor, su moral letrada y su poética de libre pensador. Es decir, de bien pensante, como estrategia intelectual y actitud ante su oficio y su palabra de escritor. Su voz representa un lenguaje que enfrenta un duelo con el arte de callar. Escribe, en suma, en voz secreta, no en alta voz, para no hacer ruido desde la experiencia de su soledad metafísica. De ese modo, el acto de meditar se convierte en rebeldía y la acción de pensar, en desobediencia. Así pues, la escritura como ejercicio, en Chahín, se vuelve destino y carácter.
En esta obra, Chahín aborda temas, ideas, conceptos y aspectos vinculados a su temperamento, carácter y personalidad intelectual y literaria. Es decir, la palabra, el autor, el texto, el libro, el lector, lo digital y las redes sociales, las identidades culturales, la poesía, los géneros literarios, el placer de escribir y de leer, la crítica literaria, el canon literario, el ensayo literario, la novela histórica, la Navidad, el saber, Dios, el ser, la atención, la Biblia, el arte dominicano, la crítica de arte dominicano, la estética o el arte contemporáneo y las bienales. También confluyen, en su imaginario e intereses estéticos y literarios, escritores, poetas y filósofos, dominicanos y extranjeros, sobre los cuales se ocupa de sus obras o de sus ideas o pensamiento.
Aquí descuella un mosaico de figuras como José Mármol, Soledad Álvarez, Pedro Henríquez Ureña, Antonio Fernández Spencer, Carlos Rodríguez, León Félix Batista, Marcio Veloz Maggiolo, Luis Reynaldo Pérez, Rita Indiana, Junot Díaz, René del Risco, Manuel del Cabral, Pedro Antonio Valdez, Ramón Marrero Aristy, Leo Silverio, Amable Mejía, Marino Berigüete, René Rodríguez Soriano, Mateo Morrison, José Rafael Lantigua, Tiberio Castellanos, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Pere Gimferrer, Saint John Perse, Mario Vargas Llosa, Irene Vallejo, Emir Cioran o Jesucristo. O pintores dominicanos, vistos desde la crítica de arte, como Ramón Oviedo, Jaime Colson, Julián Amado, Geo Ripley o Vladimir Velázquez. Es decir, en esta obra, Chahín despliega sus conocimientos de teoría literaria y de artes plásticas, así como de crítica de arte y literatura, apelando a su cultura filosófica, estética y literaria.
Este libro, en síntesis, representa una larga propuesta que no concluye con su palabra final, ya que no existe, pues esta termina con la muerte del autor, que sigue hablando, inquiriendo y preguntando, sin esperar respuesta posible, y cuya respuesta siempre se queda en el silencio de la página, es decir, en el aire de los tiempos.
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