En 2025 me tocó mirar New Orleans desde una perspectiva bastante distinta a la acostumbrada. Estaba en una habitación del University Medical Center New Orleans, de LCMC Health, en Canal Street; desde lo alto, mientras la ciudad parecía haber perdido parte del ruido con que normalmente se anuncia, terminaba de darle forma final a Los Siete Silencios: relatos de las memorias. El libro no había nacido allí, sus historias venían conmigo desde mucho antes, pero fue en aquella habitación donde terminó de adquirir la forma con que finalmente llegó a los lectores.

Los Siete Silencios no nació en New Orleans, pero sí terminó de ser editado allí; sus últimas decisiones de forma, ritmo y cierre fueron tomadas mientras miraba la ciudad desde aquella habitación. En ese sentido, puedo decir que el libro fue editado bajo el espíritu de una ciudad acostumbrada a convivir con la memoria, el ruido, la mezcla y las historias que se resisten a desaparecer. No pensé entonces en William Faulkner, Tennessee Williams, Lafcadio Hearn ni en los otros escritores que alguna vez hicieron de esta ciudad algo más que una residencia. La relación apareció después, al descubrir hasta qué punto New Orleans había entrado, de maneras muy diferentes, en la vida y en la escritura de autores que llegaron a ella, nacieron aquí o encontraron en sus calles una materia imposible de ignorar.

Faulkner llegó en 1925 con veintisiete años y bastante lejos todavía del escritor que acabaría construyendo Yoknapatawpha. Había publicado poesía, buscaba su lugar en la literatura y terminó viviendo en Pirate’s Alley, en una especie de callejón detrás de la Catedral de San Luis, en uno de los rincones más particulares del French Quarter. Aquel barrio de calles estrechas, balcones, patios interiores, bares, artistas, periodistas y una bohemia que entonces conservaba todavía una vida menos domesticada por el turismo coincidió con un momento decisivo de su tránsito hacia la narrativa.

Allí frecuentó a Sherwood Anderson, escribió para periódicos y revistas, observó personajes y ambientes que terminarían apareciendo en Mosquitoes. Faulkner estuvo poco tiempo, pero el Quarter le ofreció algo que acaso necesitaba: una ciudad donde la literatura no parecía separada por completo de la calle.

A unas pocas cuadras, años después, Tennessee Williams encontraría otra relación con el mismo barrio. En St. Peter Street terminó A Streetcar Named Desire; incluso el título conserva una procedencia estrictamente local, pues Desire era el nombre de una línea de tranvías de New Orleans. El French Quarter de Williams no necesitaba demasiados artificios para acomodar una historia de deseo, fragilidad, violencia y deterioro. La cercanía física entre las casas, la vida que se derrama hacia balcones y aceras, la música que atraviesa paredes, la mezcla entre intimidad y exposición pública, todo contribuye a una forma de existencia donde los personajes difícilmente pueden esconderse por completo. Blanche DuBois llega a una ciudad que parece conocer de antemano la precariedad de las apariencias.

Mucho antes, Lafcadio Hearn había descubierto una New Orleans distinta. Llegó en 1877 y permaneció cerca de una década; nacido en Grecia, criado entre Irlanda e Inglaterra y emigrante en Estados Unidos, poseía la ventaja de quien todavía no ha aprendido cuáles cosas debe dejar de mirar por considerarlas ordinarias. Escribió sobre mercados, comidas, pregones, supersticiones, religiones, música, población criolla, relatos populares y lenguas que convivían dentro de una misma ciudad. Más que una New Orleans monumental, Hearn encontró una ciudad hablada, cocinada, cantada; una cultura que sobrevivía tanto en las casas como en la calle. Comprendió algo que todavía conserva valor: la memoria de una sociedad no está únicamente en sus documentos, también permanece en aquello que come, teme, celebra y cuenta.

