Hay poemas que no se limitan a ser leídos, sino que exigen ser habitados. Poemas que no se conforman con atravesar la sensibilidad del lector, sino que penetran en regiones más hondas de la conciencia, allí donde el pensamiento deja de ser una maquinaria racional para convertirse en una forma de escucha. Variaciones de la tarde”, de Noé Zayas, pertenece a esa raza excepcional de textos cuya verdadera sustancia no son únicamente las palabras, sino las revelaciones que se despliegan entre ellas. Estamos ante una creación testimonial que parece emerger desde un punto de encuentro entre la lucidez filosófica, la intuición poética y una suerte de percepción taocuántica de la realidad, donde las fronteras entre materia y espíritu, entre tiempo y eternidad, entre presencia y desaparición, dejan de ser categorías opuestas para manifestarse como expresiones simultáneas de una misma energía universal. El poema avanza como una tarde que piensa, como una conciencia que contempla el mundo desde el borde de una revelación, y en esa contemplación va descubriendo que toda certeza humana, toda conquista tecnológica, toda acumulación material y toda ilusión de permanencia participan de una condición esencialmente transitoria. Sin embargo, lejos de caer en el pesimismo o en la desesperanza, la voz poética transforma esa conciencia de fugacidad en una forma superior de iluminación. Por ello puede afirmarse que “Variaciones de la tarde” es un poema profundamente revelador y luminoso: revelador porque desnuda las estructuras invisibles que sostienen nuestras ilusiones; luminoso porque convierte ese desnudamiento en una fuente de conocimiento, de asombro y de reconciliación con el misterio: en él asistimos a un saber poético donde despierta como una herida que sin doler emana luz, o una flor que gira y abre sus párpados, como la vigilia de una lámpara, como un sabio sistema de postulados de certeza… Aquí, de modo íntegro, el poema “Variaciones de la tarde”:

«Demasiado ha esperado el hombre / para entender que esto es una trampa, / que no habrá manera de llevarnos la vida a ninguna parte / ni al cielo de los místicos / ni al ciberhombre que promete la ciencia; /
ni una brizna de materia en nosotros resistirá hasta el fin. / Todo lo dejaremos cuando la luz nos llame a la orilla del tiempo. / El mar que ama las tardes, / se esconderá de prisa en la última mañana. / El paisaje nos cambiará de golpe: / perderemos el interés por el oro y los cuerpos, / olvidaremos los nombres de los hijos, / las formas de los autos, el Facebook, el WhatsApp, / las naves espaciales y el horroroso tiempo de oficina. / Sin embargo, Alejandra, / ¡qué extraña oscuridad acompaña al sueño que persiste en la esperanza! / Demasiado dura el hombre resistiendo la tentación de desnudarse, / de quitarse el cuerpo, de darse a la huida, al regreso».

Noé Zayas.

Veámoslo ahora paso a paso… El poema abre con una afirmación que posee la contundencia de una sentencia antigua y la vibración de una revelación recién descubierta: “Demasiado ha esperado el hombre / para entender que esto es una trampa”. Noé Zayas no inicia desde la descripción del paisaje ni desde la anécdota cotidiana; comienza desde el centro mismo de una conciencia que ha atravesado innumerables capas de experiencia y que finalmente alcanza una comprensión esencial. La palabra «trampa» constituye aquí una metáfora de extraordinaria amplitud simbólica. No designa únicamente una estructura social, una ideología o una circunstancia histórica particular. La trampa es la ilusión fundamental que sostiene la experiencia humana: creer que aquello que cambia puede convertirse en fundamento permanente, creer que lo transitorio puede transformarse en posesión definitiva, creer que la corriente puede ser detenida por la voluntad de quien navega en ella… Y, desde una lectura taocuántica, esta afirmación inicial representa el instante en que el observador despierta de la fascinación producida por las formas. Durante siglos, el ser humano ha depositado su confianza en estructuras destinadas inevitablemente a desaparecer. Ha buscado refugio en sistemas filosóficos, en doctrinas religiosas, en imperios económicos y en promesas tecnológicas. Sin embargo, la conciencia que habla en el poema contempla todas esas construcciones desde una altura distinta, desde una región donde el devenir universal revela la precariedad de cualquier intento de fijar lo inmutable dentro de los límites de la materia y la razón que pretende explicarla.

Noé Zayas.

