La mitología griega, la historia y la literatura son ricas en equinos que han trascendido su condición animal para convertirse en entes con un espíritu casi humano. Así, por ejemplo, Pegaso y Arión son los caballos más célebres de la mitología griega; Bucéfalo y Marengo, los corceles de Alejandro Magno y Napoleón, respectivamente, son quizá los más conocidos en la historia oficial, en tanto que en la literatura medieval sobresalen Babieca, el caballo del Cid, y Brigliadoro, el de Roldán. Asimismo, la literatura moderna ha legado, entre otros, a Rocinante, el rocín de don Quijote, y a Frou-Frou, la yegua de carreras de Vronsky. Pero el primero de los equinos que me conmovió fue Coco, el caballo del cuento homónimo de Guy de Maupassant. Lo analicé por primera vez en un trabajo del bachillerato y, al igual que con El amigo fiel de Oscar Wilde y La nochebuena de Encarnación Mendoza de Juan Bosch, los cuales también leí en ese entonces, el destino de Coco me provocó una pena desoladora, que, como el del pequeño Hans y el de Encarnación Mendoza, me desgarró el alma, casi me humedeció los ojos y me obstruyó la respiración. Desde entonces, cada vez que veo un caballo atado a una estaca me acuerdo de Coco, a quien el joven Zidore dejó morir de hambre, y me pregunto si, a diferencia de él, esos animales pueden comer y beber, si están bien cuidados, o si están libres de pulgas y piojos. He notado, además, que el trágico final de Coco guarda estrecha relación con los últimos meses de vida de otros equinos de la literatura que, años después, llamaron poderosamente mi atención: Jolstomer, personaje central de la novela breve La historia de un caballo (1886), de León Tolstói, y Soldier Boy, protagonista de la también novela breve La historia de un caballo (1906), de Mark Twain. Pero, en términos generales, los caballos que mayores analogías tienen con Jolstomer y Soldier Boy son Black Beauty, de la juvenil novela homónima de Anna Sewell, publicada en 1877, y Deleite, del cuento Deleite (Historia de un caballo), del dominicano Tomás Hernández Franco, que lo publicó en 1951. De ahí que en el presente escrito procure señalar algunos paralelismos notables entre Black Beauty, Jolstomer, Soldier Boy y Deleite.

Black Beauty, de la juvenil novela homónima de Anna Sewell.

El magnífico Black Beauty —Azabache en algunas traducciones—, al igual que Jolstomer, Soldier Boy y Deleite, desciende de un linaje de sangre pura: era hijo de una yegua sabia y muy estimada por su amo y de un caballo inglés con buena reputación y pedigrí de campeón: «tú vienes de buena casta y has recibido una buena educación», le dice su madre, en la traducción de Marta de Bru de Sala; «tu padre se ha labrado un buen nombre por estas tierras, y tu abuelo ganó dos veces la carrera de Newmarket. Además, tu abuela era la yegua con mejor temperamento que he conocido nunca». Por su parte, Jolstomer era hijo, como él mismo dice, en la traducción de Selma Ancira, «de Liubezny I y de Baba […] Por mi ascendencia, no hay en el mundo un caballo con sangre más noble que yo». Asimismo, Soldier Boy era hijo de una notable yegua exploradora que, como él mismo expresa, en la traducción de Miguel Temprano García, «no tenía nada de sangre vulgar. Pertenecía a la más pura sangre de Kentucky, a la aristocracia de sangre más azul de todas las sangres azules, a la aristocracia orgullosa y acrimoniosa, o quizá ceremoniosa». Y su padre «la tenía muy buena [la ascendencia] si uno se remontaba bastante atrás». También Deleite, como señala el narrador externo, era de buen linaje: «Nació de una estupenda yegua andaluza, traída para recreo y vanidad por un capitán general, y de un semental inglés con más abuelos que un samurái». Ninguno eligió nacer así y al final a ninguno le sirvió de nada.

