Influido por mi amigo Franklin Gutiérrez –escritor, investigador y practicante del turismo funerario–, cuando estuve por primera vez París, en 2015, visité el cementerio Pere Lachaise, en una especie de fetichismo no cabalístico sino literario. Se trata de un museo al aire libre, el más grande del mundo, construido por Napoleón, en 1804, conformado por monumentos, panteones, lápidas, tumbas y mausoleos. Su nombre se debe a François Lachaise, y en su camposanto, los primeros hombres ilustres allí sepultados fueron Moliere, Pascal y La Fontaine. Es un cementerio- jardín, conformado por bosques, árboles, aves (cuervos y zorros) y ardillas, donde parece que el tiempo se ha congelado en su naturaleza. Compuesto por más de 70 mil tumbas y más de 140 especies animales es, además, el lugar donde se encuentra la famosa tumba de Oscar Wilde, quien murió en el año 1900. Hubo que colocarle un vidrio a su alrededor para protegerla de las agresiones de los fans de la comunidad LGBTQ+, quienes besan sus paredes, estampan sus pintalabios color rojo, hacen dibujos, pintan corazones y colocan flores. Posee una estatua alada de tipo asirio. Otra tumba célebre es la de Edith Piaf, la “alondra de París”, muerta a los 47 años. También se puede ver, un tanto abandonada,  la de Chopin, muerto en 1849. Tiene la particularidad de que fue enterrado su cuerpo, mas no su corazón, pues por deseo suyo y la promesa de su hermana, esta decidió que fuera sepultado clandestinamente en Varsovia, Polonia, su patria de origen. De modo que el corazón de Chopin está en Varsovia y el cuerpo en París, dice una leyenda muy romántica.

Pere Lachaise tiene su horario, por lo que, a la hora de salida, tocan varias veces un timbre para indicar el cierre de la jornada. Me correspondió, cuando estuve con un amigo francés y su hijo, salir raudo, pues ya caía la noche. En la entrada hay un croquis o mapa que sirve de guía de ubicación de cada tumba de una persona famosa. En 1914, se construyó un mural con los nombres de los muertos caídos durante la guerra. También hay un monumento (o grupo escultórico) en homenaje a los torturados y muertos en el llamado Muros de los Condenados. Asimismo, un monumento conmemorativo a los judíos muertos en los campos de concentración, durante la Segunda Guerra Mundial. Igualmente, podemos contemplar otros grupos escultóricos expresionistas, construidos en 1871, durante la Comuna de París, donde se erigió un muro en el lugar donde fueron fusilados y enterrados allí decenas de prisioneros. Estas tumbas y mausoleos constituyen, pues, un patrimonio funerario de invaluable valor histórico.

Otras de las tumbas más visitadas es la de Jim Morrison, cuya estatua hace varios años fue robada y se dejó sin ella. Es visitada por miles de sus fans, quienes le hacen culto y le dejan flores, y sobre la cual se han tejido múltiples leyendas de apariciones.

A Pere Lachaise, para poderlo recorrer sin perderse (yo me perdí durante media hora) se usa un GPS y un código QR para transitar por sus calles empedradas, bajo el silencio de las tumbas, en la paz eterna de sus difuntos. Se puede visitar además el tenebroso edificio del crematorio y el sótano (al que no fui cuando estuve en 2015).

Cementerio Pere Lachaise.

Otra tumba es la del célebre mausoleo de la condesa Elizabeth Alexandrovna Strogonoff (o baronesa Demidoff), que murió a los 23 años, en el año 1818. Sobre ella existe la leyenda urbana de que dejó una enorme fortuna a la primera persona, que sea capaz de pasarse un año velándola dentro de su bóveda interior. Se dice que algunos lo intentaron, pero ninguno pudo sobrevivir o quedar cuerdo. Así pues, en esta necrópolis, hay una leyenda maldita, que se pierde entre el mito, la memoria y la historia. Existe la creencia de que la condesa dejó un testamento notarial, en el que dice que legó su fortuna, valorada en dos millones de rublos, para quien tuviera el coraje de amanecer junto a su sepulcro durante un año. Según algunos rumores, los intrépidos que lo intentaron perdieron la razón.