La grandeza del verso radica también en la utilización de la palabra «demasiado». No se trata de una observación individual. Es toda la humanidad la que comparece ante el tribunal del tiempo. El poema adquiere así una dimensión civilizatoria. Habla del largo retraso espiritual de nuestra especie, de la demora histórica con la que comprendemos aquello que siempre estuvo frente a nuestros ojos: que la vida no es una propiedad, sino un préstamo; que el universo no es un objeto que podamos poseer, sino un proceso en el que participamos brevemente antes de reintegrarnos a la totalidad de la que procedemos. Por eso, el verso siguiente: «que no habrá manera de llevarnos la vida a ninguna parte». En él la revelación se profundiza inmediatamente. Este verso desmantela una de las aspiraciones más persistentes del ser humano: la ilusión de apropiarse de la experiencia. La vida aparece aquí como una corriente imposible de capturar. No somos propietarios de ella; somos una de sus manifestaciones temporales. La voz poética nos recuerda que todo intento de conservar intacta la existencia está condenado al fracaso porque la esencia misma de la vida consiste en el movimiento… Y aquí resulta extraordinaria la inversión conceptual que realiza Noé Zayas. Habitualmente pensamos que somos nosotros quienes llevamos la vida a través del tiempo. El poema invierte la ecuación: es la vida la que nos lleva a nosotros. Somos pasajeros de una energía que nos precede y nos sobrevive. Desde la sensibilidad taocuántica, esta comprensión transforma radicalmente la percepción del yo. La identidad deja de concebirse como una entidad aislada y comienza a entenderse como una fluctuación momentánea dentro del vasto océano de la existencia. La luminosidad del poema se manifiesta precisamente en esta capacidad para convertir una verdad aparentemente dolorosa en una fuente de sabiduría. No poder llevarnos la vida no significa perderla; significa reconocer que nunca nos perteneció. La existencia se revela entonces como una experiencia de participación y no de posesión. En esa diferencia reside una de las claves espirituales más profundas del texto.

Uno de los momentos más extraordinarios de este poema ocurre cuando Noé Zayas reúne, en un mismo movimiento verbal, dos de las más grandes aspiraciones que han acompañado al ser humano desde el origen de su conciencia, lo que se dice en: “ni al cielo de los místicos / ni al ciberhombre que promete la ciencia”, osea, el anhelo espiritual de trascender la materia y el sueño tecnológico de superar las limitaciones biológicas. La fuerza del verso radica precisamente en esa superposición magistral de horizontes aparentemente opuestos. El poeta contempla simultáneamente al místico y al científico, al asceta y al ingeniero, al visionario de los monasterios y al arquitecto de inteligencias artificiales, para revelar que ambos participan de una misma nostalgia fundamental: la necesidad de escapar de la finitud. Y lo admirable en esta parte es que la voz poética no desacredita ninguna de estas búsquedas. No existe ironía ni desprecio en sus palabras. Existe, más bien, una mirada más amplia, una conciencia capaz de abarcar simultáneamente ambos extremos del pensamiento humano. Desde la perspectiva taocuántica, el poema parece sugerir que toda tentativa de trascendencia constituye una expresión legítima de la aventura humana, aunque ninguna de ellas pueda abolir la condición esencial del devenir. De manera que, el «cielo de los místicos» representa la promesa de una supervivencia espiritual más allá del tiempo. Mientras que el «ciberhombre que promete la ciencia» encarna la ilusión contemporánea de vencer la muerte mediante la tecnología. Entre ambas imágenes se extiende un arco de siglos, de culturas, de paradigmas y de lenguajes. Sin embargo, el poeta los contempla como manifestaciones paralelas de una misma energía interior. Ambos intentan responder a la misma pregunta. Ambos desean resolver el mismo misterio. Ambos buscan prolongar aquello que inevitablemente debe transformarse.

En esta mirada hacia su propia naturaleza humana se revela una de las mayores virtudes poéticas de Noé Zayas: su capacidad para integrar saberes aparentemente incompatibles. La poesía se convierte en un territorio donde la física conversa con la metafísica, donde la informática dialoga con la contemplación espiritual, donde el laboratorio y el monasterio dejan de ser espacios enfrentados para convertirse en habitaciones distintas de una misma casa ontológica. La luminosidad del poema nace precisamente de esa amplitud. El poeta no escoge entre ciencia y espiritualidad; las observa desde una región más profunda, desde un lugar donde ambas aparecen como expresiones parciales de una búsqueda infinita.