El inolvidable Jolstomer, al igual que Black Beauty y Deleite, y a excepción de Soldier Boy, nació y vivió sus primeros años en un lugar destinado a la crianza y el cuidado de caballos: Jolstomer, en una caballeriza de Jrénovo, Rusia; Black Beauty, en una granja de caballos en Inglaterra; y Deleite, en una finca de caballos en Humacao, Puerto Rico. Pasaron luego, en la primera salida de su lugar de nacimiento, a manos de los amos que mayor felicidad les prodigaron y donde pasaron su época dorada: Jolstomer fue llevado a vivir a Korenna, Rusia; Black Beauty, a Birtwick, Inglaterra; y Deleite, al Cibao, República Dominicana. Durante estas estancias fueron mimados como nunca hasta entonces lo habían sido: Jolstomer, bajo las órdenes de Serpujovskói; Black Beauty, del señor Gordon; y Deleite, del rico propietario del Cibao. Demostraron sus mejores dotes al servicio de estos amos: Jolstomer, corrió como nunca, y más allá de sus límites, para alcanzar el carruaje en que escapó la amante de Serpujovskói, pero luego fue vendido y cayó en desgracia para siempre; Black Beauty, corrió al máximo para llegar ante el médico que podía salvar a la esposa del señor Gordon, y luego fue vendido y jamás volvió a ser el mismo; Deleite demostró sus mejores dotes, pero un día mató de una coz a un peón, y entonces fue vendido y su suerte cambió. Pero de Soldier Boy no sabemos dónde nació. Su historia comienza ya en el regimiento militar de las Grandes Llanuras, Estados Unidos, donde vivió sus mejores años junto a su amo Buffalo Bill y Catherine. Se colige que duró mucho tiempo ahí, al cuidado de Buffalo Bill, puesto que dice: «Me he pasado la vida con su silla encima, y encima a él, que pesa, sin las ropas, sus buenas doscientas libras». Pero luego sería robado y caído en desgracia.

Soldier Boy, protagonista de la también novela breve La historia de un caballo (1906), de Mark Twain.

El extraordinario Soldier Boy —Soldado en algunas traducciones— fue, al igual que Black Beauty, Jolstomer y Deleite, un equino de excepcional velocidad, el más rápido de su época en Estados Unidos; cuando la honorable Catherine participó en la carrera de obstáculos con cuatro vallas, descartó la idea de montar a Soldier Boy «porque suponía una ventaja», puesto que, como bien le pregunta sobre la carrera el propio Soldier Boy al penco mexicano: «¿Qué caballo de este puesto o de ningún otro tendría posibilidades frente a mí?». Asimismo, Black Beauty era muy rápido y él mismo lo expresó en varias oportunidades; al referirse a los tres kilómetros que corrió en busca del médico White cuando se enfermó la señora Gordon, dijo: «Estoy convencido de que mi abuelo, que había ganado la carrera de Newmarket, no había ido nunca tan deprisa.». También Jolstomer era de un paso muy ligero que, como él mismo dice, «no tenía igual en Rusia». Y la incomparable velocidad de Deleite quedó probada cuando su primer amo dominicano, a las pocas horas de que lo trajeron de Puerto Rico, lo montó cuando hacía el trayecto de regreso desde el Ozama al Cibao, quedando «estupefacto y feliz de ir descubriendo que se podía jinetear un relámpago o un torrente, sin mover la mano en las riendas, sin cambiar de postura en la silla, dejando que aquella cosa absurda de azogue quisiera detenerse, rota y desecha en cualquier parte, que reventara en el aire aquel resorte animado por nadie sabe qué impulso». De modo que los cuatro eran altamente veloces, y, sin que fuesen vanidosos, tanto Soldier Boy como Black Beauty y Jolstomer, a excepción de Deleite, que no es el narrador de su propia historia, eran conscientes de ello y lo dejaron expresado en las novelas protagonizadas y narradas en gran parte por ellos mismos.

El fantástico Deleite, lo mismo que Black Beauty, Jolstomer y Soldier Boy, fue vendido en numerosas ocasiones. Por ejemplo, los amos de Deleite fueron, entre otros: el patrón de la finca de caballos en Humacao; el hombre del Cibao; el Presidente; don Fulano, que no lo podía montar; y doña Mengana, que lo tenía cargando una carreta en su finca. Los de Black Beauty fueron: el granjero Grey; el señor Gordon; el conde de W.; el propietario de la caballeriza de caballos de alquiler en Bath; el señor Barry; Jeremiah Barker; el comerciante de grano y panadero; Nicholas Skinner; el granjero Thoroughood; y las señoritas Blomefield, Ellen y Laviania. Los de Jolstomer fueron: el general; el caballerizo de Jrénovo; el tratante de caballos de Korenna; el oficial de húsares, Nikita Serpujovskói; la vieja devota, asidua de la iglesia de San Nicolás de Myra; el mercader; el campesino; el gitano; y el administrador de la caballeriza en que vivió sus últimos días. Y los de Soldier Boy fueron: Buffalo Bill; el ladrón de caballos; los organizadores de las corridas de toros en España; y otros que no se nombran en el relato, pero él mismo dice: «Creo que he recorrido todo este país de un extremo a otro […] ¿Cuántas veces he cambiado de manos? Creo que han sido doce, no puedo acordarme bien». Lo que sí es seguro es que, durante sus respectivos periplos, estos corceles pasaron por más de ocho amos.

