La filosofía nació como una crítica del pensamiento sumiso, entendido como forma de pensar que acepta creencias, normas, costumbres y explicaciones sin interrogarlas ni exigirles razones. Desde Sócrates, cuya práctica consistía en examinar a fondo las opiniones de su tiempo, la filosofía se orienta a combatir la pasividad intelectual y la aceptación automática del orden social establecido.

El pensamiento sumiso es un modo de pensar acrítico, obediente, que rehúye la duda y se adapta sin resistencia a las ideas heredadas; frente a él, la filosofía se afirma como un ejercicio de libertad que busca despertar la reflexión, desarmar los prejuicios y abrir camino a la comprensión auténtica.

La filosofía es, ante todo, una invitación a producir conocimiento nuevo, no simplemente a repetirlo. Nos guía en la aventura de filosofar a través de aquellos pensadores que han inventado su propio modo de pensar, y nos enseña a vivir sin santos ni altares, es decir, sin dogmas.

Hoy enfrentamos un fenómeno singular: millones de ciberdiscursos, es decir, narrativas que se generan y circulan en el entorno digital, producidos tanto por la inteligencia del sujeto cibernético, ya sea en forma de opinión o de conferencia, o por la propia IA que lo produce y dicho sujeto lo repite en diferente formato: videos, historietas o reels. En esta dinámica, el sujeto se entrelaza con la enunciación algorítmica hasta volverse inseparable de la mediación virtual que lo acompaña, de modo que cada mensaje que circula lleva inscrita la marca del dispositivo que lo procesa y transforma.

Muchos de estos materiales repiten y vulgarizan las filosofías de los estoicos, Platón, Aristóteles, Marx, Nietzsche, entre otros pensadores. Una parte de ellos puede ser útil y válida para el estudio, como recordatorio o como punto de partida para un análisis epistemológico; incluso pueden contribuir a una epistemología digital crítica en la medida en que recuperan el espíritu socrático: cuestionar, interrogar, poner en duda.

Sin embargo, cuando estos discursos se limitan a reproducir conceptos sin ampliar perspectivas, sin problematizar el presente ni generar nuevas preguntas, dejan de aportar conocimiento. En lugar de abrir caminos, se detienen en la mera repetición de lo ya establecido. Y la filosofía, precisamente, exige lo contrario: inventar modos nuevos de pensar, transformar la herencia recibida y resistir la tentación de convertir el saber en dogma o mercancía audiovisual.

Dussel, en el texto El humanismo helénico (2012), enfatiza que lo fundamental en el filosofar de Sócrates está en su actitud crítica y cuestionadora frente a su sociedad. Él no se conforma con las respuestas dadas por la tradición o la autoridad política de Atenas; más bien, interroga constantemente los fundamentos de la moral, la justicia y la verdad. Su práctica del diálogo (la mayéutica) es una forma de crítica permanente, de cuestionar para despertar la conciencia racional y ética del ser humano:

El punto de partida de la tradición socrática ha sido la invención propia, no sólo de la conciencia, sino también de la existencia concreta de Sócrates. De este no podemos decir con certeza que haya dicho algo, pero sí podemos certificar, y es lo esencial, que tenía confianza en la existencia de la razón, de la verdad, del «núcleo ético-mítico» de la cultura griega (Dussel, 2012, p.116).

El discurso filosófico de Dussel no excluye a Sócrates, sino que lo reinterpreta críticamente, reconociendo en él su espíritu cuestionador, su constante búsqueda de la verdad y su profunda ética del diálogo como fundamentos valiosos del pensamiento filosófico. Sin embargo, advierte que el humanismo helénico derivado de esa tradición se transformó en una visión excluyente y eurocéntrica, al imponer su modelo de razón y humanidad como universal, negando así otras formas de pensar, sentir y vivir presentes en culturas no europeas.

En una línea, afín, Han, en su discurso ceremonial al recibir el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades (25/10/2025), se sitúa dentro de la tradición socrática, aquella que busca despertar, irritar e incomodar. Al compararse con Sócrates, considerado el tábano de Atenas por su empeño en aguijonear la conciencia adormecida de su tiempo, reivindica la función del pensamiento crítico como una fuerza que despierta la conciencia adormecida de su tiempo, mostrando así que el legado socrático sigue vivo como ejercicio de resistencia frente a la pasividad contemporánea:

“En la Apología, el famoso diálogo de Platón, cuando Sócrates expone su propia defensa después de haber sido condenado a muerte, explica cuál es la misión del filósofo. La función del filósofo consistiría en agitar a los atenienses y despertarlos, en criticarlos, irritarlos y recriminarlos, igual que un tábano pica y excita a un noble caballo cuya propia corpulencia lo vuelve pasivo, y así lo espolea y estimula. Sócrates compara a ese caballo con Atenas” (Han, 2025, párr. 1).