Entonces, después de recorrer los grandes sistemas de trascendencia humana, el poema desciende de pronto hacia una imagen de estremecedora delicadeza: “ni una brizna de materia en nosotros resistirá hasta el final”, dice. La palabra «brizna» introduce una escala inesperada. La materia deja de aparecer como una sustancia sólida y monumental para convertirse en algo leve, casi vegetal, casi efímero. El ser humano entero queda reducido a una pequeña vibración suspendida dentro del universo… Y vemos que la belleza de este verso reside en que la conciencia de la desaparición no genera angustia. Por el contrario, produce una claridad semejante a la que experimenta quien contempla el movimiento de las estaciones. Todo cambia. Todo se transforma. Todo participa de una danza incesante de nacimientos y disoluciones. La materia que hoy nos constituye mañana será polvo, energía, memoria o silencio… Desde la poética taocuántica, cuya visión postula que la materia no desaparece verdaderamente, sino que cambia de estado, se reorganiza, se reintegra a dinámicas más amplias que exceden nuestra comprensión cotidiana; de modo que, en este poema lo que se cuestiona no es la continuidad de la energía universal, sino la ilusión de permanencia asociada al ego… Hay en este verso una forma superior de humildad. El ser humano deja de ocupar el centro del cosmos y aprende a reconocerse como parte de una totalidad inmensamente más vasta. Sin embargo, lejos de empequeñecerlo, esta comprensión lo engrandece. Porque solo quien acepta su condición transitoria puede comenzar a percibir la magnitud del misterio que lo rodea.

La poesía de Noé Zayas, como testimonio de vida, alcanza aquí una dimensión casi sapiencial (palabra que gusta decir el poeta José Miguel Regalado). No predica. No adoctrina. No impone una verdad. Simplemente ilumina una evidencia que suele permanecer oculta bajo las ocupaciones cotidianas: aquello que creemos permanente ya está atravesado por el movimiento de la transformación, certeza suya que enuncia a su modo, cuando dice: «todo lo dejaremos cuando la luz nos llame a la orilla del tiempo»… Observamos que, si los versos anteriores constituyen una revelación filosófica, este constituye una auténtica epifanía poética. La desaparición física aparece representada mediante una imagen de extraordinaria belleza simbólica. No es una sombra que devora. No es una oscuridad que extingue. Es una luz que llama… Esta inversión resulta profundamente significativa. Durante siglos la imaginación humana ha asociado el final de la existencia con la noche, con el abismo o con la nulidad. Noé Zayas propone una imagen radicalmente distinta. La transición final se convierte en una convocatoria luminosa. Algo nos llama desde una región que no pertenece a la oscuridad sino al resplandor… Pero más extraordinaria aún es la expresión «la orilla del tiempo». En ella se concentra una de las intuiciones más poderosas del poema. El tiempo deja de ser una abstracción matemática para transformarse en un océano. Vivimos navegando en sus aguas sin advertirlo. Nacemos dentro de su corriente. Construimos nuestras identidades sobre su superficie. Sin embargo, existe una orilla. Existe un límite donde la corriente concluye y donde comienza otra dimensión de la experiencia… Desde la sensibilidad taocuántica, esta imagen puede interpretarse como el umbral donde las formas individuales regresan al campo universal de la existencia. No se trata necesariamente de una afirmación religiosa. Tampoco de una tesis científica. Es una intuición poética que permite imaginar la muerte como transformación y no como aniquilación… Por su parte, la luz que llama, la orilla del tiempo, el abandono de todas las posesiones y de todos los nombres configuran una visión profundamente serena de la finitud. El poema parece sugerir que aquello que más tememos podría ser, en realidad, el momento en que comprendemos finalmente aquello que la vida intentó enseñarnos desde el principio. Y precisamente porque esta comprensión se encuentra bañada por una luz de conocimiento y no por una sombra de desesperación, puede afirmarse que estamos ante una de las expresiones más luminosas y reveladoras de todo el poema.

Noé Zayas, poeta, narrador, gestor cultural y ensayista.