Los cuatro se hicieron célebres con un único nombre, pero fueron llamados sucesivamente con más de un nombre. A Black Beauty se le llamó: Darkie, Black Beauty, Black Auster, Jack, Blackie y Old Crony. A Jolstomer: Muzhik Primero, Jolstomer y "el pío castrado". A Deleite: el Loco, el Diablo, Deleite y el Bronce. Y a Soldier Boy: Soldier Boy y "el caballo de Buffalo Bill". Además, Black Beauty, Jolstomer y Soldier Boy fueron, en algún momento, domados de por vida. La excepción la constituye Deleite, que solo lo fue durante una temporada, cuando estuvo al servicio de su buen amo del Cibao: «Deleite era casi un milagro de docilidad, no variaba nunca el paso, obedecía ciegamente la más disimulada presión de las rodillas». Black Beauty fue utilizado de chico en oficios que requieren de caballos domados y con mucha educación equina, tanto en pueblos como en ciudades, puesto que «tenía un buen temperamento y era muy dócil». También Jolstomer fue domado desde muy joven, cuando pertenecía al caballerizo, el cual lo intentó adiestrar junto a «un montón de mozos, esperando que me resistiera o que me rebelara», pero ya lo estaba porque «yo lo único que esperaba era la ocasión de mostrar mi buena voluntad y mi amor por el trabajo». Y Soldier Boy, como caballo explorador en un regimiento militar, ocupaba un puesto privilegiado para el que era imprescindible «poseer una educación muy por encima de la corriente». Y como él mismo añade: «Soy, según dicen todos, el caballo mejor educado y de mejores maneras que existe». Pero la docilidad de estos caballos no fue suficiente para estar libres del abuso equino; fueron maltratados, salvo en contadas ocasiones, por la mayoría de sus amos o cuidadores.

No, ni la docilidad ni sus múltiples cualidades equinas libraron a estos animales del maltrato y la injusticia. Los cuatro nacieron con una fuerte capacidad para soportar el maltrato de los hombres. Black Beauty, por ejemplo, al hacer referencia a una de sus labores junto a uno de sus jinetes más crueles, dice que «mi conductor volvió a darme latigazos y yo me esforcé todavía más para seguir avanzando. El dolor infligido por aquel látigo era insoportable, pero mi mente sufría tanto como mis flancos. La injusticia de ser castigado cuando estaba esforzándome al máximo para cumplir con mi trabajo me partía el corazón»; luego agrega, cuando estaba ya bajo las órdenes del amo siguiente: «A veces estaba tan agotado y febril que apenas podía masticar la comida», y, además, dice que «no podía descansar nunca y mi conductor era tan cruel como su patrón. Los extremos de su látigo eran tan afilados que acababa sangrando casi todos los días y, además, a veces me daba latigazos en la barriga y la cabeza». Jolstomer corrió igual suerte; al referirse al lugar donde mejor felicidad alcanzó, dice, poco antes de que lo vendieran, que «dejé de ser el caballo que había sido. Estuve enfermo, me maltrataron y me dejaron baldado», y sobre el dueño siguiente dice que «me maltrataba: apenas llegaban los compradores, entraba en la celda y me fustigaba con un doloroso látigo; me asustaba hasta hacerme enloquecer». De forma similar Soldier Boy, al decir que pasó por diferentes dueños, expresa que fue cayendo «cada vez hacia abajo, y cada vez en manos de un amo más duro. Todos ellos fueron crueles conmigo. Me hicieron trabajar noche y día en ocupaciones bajas, y me golpearon. Me tuvieron mal alimentado, y hubo jornadas en las que nada comí». Y sobre Deleite, el narrador dice: «Los primeros palos, naturalmente, se los administró la peonada fuera del alcance de la vista del patrón y los recibía, invariablemente, por allí por donde más pecaba: las patas y la boca», y más adelante añade que «las palizas aumentaron ya sin órdenes previas, a cualquier hora y por cualquier motivo». Sí, el dolor, el sufrimiento y el abuso hacen de estos cuatro animales entes casi humanos, que a su modo hablan con los hombres, esperan amor y suplican compasión y empatía, pero que, desgraciadamente, no son escuchados ni entendidos en la mayoría de las veces. He aquí una de las fuertes razones por las que de forma paralela adquirieron una dimensión humanizada que los eleva a mostrar la condición humana y animal desde una profunda perspectiva equina, dando pie, en los cuatro, al antropomorfismo.

Obra "Caballos bajo la lluvia", del artista Darío Suro.

