Mucho antes de que el hombre aprendiera a escribir sus huellas sobre páginas de piedra, ya estaba acomodando el universo dentro de sí. Antes de las ciudades, de las doctrinas, de los tratados filosóficos y de las ciencias que luego intentarían ordenar el caos mediante conceptos, ya existía en él ese agudo interés que buscaba descifrar el misterio de las cosas a través del símbolo, del relato y de la imagen sagrada… El hombre, apenas  se levantó del polvo, miró el encumbrado abismo del cielo, y no vio únicamente cuerpos celestes como peces plateados: vio dioses, ancestros, destinos, señales fugaces que tomó por augurios o advertencias. Escuchó el viento ulular al peinar las espigas, hamaquearse los árboles, rumorear el agua en la garganta de la noche y creyó oír voces provenientes de un fondo invisible donde el mundo todavía conservaba una intimidad secreta con lo divino. Y acaso no estaba completamente equivocado, porque desde entonces la humanidad no ha dejado de buscar una explicación que no sea solamente racional, sino también espiritual, mágica, poética, acerca del hecho insondable de la existencia… Así nació el mito: no como una ingenuidad destinada a desaparecer bajo la fatigada luz de la razón, sino como la primera gran arquitectura simbólica mediante la cual el hombre intentó sostenerse frente a la incertidumbre de la realidad. Porque el mito es mucho más que una narración antigua: es una forma de respiración interior que busca expandirse hacia adentro, hacia nuestro costado oculto; una tentativa de regresar a la armonía del Ser de la cosas… Y es así, el hombre no puede estar en el mundo sin explicarse la realidad, aun la fantasmal sombra a girones sobre el agua que mira temblando debajo del ramaje de un árbol; aunque esta obedezca solo a ecuaciones de símbolos que le apacigüen ante el asombro, el vértigo de la instantánea existencia; y sea esto un puente tendido entre la conciencia humana y aquello que la desborda.

Y junto al mito nació también el arquetipo, esa estructura profunda y primordial del imaginario humano, una forma que habita en el inconsciente colectivo y que antecede a toda cultura particular; no es una imagen fija, sino una matriz de sentido que reaparece bajo múltiples rostros: la madre, el héroe, el niño perdido en la feria de la tarde de domingo, la sombra del minotauro en los laboratorios del miedo, el sabio de voz pausada, los infiernos alegóricos, la memoria que fluye como el río, el sacrificio de absurdo sentido, el viaje de regreso a la vieja casa, el paraíso perdido, la esfinge que mira sin parpadear, la mujer desnuda sin sexo localizado, la noche que no amanece; y así cada signo mediante el cual la conciencia organiza y traduce la experiencia del mundo… Entonces, en la creación del mito, el arquetipo funciona como núcleo generador y energía secreta: es aquello que dota al relato de resonancia universal, permitiendo que una narración trascienda su tiempo y su geografía para hablarle íntimamente a cualquier ser humano. El mito, entonces, puede entenderse como la dramatización simbólica de un arquetipo; toma una forma invisible del inconsciente, haciendo visible aquello que de otro modo permanecería inefable. Por eso los mitos de civilizaciones distintas suelen parecerse entre sí: porque detrás de sus máscaras culturales palpitan los mismos arquetipos fundacionales, como si la humanidad soñara, desde distintos lenguaje, un mismo sueño originario.

