Hay libros que no nacen, sino que irrumpen; no llegan al mundo como llegan las obras comunes, paso a paso, sino como un relámpago que ya contiene en sí mismo la memoria del trueno y la profecía cumplida de la lluvia. Así ocurre con Veinte poemas de amor y una canción desesperada, ese cuerpo ardiente de palabras que Pablo Neruda dejó caer sobre la lengua como quien, sin saberlo del todo, abre una grieta por donde respira el enigma, esa levedad a la que llamamos misterio. Y lo que desconcierta, lo que nos obliga a detenernos en una suerte de asombro casi metafísico, es que quien escribe no es un hombre fatigado por la vida, no es un anciano que ha visto declinar las estaciones, sino un adolescente que apenas comienza a pronunciar su propia existencia. ¿De dónde proviene entonces esa nostalgia que parece anterior al tiempo, ese temblor de pérdida en quien aún no ha tenido tiempo de perder? ¿Cómo se explica que en esa juventud, que debería ser pura inmediatez, puro incendio sin ceniza, ya habite la voz de quien recuerda lo que aún no ha vivido?… Es aquí donde el fenómeno poético se vuelve misterio, y el misterio, en su más honda expresión, se vuelve pregunta: ¿qué fuerza y cuál su naturaleza es la que se expresa entrañada de lo que ninguna otra experiencia humana testimonia cuando escribe un poeta?

Porque no se trata solamente de talento, ni de técnica, ni siquiera de sensibilidad, como suelen repetir las explicaciones tranquilizadoras que buscan domesticar lo inexplicable. Hay en ese libro algo que excede al propio Neruda, como si su voz hubiera sido apenas el cauce de un río más antiguo, como si las imágenes, los cuerpos nocturnos, las mujeres hechas de espumas marinas, de la blanca y rosada carne de caracoles y de islas hundidas en la callada lejanía, la naturaleza convertida en piel de aurora y ausencia, no hubieran sido inventadas, sino recordadas. Y entonces la poesía deja de ser un acto individual para convertirse en una suerte de revelación: el poeta no crea, sino que accede; no construye, sino que escucha y es vía de testimonio de lo que aún no ha vivido. Tal vez por eso, en Veinte poemas de amor y una canción desesperada, cada verso parece tener la densidad de algo que ha sido vivido por muchos antes de ser dicho por uno solo, como si la experiencia fuera una casa que nos habita, nunca espacio sin lugar donde lo que se despliega no perteneciera únicamente a un joven chileno, sino a una memoria más vasta, más profunda, que atraviesa generaciones y rostros sin detenerse en ninguno, como una respiración común que nos convierte en un telar para palpitar al unísono, y ser una única realidad en la memoria, la pulsión íntima de una respiración que expande el universo.

Y es en esa zona donde la nostalgia deja de ser un simple sentimiento para convertirse en una condición de la psique, en una especie de conciencia anticipada de la pérdida, como si amar implicara ya, desde su primer latido, el conocimiento de su profético final. Un adolescente, en ese sentido, no estaría escribiendo desde lo que ha perdido, sino desde lo que intuye que inevitablemente perderá; y esa intuición, oscura, inexplicable, pero certera, es la que tiñe de melancolía cada imagen, cada metáfora que se desliza en el libro como bucles con los que el tiempo va rebosando la boca del vacío… No es que Neruda haya vivido demasiado pronto, sino que ha sentido demasiado hondo, como si su sensibilidad hubiera sido capaz de adelantarse a su propia biografía, como si el tiempo, en él, no transcurriera linealmente, sino que se plegara sobre sí mismo para permitirle tocar, en un mismo instante, la plenitud y la ausencia… De ahí también la refrescante potencia de su lenguaje, ese modo de decir que no describe, sino que convoca; que no nombra las cosas, sino que las hace aparecer con una intensidad casi física. Las imágenes en Veinte poemas de amor y una canción desesperada no son ornamentos, ni ejercicios de estilo, sino manifestaciones de una visión que parece venir de un lugar anterior a las palabras. El cuerpo de la amada no es solo un cuerpo: es paisaje, textura de la noche; silencio, playa sola dada a recordar; y en esa transfiguración se revela una de las claves del hecho poético, esa capacidad de unir lo disperso, de reconocer en lo visible la sombra de lo invisible. Quizás por eso el libro ha atravesado lenguas y geografías y culturas y tiempos, traduciéndose sin perder su pulso esencial, como si lo que allí se dijera no dependiera del idioma, sino de una estructura más profunda del sentir humano, como música que resuena muy adentro, una suerte de gramática del deseo y de la pérdida que todos, de algún modo, compartimos, entrelazados en el modo común de respiración.

