En mi nuevo viaje a Madrid, el pasado mes de junio de 2026, volví a la Feria del Libro del parque El Retiro para recorrer sus casetas, comprar libros y participar de la firma, el 7 de junio, de mi nuevo libro La búsqueda del criterio, en la caseta número 284 de Huerga & Fierro Editores, de los amigos y entusiastas editores, Antonio Huerga y Charo Fierro. Mientras firmaba, sentí enorme alegría al ver llegar a mis amigos, Frank Moya Pons (y su esposa) y a Miguel Reyes Sánchez, y, enseguida a mi amigo, el poeta Luis García Montero, director del Instituto Cervantes. Nos abrazamos. Le dije que estaba con otros amigos dominicanos, y mostró interés en conocerlos. Nos tomamos una foto: nos despedimos y seguimos el recorrido por el recinto ferial.
Madrid y toda Europa estaban bajo el fuego y del calor de un verano tórrido con temperaturas que alcanzaban los 42 grados y más. Tanto fue así que, el día de la clausura de la 85 Feria del Libro de Madrid, cuando volví a recorrer las casetas que me faltaron –y a retirar mi libro que debía traerme–, tuvieron que suspenderla cuatro horas antes de su cierre oficial. Sonaron una alarma y todos los libreros se vieron en la necesidad de bajar las puertas de las casetas para evitar ser multados. Solo un minúsculo grupo de autores y lectores nos apertrechamos detrás de algunas casetas para seguir platicando e intercambiando libros y firmas, bajo la sombra de los árboles y detrás de una caseta.
En Madrid, Marta y yo, aprovechamos para dar un tours por los lugares no visitados juntos, en ocasión de la Feria del Libro de 2019, dedicada a la República Dominicana. De ahí que fuimos al Museo del Prado, caminamos por la Gran Vía el día previo a la visita del Papa, por lo que estaba llena de tarimas, andamios y bloqueos. Así cruzamos por la Puerta de Alcalá, los majestuosos edificios Metrópolis, Telefónica (primer rascacielos de Europa, construido en 1930), Carrión (con su letrero de Schweppes), Cine Callao (estilo art deco, erigido en 1926), el Instituto Cervantes, Casa de las Américas, entre otros. La visita papal provocó un caos en el tránsito vehicular, que obligó a taxistas y a ubers buscar atajos, y a los transeúntes, esquivar los bloqueos de calles y avenidas. Nos dijeron los taxistas que era tortuoso para ellos, pues tenían que tomarse más tiempo de trayecto. Para algunos, esta visita fue una complicación, que trastornó su vida diaria. Para nosotros llevar las maletas teníamos que hacer largas rutas por el parque El Retiro, donde se hace, desde 1967, esta feria libresca: los taxistas tenían que hacer maniobras para poder aproximarse al parque, y a una de las puertas de entrada del recinto ferial.
Aprovechamos para hacer el tour turístico por el casco histórico de Madrid, que inicia en el kilómetro cero, debajo de la estatua del oso y el madroño, de la Puerta del Sol y cerca de la inmensa estatua ecuestre de Carlos III. Nos esperaron con paraguas amarillos tres guías: una chica que lo hace la caminata en italiano, otra en inglés y un chico, colombiano, que la hace en español. Este joven, muy listo, histriónico, culto, hábil, de estupenda memoria y que conoce al dedillo las rutas, nos ilustró como un perfecto especialista en historia de España. Se detenía en lugares históricos y legendarios: nos paseó por la Plaza Mayor, por el lugar donde está el Ratoncito Pérez (y donde las personas introducen un dedo dentro de una caja de galletas en una Pastelería Real y se toman una foto: leyenda infantil de 1894, de Luis Coloma), el Mercado de San Miguel, y demás rincones. Nos explicaba, como si fuera un actor o un influencer, hechos, lugares, historias de monumentos y edificios, como todo un ducho en arquitectura e historia del arte. El viaje concluyó en el Palacio Real, pero no pudimos entrar porque estaba cercado por militares que impedían el paso a millares de feligreses, pues en breve pasaría el Papa. No sentí frustración porque había estado en el año 2018 y recorrí todo su interior, guiado por la poeta y amiga, Rosa Silverio. De ahí nos desplazamos a pie al Museo Lope de Vega, guiado por mi google maps, y nos sumamos a un tours en inglés para turistas norteamericanos. Allí había una turista croata, que nos dijo que sabía un poco de español y que tenemos un paraíso llamado Punta Cana, que le fascinaría visitar. En el Museo Lope de Vega pudimos ver su biblioteca, muebles, objetos, cuadros de pintura, mesas, espejos, camas, habitaciones, y demás enseres. Se trata de una casa de dos pisos que, para la época, era una mansión con patio y jardín. Al frente hay una tarja de mármol que dice: “En esta casa vivió y murió Lope de Vega, 1610-1635”. El guía nos contó la historia y la vida del poeta y dramaturgo con gran minucia. Respondió preguntas, y hablaba en un inglés bastante comprensible, que pude seguir.