De igual modo, existe otra tumba muy popular que posee la estatua sedente del joven que murió en un duelo a los 21 años, y que las mujeres y los hombres suelen  tocar la parte de sus genitales. Hubo que protegerla, por tal motivo, de sus profanadores. Se trata de un joven periodista y escritor, que murió en un duelo, de un disparo en la víspera de su boda, y cuyo nombre era Víctor Noir. En un intento por mediar en una disputa, entre su jefe y redactor del diario La Maseillaise y un primo de Napoleón III, éste terminó matando a Noir. Fue sepultado en el cementerio de Neulilly, pero luego fue trasladado al Pere Lachaise. El escultor que esculpió su estatua conmemorativa, Amedee-Jules Dalou, la representó tal y como quedó en el instante de su muerte, es decir, tumbado boca arriba y con una fuerte erección, visible bajo su pantalón. Se tejió la leyenda urbana y la creencia en París, de que besar, frotar o rozar su bragueta,  garantiza la fertilidad de las mujeres que lo tocan. Como resultado de la acción de la mano femenina, el bronce de esa parte de su cuerpo ha perdido brillo, producto de las constantes frotaciones.

Cementerio Pere Lachaise.

La historia más conmovedora y romántica sobre este histórico  cementerio está referida al mito –o leyenda– de Heloísa y Abelardo. Su historia se emparenta a la de Romeo y Julieta del amor trágico y romántico. Heloísa y Abelardo representan una mítica pareja de amantes del Medioevo. Su historia de amor fascina y atrae. Llamados los “amantes de las estrellas”, su leyenda encanta y ha alimentado la imaginación humana y la fantasía de la creación. Su historia de amor se remonta a principios del siglo XII, durante el reinado de Luis VI. Pierre Abelard era un intelectual y profesor de teología y filosofía en la cátedra de Notre Dame. Fulberto, el canónigo, le encomienda la misión de la educación de su sobrina Heloísa, pero se enamoran locamente (ella con 17 años y él con 36). Heloísa sale embarazada de Abelardo y se retira a vivir a Bretaña. De la pareja nace su hijo al que llamaron Astrolabio. Se casan en secreto. El tío de Heloísa, Fulbert, se opone a la boda y ordenó castrar a Abelardo, lo cual provoca que Heloísa se refugie en un convento y que Abelardo se haga monje. La relación continuó, pero a través de cartas de amor, sin volverse a ver jamás, pese a que siguieron fieles. Antes de morir, Heloísa pidió, en su testamento, ser enterrada  junto a Abelardo, quien había fallecido veinte años antes. La leyenda relata que, cuando el cuerpo mortal de Heloísa fue colocado en su tumba, los brazos de Abelardo se abrieron para darle un abrazo. Esta pareja representa los habitantes más antiguos de este cementerio, y su mito  contribuyó aún más a su fama. Su tumba simboliza una de las leyendas medievales más misteriosas, precursoras del romanticismo. Miles de enamorados acuden a su tumba sepulcral a rendirle culto a la pareja de enamorados, que encarnan el amor imposible, eterno y truncado.

En mi caso particular, sentí mucha satisfacción al tomarme una foto en la tumba de mármol de Marcel Proust, uno de mis héroes literarios, así como frente a la tumba de Balzac, con su busto cuando la visité. Me tomé fotos al lado de Marcel, tratando de “recobrar el tiempo perdido”, que utilicé leyendo su monumental obra La búsqueda del tiempo perdido, en un diálogo secreto de años con su voz y su memoria, y sobre las páginas de sus libros. Franklin Gutiérrez me cuenta que, muy cerca, estuvo la tumba de Trujillo, antes de que sus restos mortales fueran trasladados al cementerio Mingorrubio  de El Pardo, en 1970, junto a los de su Ramfis, muerto en 1968. En fin, Pere Lachaise es un jardín funerario iluminado por leyendas y mitos, que se confunden con la historia.

Basilio Belliard

Poeta, crítico

Poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en filosofía por la Universidad del País Vasco. Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y Premio Nacional de Poesía, 2002. Tiene más de una docena de libros publicados y más de 20 años como profesor de la UASD. En 2015 fue profesor invitado por la Universidad de Orleans, Francia, donde le fue publicada en edición bilingüe la antología poética Revés insulaires. Fue director-fundador de la revista País Cultural, director del Libro y la Lectura y de Gestión Literaria del Ministerio de Cultura, y director del Centro Cultural de las Telecomunicaciones.

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