Y es que ningún hombre mira desde una conciencia completamente virgen, todos miramos a través de símbolos heredados, de antiguas pulsaciones interiores, de memorias que laten desde antes de nuestro nacimiento. Todo sueño ya fue soñado. Toda angustia ya ardió o descendió alguna vez al corazón de otro hombre. Toda mirada de asombro fue antes el estremecimiento de alguien perdido bajo otra noche remota en el tiempo y la geografía. Y así avanza: reinventando perpetuamente un misterio que jamás se revela por completo… Las sociedades originarias comprendieron intuitivamente que ninguna cultura puede sostenerse sin un núcleo mítico capaz de otorgarle sentido a la existencia colectiva. El mito no constituía para aquellos pueblos una mera invención fantasiosa destinada a explicar fenómenos naturales incomprendidos: era la médula espiritual de la realidad. Gracias a él, el mundo dejaba de ser una suma dispersa de objetos y se convertía en una totalidad viviente donde cada elemento poseía profundidad simbólica: el río es la memoria, la sangre de los abuelos; la montaña, permanencia sagrada; la noche, pulsación ancestral y territorio de tránsito hacia lo desconocido: todo estaba atravesado por raíces de significados. Pero esos significados no surgían arbitrariamente, brotaban desde los arquetipos que, ya dijimos, organizan secretamente la experiencia humana: todas esas figuras aparecen una y otra vez en culturas distantes porque pertenecen al tejido profundo del inconsciente colectivo. Son formas originarias mediante las cuales el hombre intenta orientarse dentro del caos del mundo. El arquetipo constituye así el armazón intangible del mito. Sin él, el relato carecería de fuerza universal. Porque lo que vuelve perdurable un mito no es la anécdota superficial que narra, sino la verdad arquetípica que late bajo sus símbolos.

Por su parte, Carl Gustav Jung  comprendió que el inconsciente humano no es una región puramente individual, sino también colectiva. Bajo la conciencia personal existe un océano más antiguo y vasto donde reposan las imágenes fundamentales de la simbología que la humanidad ha ido acumulando desde sus orígenes. Allí viven los arquetipos como estructuras primordiales de percepción y significado. No son ideas aprendidas racionalmente, sino formas heredadas de experimentar la realidad. Gracias a ellas comprendemos intuitivamente ciertos relatos, ciertas imágenes, ciertos símbolos que parecen hablarnos desde regiones anteriores al lenguaje mismo. Todo ello resuena dentro de nosotros porque forma parte de una memoria espiritual compartida. Y acaso por eso los mitos atraviesan las épocas sin extinguirse completamente. Cambian sus máscaras, transforman sus escenarios y sus lenguajes, pero continúan actuando silenciosamente en el interior de los estamentos de las culturas.

Y todo es, porque el hombre no soporta la realidad desnuda. Necesita velos, símbolos, máscaras capaces de amortiguar el resplandor insoportable de lo absoluto, de la realidad pura. Las máscaras no son únicamente engaños: muchas veces constituyen formas de protección  espiritual y representaciones de la percepción en ideología, creencias, cosmovisiones y fijaciones de miradas hacia los fenómenos e impresiones que apelan al hombre. Funcionan como nieblas sagradas que permiten acercarse gradualmente a aquello que de otro modo destruiría la conciencia. El mito es una de esas máscaras luminosas que nos hacen soportable la existencia. Nos permite dialogar con el misterio sin quedar consumidos por él. A través de sus relatos, el hombre convierte el caos en narración, el dolor en destino, la muerte en tránsito y el sufrimiento en posibilidad de transformación. Sin esas mediaciones simbólicas, la existencia correría el riesgo de volverse insoportable en su desnudez radical. Quizás por ello las culturas siempre han producido ceremonias, religiones, ficciones, epopeyas y sistemas simbólicos: porque el alma humana necesita filtros poéticos para habitar el abismo.

Incluso la modernidad, que tantas veces proclamó la muerte de los mitos, continúa completamente entramada por ellos. Sólo que ahora los antiguos dioses utilizan nuevos nombres: el mito del progreso ilimitado, el mito de la salvación tecnológica, el mito del éxito individual, el mito de la celebridad, el mito del consumo como vía hacia el goce o la plenitud del poder pertenecer: todos funcionan como narraciones colectivas que organizan la experiencia contemporánea. El hombre sigue necesitando creer en relatos que le otorguen orientación existencial. Ninguna sociedad puede sobrevivir únicamente sobre datos y mecanismos técnicos. La razón explica, pero el mito sostiene. La ciencia describe procesos, pero el mito ofrece sentido. Y cuando una cultura pierde enteramente sus relatos simbólicos sin generar otros capaces de reemplazarlos, sobreviene una especie de intemperie ontológica donde los individuos comienzan a experimentar la vida como una mera sucesión de fragmentos vacíos de contenido, sin espesor simbólico.