Los cuatro fueron, cada uno a su modo, leyendas vivientes que en algún momento serían convertidos —por una temporada o para siempre— en ruinas vivientes. Black Beauty nació privilegiado por la naturaleza, pero los hombres fueron implacables con él; un granjero dice al respecto: «Seguro que de joven ocupó una buena posición; mira qué morro y qué orejas, fíjate en la forma de su cuello o en sus hombros. ¡Es un caballo de muy buena raza!». Pero ya era una bestia malograda y objeto del descarte: «Con el tiempo me debilité tanto por culpa de llevar siempre más peso del que podía que acabaron comprando un caballo más joven para sustituirme». Jolstomer, de forma análoga, razonaba que «resultará extraño pensar y más aún creer que alguna vez fui joven e impetuoso, pero así era». Lo empezaron a ver inutilizable por razones parecidas: «Se me cayeron los cascos, me salieron excrecencias, las patas se me arquearon, el pecho se me hundió y aparecieron una languidez y una debilidad generalizadas». Soldier Boy corrió igual suerte: «Yo era el orgullo de las montañas y de las Grandes Llanuras; ahora soy un mamarracho despreciado por todos». Llegaría a ser uno de esos caballos que se «venden por una copa de aguardiente para la plaza de toros», puesto que, como él mismo dice: «He quedado reducido, pues, a los huesos, con una piel áspera y sucia que forma bultos y ángulos sobre mi cuerpo encogido, esa misma piel que antaño era bruñida». Incluso Deleite, que murió por un rayo en pleno apogeo de sus facultades físicas, también tuvo su momento de caída y descarte desde un inicio porque ya «le habían hinchado las cañas, los menudillos y las cernejas; tenía la testera pelada, roto el befo, maltratados los ollares, enmarañadas las crines, deformados los cascos, hundidos los surcos», y entonces: «Así, muchos meses después, cuando ya casi no era ni siquiera un alambre retorcido, era una simple cosa viva». Son cuatro caballos de raza en un mundo que no pocas veces se torna irracional, oportunista, insensible, deshumanizado y superficial, en el cual se suele tomar por un tiempo al animal que se considera útil, lo explotan y luego lo descartan.

Los cuatro llegarían a estar prácticamente irreconocibles y los amos que mayor felicidad causaron en ellos desconocían sus paraderos. Los méritos que los caracterizaron en sus épocas doradas eran ya solo parte de la historia y la leyenda. Pero Beauty y Soldier Boy eran negros y con una estrella blanca en la frente, y así fueron reconocidos, aunque no con facilidad, por Joe Green y Catherine, respectivamente. Por su parte, Jolstomer dice: «Sí, yo soy ese Jolstomer que los aficionados buscan y no encuentran»; la vieja yegua Viazopúrija apenas lo reconoció, pero entre los hombres no fue reconocido ni siquiera por Serpujovskói cuando lo vio en sus últimos días. Y Deleite no volvió a ser visto por el peón del Cibao que tanto lo idolatró: «Después, estuvimos mucho tiempo sin noticias». Son cuatro periplos y cuatro equinos. Ninguno teme a la muerte, pero ninguno gana, ni siquiera Black Beauty que, convertido en una ruina viviente, no muere en el libro, y tampoco Deleite, que lo mata un rayo. Pero a Jolstomer lo desollaron para los perros y las aves de rapiña, y a Soldier Boy, ya hecho un pobre jamelgo, lo sacrificaron en un espectáculo de la plaza de toros de España. Sin duda eran equinos excepcionales, pero al final da igual si el caballo tenía pedigrí o no, si hablaba o callaba, si era bonito o feo, fuerte o débil; para el humano solo servía mientras le era útil. Cuando ya no lo fue, dejó de existir. Igual que Coco cuando fue amarrado a la estaca, puesto que la mirada de Coco hacia Zidore, como el padecimiento de estos cuatro corceles, es un grito que resuena en el mundo entero. Son perspectivas equinas que dialogan desde lejanas distancias y desde épocas y geografías diferentes, como la británica (Black Beauty), la francesa (Coco), la rusa (Jolstomer), la estadounidense y española (Soldier Boy), y la puertorriqueña y dominicana (Deleite), las cuales ponen de manifiesto que el abuso equino no es un problema reciente ni de un solo país y una época, sino un problema universal y viejo en el que Sewell, Maupassant, Tolstói, Twain y Hernández Franco ponen el dedo sobre la llaga, porque el destino de Black Beauty, Jolstomer, Soldier Boy y Deleite no es menos atroz que el hambre de Coco, y porque el apogeo de estos caballos era igual que Zidore, que se fue y no volvió mientras vivió Coco.

José Agustín Grullón

Abogado y escritor

José Agustín Grullón Nació en La Vega, República Dominicana, pero reside en Santiago de los Caballeros desde hace más de una década. Es licenciado en Derecho por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA) y agrimensor por la Universidad Abierta para Adultos (UAPA). Cursa además un postgrado en Legislación de Tierras. Ha cursado algunos diplomados sobre Derecho Inmobiliario, Bienes Raíces, Topografía y Derecho Sucesoral. Como escritor ha publicado el libro de cuentos Las ironías del destino (2010).

Ver más