Juan Rulfo escribió en 1953 el libro El llano en llamas e incluyó el cuento No oyes ladrar a los perros. En este cuento nos llama la atención el drama humano de un padre avergonzado que, aún reprochando las acciones delincuenciales de su hijo, lo carga en los hombros dispuesto a recorrer un camino largo y tortuoso para que, en un pueblo que él desconoce, lo puedan curar de las heridas recibidas.

Este es un análisis académico, ensayístico y crítico, tomando en cuenta recomendaciones de maestros del arte de narrar. El cuento, además de tener inicio, desarrollo y fin, no responde a reglas estrictas. Sin embargo, el conflicto es un elemento preponderante, a veces imperceptible porque puede manifestarse de forma interna, externa, moral o de otras índoles que pueden estar presentes en cualquier relato.

Juan Rulfo.

Cada autor le impregna las características necesarias para la estructuración de su cuento, así como los conflictos o giros necesarios para mantener al lector con interés de llegar hasta el final.

No oyes ladrar a los perros; el nombre en sí mismo encierra una interrogante, una incertidumbre que va más allá del título. Representa una esperanza, quizás la única. El lector se pregunta qué interés tiene escuchar ladrar a los perros.

El inicio del cuento indica la desesperación de alguien que está en apuros y necesita información para aligerar mentalmente su carga. Por tanto, el arranque logra su cometido:

«—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.

—No se ve nada.

—Ya debemos estar cerca.

—Sí, pero no se oye nada.

—Mira bien.

—No se ve nada.

—Pobre de ti, Ignacio.

El padre camina con su hijo al hombro en busca de un pueblo llamado Tonaya y necesita una señal que le indique que están cerca. Le han dicho que está al otro lado de la montaña, y la señal de proximidad es escuchar ladrar a los perros. Con la visión reducida por la noche, avanza por caminos tortuosos.

Se trata de un cuento que transcurre en tiempo lineal. Presenta un conflicto que excede los deseos del padre, quien, a pesar del resentimiento, carga a su hijo con la intención de salvarlo. Es un deber que asume no por él, sino por la memoria de su difunta madre:

«—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre […] Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas».

El padre, a pesar del esfuerzo, no alberga esperanza de cambio. En su interior ya ha desheredado al hijo; solo desea verlo lejos. Avanza cansado, inmerso en un trance emocional marcado por reproches hacia el pasado del hijo.

«—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho […]. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente… Y gente buena. Y si no, allí está mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo.”»

Se trata de un conflicto existencial que muchas familias han vivido. Sin embargo, el padre no solo reprocha la conducta del hijo, sino que sugiere que esta proviene desde su nacimiento. Esta lectura puede interpretarse como una reconstrucción bajo presión emocional, cargada de dolor, frustración y resentimiento, que busca aliviar su propia culpa:

«—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces […]. Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén».

Al final, casi al llegar, siente que el hijo pierde fuerza. Percibe algo similar a un sollozo:

«Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas». Y le dijo:

—¿Lloras, Ignacio? ¿Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que, en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?

Al final, por su templanza, él cumplió con su responsabilidad de padre, pero su hijo ni siquiera cumplió con la esperanza de decirle si escuchaba a los perros ladrar.

En resumen

No oyes ladrar a los perros presenta rasgos de minimalismo narrativo, pero con una carga emocional latente llena de un realismo intenso. En su estructura están presentes dos personajes, un escenario, una escena, una idea y un camino. Se construye un monólogo bajo la apariencia de diálogo donde el padre exterioriza la rabia contenida rememorando un pasado cargado de conflicto emocional y moral.

El dolor, finalmente, los sumerge en la profundidad de la desesperanza.

josedespinosa@gmail.com

José D. Espinosa Féliz

Ingeniro y escritor

José D. Espinosa Féliz es ingeniero civil, escritor, conferencista. magister ejecutivo en gestión de proyectos. Tiene especialidad en Alta Gerencia, diplomados en relaciones públicas, en maestría de ceremonias y en oratoria. Además, es Locutor profesional. Por más de veinte años ha sido articulista de temas técnicos, sociales y políticos. Libros publicados: Fundamentos básicos y guía en la construcción de carreteras, El éxito integral, una obra de autoayuda; A corazón abierto, libro de poemas; La extraña obsesión de Waldo Tenerife, (Novela); Héroes en tiempos de coronavirus (cuentos, Decisiones extremas (novela); “Espermatozoides con inteligencia artificial” (cuentos) y “Olor a ti” (poemas). josedespinosa@gmail.com

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