Llegados a este punto, los versos: “el mar que ama las tardes, / se esconderá de prisa en la última mañana, / el paisaje nos cambiará de golpe”, para decirnos que la conciencia poética parece abandonar momentáneamente las formulaciones conceptuales para entregarse por completo a la revelación visionaria. El poema se vuelve imagen pura, pero una imagen cuya profundidad simbólica contiene una metafísica enteramente redonda. El mar, la tarde, la mañana y el paisaje dejan de ser elementos descriptivos para transformarse en energías vivas que participan de una extraordinaria coreografía cósmica, un ordenamiento de la Realidad Pura… El mar aparece personificado: ama las tardes. No se trata de una elección arbitraria. La tarde es la hora de las revelaciones lentas, la región del día donde las formas comienzan a desprenderse de su aparente solidez. El mediodía pertenece a la certeza; la tarde pertenece a la comprensión. En ella los contornos empiezan a disolverse bajo la luz oblicua de la conciencia. Que el mar ame la tarde significa que la inmensidad reconoce en el crepúsculo una verdad semejante a la suya: ambas realidades viven en perpetuo movimiento… Sin embargo, el mar se esconderá «en la última mañana». La paradoja es admirable. La mañana suele representar el comienzo, pero aquí simboliza el instante final. Noé Zayas subvierte los símbolos tradicionales para sugerir que todo final es también un nacimiento y que toda desaparición contiene una nueva forma de presencia. Desde la taocuántica, aquí las categorías opuestas dejan de excluirse. La última mañana es simultáneamente ocaso y aurora. Es el punto donde los contrarios se reconocen como manifestaciones complementarias de una misma totalidad: lo inmanifiesto, la permanencia de la que emana lo manifiesto sin que le altere en su natural esencialidad de pureza… La afirmación de que «el paisaje nos cambiará de golpe» constituye una de las intuiciones más profundas del poema. Habitualmente creemos que somos nosotros quienes observamos el paisaje. El poeta invierte la relación. El paisaje también nos observa. El universo participa de nuestra transformación. No existe una separación absoluta entre sujeto y mundo. Cuando la conciencia cambia, cambia la realidad que contempla. Cuando el observador se transforma, se transforma igualmente aquello que es observado. Aquí emerge con toda claridad la sensibilidad reveladora de Noé Zayas. El ser humano deja de ocupar una posición privilegiada y aislada para integrarse dentro de una vasta red de correspondencias donde todo influye sobre todo, donde cada modificación de la conciencia repercute en la totalidad del tejido existencial… Esto deriva en consecuencias de las que va dando cuenta Noé Zayas mediante una audaz enumeración de elementos en serie:

«perderemos el interés por el oro y los cuerpos, / olvidaremos los nombres de los hijos, / las formas de los autos, el Facebook, el WhatsApp, / las naves espaciales, y el horroroso tiempo de oficina».

He aquí, pocas enumeraciones poseen una fuerza simbólica tan amplia como esta. En ella conviven los grandes objetos del deseo humano y los elementos más cotidianos de la civilización contemporánea. El oro, los cuerpos, los hijos, los automóviles, las redes sociales, las tecnologías de comunicación, los viajes espaciales y las rutinas laborales aparecen reunidos dentro de una misma corriente de impermanencia. Esta enumeración tiene algo de inventario final. Es como si la conciencia estuviera recorriendo por última vez el museo de las fascinaciones humanas antes de abandonar sus salas. Sin embargo, el tono no es amargo. No existe resentimiento hacia aquello que se deja atrás. Existe comprensión… Desde el plano toroidal del ideal taocuántico, el poema nos recuerda que la realidad no está compuesta únicamente por aquello que poseemos, sino también por aquello que aprendemos a soltar. La sabiduría no consiste solamente en acumular experiencias, conocimientos o bienes; consiste igualmente en descubrir el momento en que debemos desprendernos de ellos… Y resulta particularmente significativo que Noé Zayas coloque en el mismo nivel el oro y Facebook, los cuerpos y WhatsApp, los hijos y las naves espaciales. Esta convivencia de registros revela una mirada profundamente integradora. El poeta no establece jerarquías artificiales entre lo antiguo y lo moderno. Todo forma parte de la aventura humana. Todo merece ser contemplado. Pero nada permanece.

La verdadera revelación de “Variaciones de la tarde” consiste en comprender que incluso aquello que parece central para nuestra identidad terminará siendo soltado. Y lejos de representar una tragedia, esa certeza nos devuelve a una relación más auténtica con el presente. Si todo es transitorio, entonces cada instante adquiere un valor irrepetible. De esto da cuenta en los correlativos versos:

«sin embargo, Alejandra, / ¡qué extraña oscuridad acompaña al sueño que persiste en la esperanza!»