Por la noche, en compañía de Liza Collado y Ricardo Rojas León, y después de un paseo por la Feria del Libro con almuerzo incluido, fuimos al Barrio de las Letras a cenar, muy cerca de la estatua de Federico García Lorca. Agotados, caminamos hasta la Gran Vía y cerca del espléndido Hotel Plaza, nos despedimos y nos fuimos a descansar. Nos tocó de taxista de uber, en un nuevo carro marca Tesla, un dominicano, negro, y de Azua, que, al verlo, enseguida le preguntamos si era dominicano, y nos dijo que sí. Y que había nacido aquí y crecido en Madrid, donde vive; pero nos confesó que le gusta más la República Dominicana que España. Incluso, tuvo la honestidad de decirnos que es regidor de su municipio. Le aconsejamos que no lo dijera y que tratara de ir más a menudo a su pueblo para evitar que se lo reclamaran. Nos dio la razón.
Al día siguiente (mientras Marta se sumergió a Primark), volví a visitar el histórico edificio Espasa, de la Gran Vía, donde está Casa del Libro, una librería de cuatro pisos, con un sótano y múltiples de salas de libros de todas las áreas y rico en novedades editoriales. La última vez que la visité fue en 2019, en compañía de la poeta, escritora y gran amiga Rosa Silverio, y para ese entonces, tenía un auditorio en el centro, pero ya no está. Hice un recorrido rápido y me detuve en el estante de poesía, y allí pude ver todas las novedades. Compré algunos pues no debía cargar mi maleta, ya que al día siguiente íbamos a París y luego a Lisboa, y de regreso a Madrid.
Pero España –y muy a propósito de las noticias que veo en la tv y que leo en la prensa–, vive estos días un pandemónium con la crisis migratoria y el estado de emergencia producido por una avalancha de miles de marroquíes (más de 60 mil) que penetraron por la frontera de Ceuta, por el estrecho de Gibraltar, por mar y tierra, y que ha ocasionado decenas de muertos, ahogados, apresados o aplastados por la multitud. Este penoso festín es una expresión mayúscula de las escenas que vi frente a la Casa del Libro y la tienda Primark, donde un puñado de africanos, se colocan en la Gran Vía a vender artículos falsificados a bajo precio. Sentí impotencia y, hasta cierto punto, repulsa, ver como se burlan de los policías que, desde sus autos, les persiguen y tocan una sirena, mientras ellos huyen despavoridos y se internan por las calles y callejones, gritando y riéndose. Es insólito cómo se desplazan a gran velocidad, luego de recoger sus mercancías y enrollarlas en largas sábanas tiradas por un grueso hilo. Este espectáculo deprimente lo vi cuando fui también por vez primera a Madrid, en compañía de José Rafael Lantigua, entonces ministro de Cultura, en 2011, cuando fuimos a Salamanca a la firma del convenio de la creación de la cátedra Pedro Henríquez Ureña. Fue él quien me dijo que les dicen pateras (llamados así por las embarcaciones que usan) a estos individuos del África subsahariana que penetran a España, crecen y hacen vida de inmigrantes ilegales, y que viven de la venta de artículos (carteras, relojes, bolsos, pulseras, gafas…). Lo extraño es que los policías no los persiguen a pie sino en autos, lo que les permite escaparse fácilmente. Además, de que les tocan una sirena, como si los policías solo estuvieran interesados en hacerlos huir de los lugares próximos a las grandes tiendas y centros comerciales. Todo parece un show de mal gusto a los ojos de los turistas y extranjeros, pues una vez que los policías se retiran, vuelven detrás de ellos a colocarse de nuevo en los mismos lugares. Este teatro parece un círculo vicioso, tan cómico como indignante. Para los españoles es común pero, para los visitantes, resulta grotesco este espectáculo cotidiano. No es que abusen de ellos, pero esta situación revela falta de autoridad de los policías y pérdida de miedo por parte de estos inmigrantes. Se lo comenté a una pareja de ancianos cubanos, que estaban a mi lado frente a Primark –y que identifiqué por su acento–, y me justificaron los derechos que tienen ellos como inmigrantes. Pensé que me lo dijeron porque se veían en su espejo, en su realidad y situación. Esta vez, el viaje a Madrid, y la visita por tantos lugares y espacios, que siempre me fascinan, me dejaron ese sabor amargo, y una mala percepción del país.
Compartir esta nota
