En aquel tiempo de mi aletargada, extrañísima y caótica primera infancia en Santiago, cuando los niños topaban con sus manitas las sudorosas ancas de un caballo y no pasaba nada.
Tocar caballos, gallinas y burros con tus manos era la gran oportunidad de experimentar lo tangible, lo vibrante y la vida en su perfecta naturaleza animal y vegetal.
Por suerte, no existían tablets ni celulares para que los menores solo por lo visual se enteraran de que los burros y los caballos poseían ancas y cuatro patas, y que las gallinas tenían picos, alas y ponían huevos.
En aquel tiempo, el desayuno podría ser un dulce trozo de batata con una guarnición de un tierno huevo criollo pasado por agua, o un trozo de plátano sarazo con su respectivo vaso de leche de vaca, con nata incluida.
Además, disfrutaba del enredo luminoso y verdíamarillo de las auyamas sembradas en el conuco cibaeño de mis padrinos en Canca La Piedra, Tamboril, quienes me llevaban a pasar mis vacaciones escolares de tres meses, siempre tan plenas, largas e intensas.
El nudo de auyamas, mezclado con cadillos y morivivíes, creaba una obra de arte similar a la ruralidad plástica de Van Gogh, que más tarde conocí en mi adultez.
Sin embargo, toda esa frugalidad y sencillez en el estilo de vida de las ciudades y los campos dominicanos de aquel entonces era lo más normal. No como ahora, con el consuelo de que “antes, éramos felices y no lo sabíamos”.
Falso. Cada época trae lo suyo: su hoyo negro, sus abismos ambiguos y sondables, y sus húmedas praderas verdes decoradas de brillantes arcoíris al final del horizonte. Un momento, me fui en una; no es por ahí que va esta escribidera. ¡Uanmomenpli!
Tras residir en la escuelita-hogar de La Doña, me retornaron a la capital, a uno de los barrios emblemáticos y divertidos de Santo Domingo: Villa Consuelo.
La razón de mi embarre de estas cuartillas se debe al interés de contarles sobre la juntiña de adultos, aficionados 24/7 a la bebentina los fines de semana en nuestra casa de la calle Doctor Manuel Tejada Florentino.
La cofradía libando, haciendo cuentos y chistes de todos los calibres y colores, dándose cuerda entre ellos y fumando Premier —cada fumada un placer— y, por supuesto, oliendo ya el aroma del sancocho que sus esclavas elaboraban en la cocinita de anafes, piedras y astillas de cuaba.
Lo típico de una masculinidad “liberada” tras la caída de Chapita. Mientras tanto, nosotros, los muchachitos y muchachitas, los ausentes para muchos de ellos, rondábamos sus mecedoras, sus círculos de risas, su particular gozadera, su corito no tan sano, con la esperanza de que llegara el momento exacto de pedirles el chele para comprar un chuflai, o los dos cheles para la cocaleca, o los cinco cheles para el frío frío que, si acertabas en su rueda de clavos con el cursor de goma, te ganabas otro yun yun de frambuesa con melao, que era el que me gustaba.
En estas bebederas, su vasallaje femenino y oficial se arremolinaba en la cocina, cociendo el sancocho para los heteropatriarcales. Sudorosas y hastiadas de varones sin la más mínima consideración. Sábado, cuatro y media de la tarde, y todavía cocinándole a estos buenos pendejos.
La cofradía escuchaba boleros, merengues, sones y bachatas de José Manuel Calderón, del Jibarito de Lares y del inquieto Anacobero Daniel Santos. Música que sabía a menta de guardia y olía a perfumes baratones de los cuerillines de la San Martín y la tía Herminia.
Música cortavenas para ahondar cada vez más el dolor jipiao del borracho frente a la vitrola, escuchando un 45 de Julito Deschamps: ¡Ay, cómo duele una traición!
Música que sale de la comisura babosa del guachimán, sentado en un comedor de la calle Moca, frente al cementerio, esperando las 6 de la mañana para largarse a su casa a dormir.
Al ocaso de los tragos y sus efluvios, los hígados grasosos cabeceaban sus testas, antes chispeantes y ahora anestesiadas por tantas horas de chupe y chupe.
Algún espectro, todavía con reservas de energía, se paraba vacilante de su mecedora y decidía poner en la consola rectangular Philips un long play de Los violines de Pego, para acompañar el suculento plato de sancocho que bajaría los decibeles del jumo colectivo.
Los violines de Pego, una de las orquestas de versiones instrumentales del cancionero de la época sesentona: Raphael, Leo Marini, Sandro, Olga Guillot, Sergio Méndez y otros. Los violines fueron fundados por el músico y compositor cubano Lorenzo Pego.
No era música para borrachos, sino para acompañar la siesta a la una de la tarde, cuando no existía la porno miseria de la telerrealidad ni las garras adictivas de las redes sociales y sus algoritmos.
Los violines de Pego, y otras como Los diplomáticos de Colombia, surgen tras la era de las Big Band —Duke Ellington, Paul Mauriat, Benny Goodman y Glenn Miller—.
Fueron muy populares en las décadas de los 50, 60 y 70, y se les denomina easy listening o música de audición fácil, suave, agradable, que acaricia el oído, caracterizada por el uso de melodías pegadizas, con una gran tendencia a ser súper agradables sin ser invasivas.
Un vozarrón femenino y cortante suena desde el fondo de la casa:
¡No se duerman, carajo, no me joda nadie, ya el sancocho está servido! ¡Vengan, partida de bolsas largas!
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