Después de las vastas meditaciones sobre el destino humano, aparece un nombre propio. Alejandra. De pronto la reflexión metafísica adquiere una intimidad conmovedora. El universo entero parece concentrarse en una sola presencia. Y, en el verso, la irrupción de Alejandra humaniza la revelación. Nos recuerda que toda filosofía nace finalmente de una experiencia concreta, de una mirada compartida, de una conversación, de una ausencia o de un amor. La inmensidad regresa a la escala del rostro humano… Pero el verdadero núcleo del segundo verso reside en la asociación entre oscuridad y esperanza. El poeta no presenta la esperanza como una luz pura e incontaminada. La acompaña una oscuridad extraña. Esta intuición posee una profundidad extraordinaria: toda esperanza auténtica contiene incertidumbre. Toda fe convive con el misterio. Toda expectativa se desarrolla en territorios donde la claridad absoluta resulta imposible… Esto sabemos: que la oscuridad no aparece como enemiga de la luz. Ambas forman parte del mismo proceso, como un bucle que al girar presenta ahora un plano y luego otro. La sombra protege la semilla. La noche prepara el amanecer. Lo desconocido no niega el conocimiento; lo hace posible.

La poética de Noé Zayas alcanza aquí una madurez admirable porque acepta la complejidad de la experiencia humana. No ofrece consuelos simplistas. Reconoce que incluso nuestras más altas aspiraciones avanzan acompañadas por regiones de incertidumbre. Y precisamente por eso resultan verdaderas… Veamos esta sabia sentencia concluyente:

«demasiado dura el hombre resistiendo la tentación de desnudarse, / de quitarse el cuerpo, de darse a la huida, al regreso»

El poema concluye con una de las imágenes más poderosas de toda su arquitectura simbólica. Desnudarse. Quitarse el cuerpo. Huir. Regresar… Cada una de estas acciones parece apuntar en una dirección distinta, pero todas convergen hacia una misma revelación. El desnudamiento al que alude el poeta no es físico, sino ontológico. Consiste en desprenderse de las máscaras acumuladas por la identidad, de las narrativas que sostienen el ego, de las ilusiones que nos impiden percibir la realidad en su desnuda transparencia; puesto que quitarse el cuerpo no significa rechazar la existencia material. Significa reconocer que la conciencia es más amplia que las formas temporales mediante las cuales se expresa. La materia deja de ser prisión para convertirse en experiencia… Entonces, aparece la extraordinaria pareja final: huida y regreso. En apariencia son movimientos opuestos. Sin embargo, en la lógica profunda del poema constituyen el mismo acontecimiento contemplado desde perspectivas distintas. Huir de la ilusión es regresar al origen. Regresar al origen implica abandonar aquello que nos alejaba de él: ser y estar, por condición ontológica, en la Realidad Pura, el Tao, lo inmanifiesto e imparable en su esencialidad.

He aquí la gran epifanía de “Variaciones de la tarde”. La existencia humana no aparece como una marcha hacia la nada, sino como un retorno hacia una totalidad olvidada. Todo el poema parece avanzar hacia esta comprensión. Desde el primer verso hasta el último, la voz poética nos conduce lentamente hacia una conciencia más amplia de la realidad… En definitiva, “Variaciones de la tarde” es un poema revelador porque desmonta las ilusiones fundamentales que organizan la experiencia humana y nos invita a contemplar la impermanencia como una dimensión esencial de la existencia. Es luminoso porque esa revelación no desemboca en el vacío, sino en una forma superior de claridad. Noé Zayas construye una visión donde ciencia y mística, memoria y olvido, materia y trascendencia, individuo y cosmos, tiempo y eternidad aparecen entrelazados en una vasta red de correspondencias. Su poética opera mediante superposiciones que permiten contemplar simultáneamente múltiples niveles de la realidad. Cada imagen se abre hacia otra imagen; cada certeza se transforma en una pregunta más profunda; cada pregunta desemboca en una nueva iluminación… La tarde que recorre este poema no es simplemente una hora del día. Es una metáfora del despertar de la conciencia, un darse cuenta, el instante en que el ser humano, después de haber perseguido durante siglos innumerables espejismos, comprende finalmente que la verdadera sabiduría no consiste en poseer el mundo, sino en aprender a participar de su misterio. Y es precisamente en esa aceptación del misterio, en esa reconciliación con la fugacidad, en esa luminosa conciencia de la transformación universal, donde reside la grandeza poética y espiritual de la obra de Noé Zayas.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

Ver más