Y entonces surge la tentación de pensar a Neruda como un “animal poético”, no en el sentido de una criatura instintiva y desbordada, sino como un ser cuya naturaleza misma está afinada para percibir lo que otros apenas sospechan. Alguien que, por una extraña disposición interior, logra acceder a regiones donde el lenguaje aún no ha sido domesticado por la razón, donde las imágenes nacen con una pureza casi primitiva. ¿Es esto una forma de intuición exacerbada? ¿Una sensibilidad fuera de lo común? ¿O, como han sugerido algunos, una conexión con esa vasta zona que Carl Gustav Jung denominó inconsciente colectivo, plano frecuencial donde confluyen en un solo instante el pasado, el presente y el futuro, para que habiliten y acomoden allí las formas arquetípicas del amor, de la soledad, del deseo de esa extraña sensación (privativa de los humanos) que bajo el umbral de la conciencia nos apela, y a la que se le suele fijar como añoranza o nostalgia?… Sea cual sea la respuesta, lo cierto es que en Veinte poemas de amor y una canción desesperada se percibe una suerte de saber sin aprendizaje, una sabiduría que no proviene de la experiencia acumulada, sino de una apertura radical hacia lo que se siente… Y puede que allí radique la naturaleza más honda de su poesía: en su capacidad para romper la lógica del tiempo, para permitir que un joven escriba con la voz de lo antiguo, que alguien que apenas comienza a vivir hable como si ya hubiera atravesado todas las despedidas. La poesía, en ese sentido, no sería un producto de la vida, sino una de sus formas más misteriosas de manifestarse, una grieta por donde lo humano accede a algo que lo trasciende. Y Neruda, en ese libro temprano, no sería tanto un autor como un portal, un lugar de paso donde el amor, con su carga inevitable de pérdidas, encuentra una forma de decirse que no envejece, que no se agota, que sigue resonando en quienes lo leen como si cada verso hubiera sido escrito, secretamente e inevitablemente, para ellos.

Y es que tal vez la verdadera juventud no sea la ausencia de pasado, sino la intensidad con que se percibe el instante, y en esa intensidad se cifra una forma de eternidad que no necesita haber vivido mucho para reconocer lo esencial. En Veinte poemas de amor y una canción desesperada, el adolescente no es un ser incompleto, sino un territorio abierto, una sensibilidad sin defensas donde el mundo entra con toda su fuerza, sin filtros, sin mediaciones. Y cuando el mundo entra así, de golpe, sin pedir permiso, deja huellas profundas, marcas que no necesitan años para volverse memoria. Tal vez por eso la nostalgia en Neruda no es recuerdo de lo vivido, sino eco de lo sentido con tal intensidad que ya parece haber pasado, como si cada emoción, al ser experimentada en su punto máximo, se volviera inmediatamente pasado, pérdida, ausencia… Y en ese juego vertiginoso entre presencia y desaparición, entre el instante que arde y el instante que se extingue, la poesía se revela como un acto de rescate, como el intento, siempre fallido y siempre necesario, del retener lo que por naturaleza se escapa. Neruda, con su juventud a cuestas, no escribe desde la plenitud ingenua, sino desde la conciencia, quizás inconsciente, de que todo lo que se ama está condenado a transformarse, a diluirse, a volverse palabra, memoria; y a veces, atardecido pozo de silencio… Y es esa conciencia la que convierte su canto en algo universal, en algo que, al ser traducido, no pierde su esencia porque no pertenece del todo al lenguaje, sino a esa zona secreta donde todos hemos amado, donde todos hemos sentido alguna vez: que el amor y la pérdida son dos nombres de una misma y luminosa herida.

Pablo Neruda, joven.

La poesía no es, de modo totalmente racional, algo que hacemos, sino algo que nos ocurre, que nos atraviesa y busca decirse; expresión intuitiva, revelación, epifanía, develación, percepción no local, atajo hacia el conocimiento humano de mayor espectro de saberes, temblor que resuena en la casa que somos dentro, instantánea música interior que debemos entonar y sostener, como una campana de aire que embelesa, y permanecer en la encimada y ontológica frecuencia del Ser de las cosas, el que, de singular modo, se nos muestra empinado en el resplandor de la belleza. Y esta, a veces duele: para sanar.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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