Hace un tiempo me referí a este enfoque socrático abordado por Platón en el texto La Apología de Sócrates, en la que el filósofo es ese ser que incomoda al poder y despierta al dormido. Sócrates se comparó con un tábano, una gran mosca que pica a un caballo noble pero adormecido, para explicar su papel dentro de la sociedad ateniense: “un corcel fuerte y generoso, pero tardo de puro grande y que necesita de un acicate que lo excite y aguijonee” (Platón, 1986, p. 58); “con necesidad de ser aguijado por una especie de tábano” (Platón, 2004, p. 52). Su propósito era mantener despierta a la ciudad, impedir su adormecimiento moral y político (ver: Merejo, 29/06/2025: https://acento.com.do/opinion/el-intelectual-light-del-cibermundo-2-de-2-9517007.html).

Tanto Dussel como Han, desde épocas y contextos distintos, compartieron el gesto socrático del tábano: despertar al dormido, incomodar al satisfecho, herir al poder. Sin embargo, las condiciones de esa incomodidad fueron diferentes. Dussel pensó desde el Sur herido, donde filosofar era un acto de peligro bajo regímenes autoritarios; Han escribe desde el Norte democrático, donde la crítica se tolera y se premia como parte del espectáculo cultural. A Dussel lo exilió la dictadura; a Han lo celebra la democracia. Pero esa diferencia no significa que el segundo viva en libertad: su denuncia apunta a una nueva forma de esclavitud, la de la autoexplotación y la docilidad disfrazada de autonomía. Allí donde Dussel enfrentó el látigo, Han enfrenta la imagen que lo interpela. Y es que nadie escapa al cibermundo ese régimen digital que Han describe como sistema que nos captura y modela.

Dussel (2012), sostuvo que la filosofía no brota del sosiego, sino del dolor que atraviesa la historia. Su pensamiento se forjó al filo del exilio, en medio de la represión y la injusticia que marcaron a América Latina. La razón, en él, no fue un ejercicio neutral, sino una práctica encarnada, atravesada por el sufrimiento del otro. Su oficio fue pensar en el otro.

Han, desde otro horizonte, también sostiene que la filosofía es un pensar del dolor. En La sociedad paliativa (2021) afirma: “Solo las verdades duelen. Toda verdad es dolorosa (…) Así que, sin dolor, somos ciegos, incapaces de ver la verdad y de conocer” (p. 49). El cibermundo, atravesado por un dolor físico y moral eclipsado, se vuelve incapaz de conflicto y de profundidad ética. El sujeto cibernético se anestesia para no enfrentar su propia fragilidad y, en ese gesto, pierde también la posibilidad de sentido, de resistencia y de una libertad auténtica.

Han, en su discurso de marras (2025), dice que sus escritos: (…) “son una denuncia, en ocasiones muy enérgica, contra la sociedad actual. No son pocas las personas a las que mi crítica cultural ha irritado, como aquel tábano socrático que picaba y estimulaba al caballo pasivo” (Han,2025). Su oficio de pensar estremece el mundo cibernético que vivimos.

Ambos, Dussel y Han, parten de la misma convicción: la filosofía no es un refugio, sino una herida abierta en el cuerpo; dolor moral y físico, historia, contingencia y existencia, todo un filosofar de lo transido.

Desde lo transido, el filósofo comprende que es en la experiencia del abatimiento y del dolor donde se forja el acto de filosofar, y no en la pseudoexperiencia de lo virtual, que puede ofrecer información y conocimiento explícito, pero no sabiduría. Esta se manifiesta en el ejercicio de reflexionar sobre lo ya sabido, explorando zonas en las que otros no han pensado y asumiendo el oficio de pensar no para repetir conocimiento, sino para crear uno nuevo.

Pensar estremece e irrita; Spinoza (1990) lo comprendió y lo padeció, pues hacer del pensamiento un destino es también asumirlo como condena. En ese contexto, pensar sigue siendo un acto de resistencia, semejante al tábano socrático que irrita a la ignorancia y despierta el filosofar más allá de impartir docencia de filosofía.

. Dussel y Han reconocen que pensar sigue siendo un acto peligroso, aunque el peligro haya cambiado de rostro. En el primero, el riesgo fue literal: represión, persecución, exilio; en el segundo, es simbólico: el pensamiento convertido en mercancía y la crítica reducida a moda. Cuando Han afirma “afortunadamente no me han condenado a muerte, sino que hoy soy honrado con este bellísimo premio” (2025), señala sin ironía que la democracia posmoderna ya no mata al filósofo: lo domestica. Lo que antes se suprimía con violencia ahora se neutraliza con elogio.

Dussel habría comprendido bien ese gesto. Su filosofía de la liberación no buscó honores, sino transformación. Han, al reconocerse como tábano socrático, asumió la misma función, pero en otro escenario: el de una sociedad saturada de positividad, que necesita ser irritada para volver a pensar.