Pero acaso uno de los territorios donde más profundamente actúan los arquetipos sea el arte. En la literatura, por caso, ninguna gran obra nace exclusivamente desde la conciencia racional del autor. En toda verdadera creación interviene una dimensión más honda donde los símbolos colectivos ascienden hacia la audacia de la palabra. El escritor cree muchas veces estar inventando libremente sus personajes y conflictos, cuando en realidad también está siendo atravesado por antiguas estructuras arquetípicas que emergen desde el inconsciente colectivo. Por eso ciertos relatos poseen una fuerza que trasciende épocas y espacios. Porque en ellos reconocemos algo que secretamente ya, anterior a la conciencia, habitaba en nosotros. La literatura se convierte entonces en un espacio de reencuentro entre las memorias sumergidas de la humanidad y la sensibilidad individual del lector.

Homero, Dante Alighieri, William Shakespeare, Sófocles, J. R. R. Tolkien, Rick Riordan, James Joyce, Franz Kafka, Jorge Luis Borges, no permanecen vivos únicamente por la belleza formal de sus obras, sino porque tocaron fibras arquetípicas que continúan latiendo en el entramado de las interioridades colectivas. Todas esas estructuras reaparecen constantemente porque pertenecen a la condición humana misma. El lector no entra en una obra literaria como una conciencia vacía; entra acompañado por sus propios símbolos interiores (por los cuales, humanamente está constituido), por sus heridas, por sus antiguas imágenes dormidas. Y allí ocurre uno de los milagros más profundos de la literatura: la intertextualidad secreta entre el texto y el inconsciente como orbe referencial del lector, como visión de una interposición de planos constituyentes de lo que realmente somos: interlocutores del enigma de ese misterioso horizonte que nunca es posible alcanzar.

Esto sabemos: que toda lectura verdadera constituye también una reescritura. El lector crea mientras lee. Va enlazando las palabras del autor con sus propios recuerdos, arquetipos, sueños y asociaciones interiores. Ninguna obra permanece idéntica en todas las conciencias porque cada lector la recrea desde su propia constelación simbólica y respiración cocreadora… Sin embargo, esa experiencia nunca es completamente individual, pues incluso las emociones más íntimas están sostenidas por estructuras colectivas heredadas. El lector cree descubrir algo personal y, sin saberlo, está reencontrándose con símbolos ancestrales que llevan milenios sosteniendo la imaginación humana. Allí reside la potencia del arte: en permitir que la conciencia individual dialogue con las profundidades compartidas de la humanidad.

Toda gran literatura actúa entonces como un espejo arquetípico. No nos muestra simplemente historias ajenas: nos devuelve imágenes profundas de nosotros mismos. Por eso ciertos libros parecen conocernos más de lo que nosotros mismos nos conocemos. Porque hablan desde regiones donde el individuo se entrelaza con la conciencia colectiva. El escritor desciende hacia esas profundidades y regresa con símbolos; el lector vuelve a descender al leerlos y reconstruye desde ellos su propia aventura interior. La obra literaria nunca queda clausurada en el texto: continúa expandiéndose dentro de la sensibilidad de quien la recibe. Cada lectura es una nueva encarnación del mito.

Cuando desaparecen los mitos, cuando los arquetipos son reducidos a simples supersticiones sin valor, el hombre pierde el hilo secreto que lo vinculaba con las profundidades de su propia experiencia espiritual. Entonces la existencia comienza a vaciarse de resonancia simbólica. Las cosas continúan estando allí, pero dejan de hablar. El mundo se convierte en mecanismo y deja de ser misterio. Sin embargo, mientras exista un hombre preguntándose por el origen de la vida, por el sentido del dolor, por la razón del amor o por aquello que aguarda detrás de la muerte, los mitos seguirán naciendo una y otra vez desde las regiones invisibles del inconsciente colectivo. Porque el hombre mismo está hecho de relatos, de símbolos y de sueños heredados. Y quizás toda la historia humana no sea más que el interminable intento de recordar, mediante nuevas máscaras y nuevos lenguajes, aquella verdad primordial que jamás logramos contemplar completamente sin quedar cegados por su resplandor.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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