El escritor, dramaturgo y poeta Ángel Concepción Lajara (Yeyé) acaba de publicar su obra de teatro Matadero (Ediciones Ángeles de Fierro, San Francisco de Macorís, 2026). Confieso que no soy un lector de dramaturgia, y que salvo a Shakespeare, Arthur Miller y Antón Chéjov, mis ojos se han detenido poco en este noble arte, del cual prefiero contemplar y disfrutar bajo el trípode fantástico: escenario-actor-luminotecnia. Pero, la poca asiduidad del ojo hacia la dramaturgia no elimina mi admiración y respeto hacia el género.

Iniciada la lectura de Matadero, de Concepción Lajara, el dique de el prejuicio se vino abajo. Matadero desbordó mis expectativas. La de Yeyé es una dramaturgia que da espacio para que se aborde y lea como buena literatura.

Dos virtudes destacan en la obra Matadero. Primero, que se lee de un tirón y con gran goce, prescindiendo de ese arte moderno y traumático que se llama obligación. Se lee como si fuese narrativa y de la que buena salud exhibe, como si estuviésemos leyendo una novela, o varios cuentos a la vez, saltando de esa forma el posible aburrimiento, y atascamiento en la lectura que generalmente posee la dramaturgia. Y que, dicha característica prima, al parecer, le viene de fábrica. Salvo en los autores clásicos antes mencionados.

En segundo lugar, la virtud fundamental que detecto en Matadero es que, al leerla, de manera natural, uno se imagina la puesta en escena. Ipso facto. Sin preámbulos. Rogando que no haya dilaciones en ese sentido. Y esa es una buena cualidad que viene de la buena narrativa, de la que se deja leer y nos lleva a otros mundos, a sus mundos creados, a la atmósfera que la creatividad ha pavimentado y puesto frente a nuestras narices.

Repito: hay quienes consideran que la obra de teatro (la dramaturgia) no es para leerse.  Su destino está en observarse (la representación, pura y simple, a fin de cuentas). Y a fuerza de dar la gotera de esta teoría en la roca de la afirmación o la creencia, tal aseveración ha adquirido categoría de verdad. Pero Yeyé, y en buena hora, rompe con esto. La da una buena tunda a ese criterio. Esta es una obra que se lee con gusto, maravilla como se ha conjugado lo profano con lo sagrado, lo popular y local con el carácter universal de las situaciones representadas.

Yeyé presenta sus personajes en un mundo que se constituye en un matadero. Y es así como víctimas y verdugos, villanos e inocentes se enfrascan en un diálogo que pone en duda las cualidades y pertenencias que poseen cada uno. Mezcla el texto un aire místico, filosófico, moderno, un aire que se sostiene en un mundo que actualmente es dominado por la crueldad. Y esto le da al texto un aroma de actualidad sorprendente. El autor de Matadero, sin lugar a duda, ha hecho un impresionante retrato de la violencia, y sus personajes (luego actores) se encargan de compartirla, mostrarla, enrostrarla de la forma más sarcástica. Hasta con elegancia en la procacidad. Hasta con belleza en la imprecación en el insulto. Quienes conocen a Yeyé desde que se entra en el texto se percatan de que en Matadero está él:  su visión de la condición de la humana, su cercanía a la pobreza, su atracción por la mofa al poder y sobre todo por una ridiculización de la élite desde lo popular.

De ahí que resulta sorprendente cuánta actualidad tienen personajes como Navajita, Manchita, Viralata, Realengo, El Angel, Teresa. Yeyé ha hecho guiños al teatro desde el teatro mismo, él mismo se ha representado (El Ángel).

La obra Matadero pone en crisis el papel de la realidad, y cómo eso que se atraviesa (la fantasía) en un momento determinado se confunden, o pueden ser la misma cosa. De la misma manera que personaje y creador de él se confunden, entran en crisis de identidad, sus roles se confunden, su autenticidad pone a prueba.

Ángel Concepción Lajara (Yeyé).

La historia del borracho llama la atención, pues es la historia de la borrachera que ha significado la violencia en el mundo. Somos hijos espirituales de esta ola oscura. Yeyé ha regalado una extraña fotografía. El flash de su talento ha iluminado la instantánea que es Matadero.

Antón Chéjov, Shakespeare, Tenesse Williams, Sófocles. Arthur Miller sostienen parte de una historia. El texto de Yeyé empieza a crear la de él, con Matadero, texto moderno, texto que se deja querer, y que penetra al lector por el más dulce de los costados, ese que el asesino conoce por el cual introduce la daga, y que con ello ayuda a la salud de los mataderos que todos hemos creado, cuyos gritos no nos llegan, pues nos hemos vuelto sordos. Yeyé ha contribuido a sacar un poco de cera de los oídos. Escuchemos.  Aterra tanto el grito del cerdo a sacrificar, como el sonido del cuchillo que se amuela a poca distancia. Gran amolador ha sido Yeyé, ya que Matadero, merece la mejor de las suertes, como el animal que camino a ser sacrificado grita y grita inundando el paraje, tintando de horror el ambiente.

Eloy Alberto Tejera

Escritor y periodista

Eloy Alberto Tejera es periodista, poeta y narrador.

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