El tránsito de Dussel a Han revela una mutación histórica: del filósofo perseguido al filósofo premiado, del peligro físico al peligro simbólico. En la dictadura, el pensamiento crítico era una amenaza que debía ser eliminada; en el cibermundo y la democracia neoliberal, es un producto que puede ser celebrado sin consecuencias. Pero en ambos casos, el sistema se protege de la transformación real. A Dussel lo intentaron silenciar con el exilio; a Han lo intentan silenciar con el aplauso. La diferencia es solo de método: la violencia directa de la represión frente a la violencia blanda de la integración.

El pensamiento de Dussel aparece como antecedente ético del de Han: ambos se negaron a ser complacientes con su tiempo. Dussel habló desde la herida colonial y la injusticia del poder, mientras que Han lo hace desde la herida psíquica del sujeto neoliberal. El primero denunció un dominio que oprime desde el mundo; el segundo, una dominación que opera desde el cibermundo. Dussel buscó la liberación del pueblo; Han busca liberar al sujeto agotado. Dussel clamó por justicia y Han clama por sentido, por una vuelta a la narración (2023), que para él se ha esfumado. Ambos, sin embargo, coinciden en que el pensamiento verdadero debe irritar y liberar a la vez.

Pensar lo transido en estos tiempos no cuesta la vida en la democracia occidental. Han lo reconoce, aunque percibe el premio no como un triunfo del pensamiento, más bien como su neutralización. Dussel entendió que pensar era poner el cuerpo y arriesgarlo; Han sabe que ahora se arriesga menos, pero también se transforma menos. Sin embargo, ambos conservan el mismo llamado: mantener viva la herida del pensamiento.

Pensar desde lo transido, de Dussel a Han, es reconocer que la herida sigue abierta, aunque cambie su rostro. Saber esto implica reconocer que tanto en dictadura como en democracia el peligro es el mismo, que pensar deje de doler. Si el tábano deja de picar, el caballo vuelve a dormirse; y si la filosofía deja de incomodar, el mundo y el cibermundo como híbrido planetario pierde la capacidad de transformarse y de imaginar otros modos de existir.

Por eso, como advierte Han, recordando a Sócrates, “si no hay irritaciones, lo único que sucede es que siempre se repite lo mismo, y eso imposibilita el futuro” (Han, 2025). Dussel lo habría dicho en otras palabras: sin dolor, no hay liberación. Ambos nos recuerdan que solo el pensamiento que duele despierta; y solo el pensamiento que irrita, libera.

Ya Nietzsche en su obra La gaya ciencia (2014), sitúa el dolor y el sufrimiento en el ámbito de la existencia y la autocomprensión. Él sostiene que el dolor profundo tiene el potencial de liberarnos y desafiar nuestras creencias y comodidades, llevando a una transformación significativa. Al afirmar que "solo el gran dolor es el liberador último del espíritu"(p.720), Nietzsche invita a pensar que el sufrimiento puede actuar como un catalizador para el autodescubrimiento, impulsándonos a confrontar nuestro ser más auténtico. Además, su reflexión sobre cómo este dolor nos obliga a despojarnos de "toda confianza" y "medianía" (ibid.), resalta la idea de que, a través de la lucha con el sufrimiento, podemos alcanzar una mayor profundidad y comprensión de nuestra humanidad.

Pensar en lo transido va desde hace tiempo por la línea filosófica de Nietzsche y su enfoque sobre la resistencia inherente al ser humano frente al sufrimiento, mostrando que, a pesar del dolor, existe una fuerza de voluntad y un aguijón socrático que puede manifestarse en medio de las adversidades.

Andrés Merejo

Filósofo

PhD en Filosofía. Especialista en Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Premio Nacional de ensayo científico (2014). Profesor del Año de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).. En 2015, fue designado Embajador Literario en el Día del Desfile Dominicano, de la ciudad de Nueva York. Autor de varias obras: La vida Americana en el siglo XXI (1998), Cuentos en NY (2002), Conversaciones en el Lago (2005), El ciberespacio en la Internet en la República Dominicana (2007), Hackers y Filosofía de la ciberpolítica (2012). La era del cibermundo (2015). La dominicanidad transida: entre lo real y virtual (2017). Filosofía para tiempos transidos y cibernéticos (2023). Cibermundo transido: Enredo gris de pospandemia, guerra y ciberguerra (2023). Fundador del Instituto Dominicano de Investigación de la Ciberesfera (INDOIC). Director del Observatorio de las Humanidades Digitales de la UASD (2015). Miembro de la Sociedad Dominicana de Inteligencia Artificial (SODIA). Director de fomento y difusión de la Ciencia y la Tecnología, del Ministerio de Educación Superior Ciencia y Tecnología (MESCyT).

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