George Washington Cable partió desde otro lugar. Había nacido aquí y conocía desde dentro una sociedad criolla marcada por la esclavitud, las clasificaciones raciales y las consecuencias de la Guerra Civil. Desde Eighth Street escribió Old Creole Days y The Grandissimes; la elegancia residencial de aquella zona podía convivir con una historia mucho menos cómoda de lo que sugerían sus jardines y fachadas. Cable y Hearn terminaron observando, desde posiciones distintas, una misma dificultad: New Orleans nunca ha sido fácil de reducir a una imagen única. La ciudad podía ser refinada y brutal, europea y africana, católica y supersticiosa, profundamente local y al mismo tiempo caribeña.

Kate Chopin conoció esa complejidad desde otro ángulo. Durante sus años en Louisiana vivió dentro de una sociedad donde la apariencia pública y la vida íntima no siempre marchaban en la misma dirección. The Awakening aparecería después, pero ciertas experiencias necesitan años antes de encontrar una forma literaria; algunas ciudades continúan trabajando en la memoria mucho después de haber dejado de ser domicilio.

Con John Kennedy Toole ocurre algo distinto porque no tuvo que llegar a New Orleans; había nacido dentro de ella. Esa diferencia se escucha en A Confederacy of Dunces. Toole sabía cómo hablaba la ciudad, cómo discutía, exageraba, presumía, fracasaba y sobrevivía. Su mundo tampoco se limita al French Quarter. Carrollton pertenece a otra escala: calles residenciales, casas integradas al barrio, árboles maduros, vida doméstica y una relación menos teatral con la ciudad. Esa New Orleans ayuda a comprender por qué Toole pudo escribir desde el oído y no desde la observación exterior. Ignatius Reilly funciona porque su extravagancia está rodeada por una realidad que el autor conocía demasiado bien.

Anne Rice encontró todavía otra ciudad; el Garden District ofrece un paisaje distinto, grandes residencias, jardines, columnas, verjas, árboles que parecen haber visto pasar varias generaciones. Allí la memoria adquiere otra presencia; no la del bullicio del Quarter ni la vida doméstica de Carrollton, sino la de casas que parecen conservar dentro de sí la historia de quienes las habitaron. Resulta fácil comprender por qué aquel entorno pudo alimentar una imaginación interesada en la muerte, el catolicismo, la sensualidad y la persistencia del pasado.

Esa diferencia entre barrios importa porque ninguno de estos escritores habitó exactamente la misma New Orleans. Faulkner encontró el French Quarter de la bohemia y de su propia formación; Williams, un espacio donde deseo y deterioro podían convivir sin escándalo; Hearn escuchó una ciudad popular y multilingüe; Cable observó las contradicciones de la sociedad criolla; Chopin conoció el conflicto entre convención e intimidad; Toole escribió desde una New Orleans doméstica que llevaba desde niño en el oído; Rice convirtió la monumentalidad y las sombras del Garden District en parte de su universo.

Tal vez ahí se encuentre una de las razones por las que la ciudad ha producido tantas lecturas distintas de sí misma. New Orleans acumula épocas sin conseguir que una termine de borrar la anterior. Una casa conserva el siglo XIX mientras en la acera ocurre otro tiempo; una tradición llegada de África o del Caribe termina convertida en costumbre local y, después de varias generaciones, su procedencia se mezcla con la memoria.

New Orleans.

Vuelvo entonces a aquella habitación del University Medical Center New Orleans, de LCMC Health, donde hacía las últimas correcciones a Los Siete Silencios. No pretendo establecer ninguna equivalencia con aquellos escritores; me interesa algo mucho más sencillo. Una obra puede llegar a una ciudad cargada de historias anteriores y encontrar allí, sin haberlo previsto, el lugar donde finalmente termina de tomar forma.New Orleans ha pasado por demasiadas páginas para pertenecer por completo a ninguna de ellas. Cada escritor alcanzó a recoger la ciudad que pudo ver desde su tiempo, su barrio, sus obsesiones y su manera de escucharla; las demás siguen ocurriendo fuera.

EN ESTA NOTA

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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