Luego de que el pasado viernes  compartiera con maestrantes de una maestría en literatura, en la que impartía el maestro y poeta taocuántico José Miguel García (y donde estaban de estudiantes los también poetas taocuánticos Emmanuelle Taveras, Juanyita Mejía y otros, auténticamente interesados en la literatura), y cuyo tema del día era la literatura infantil, me he mantenido rumiando esa experiencia compartida: me sigo preguntando si acaso la literatura, cuando es verdadera, admite líneas divisorias, ser parcelada o se somete a redes de obediencias cuando nace desnuda, anterior a los programas de estudio, anterior incluso a la pedagogía, como una emanación del asombro humano frente al misterio de las manifestaciones de la existencia. Antes de que alguien decidiera clasificarla, etiquetarla o domesticarla, la literatura era ya un fuego danzante en el ojo de la noche tribal, una respiración simbólica pasando de boca en boca, un temblor en la conciencia de quien escuchaba. Nadie preguntaba entonces si aquel relato era para niños o para adultos; preguntarlo habría sido tan absurdo como preguntarle al mar para qué edades trenza sus olas, los orbes de espumas que estallan de sal en las orillas o al viento para qué generaciones es el roce que con sus lienzos de aromas silba y hace que se va pintando de verde la tarde. La literatura era experiencia interior, estremecimiento, descenso, vértigo, memoria, rito; y el niño, mucho antes que el adulto moderno, era precisamente el ser más próximo a esa dimensión original del asombro. Entonces, resulta sospechosa la necesidad de fabricar el concepto de “literatura infantil”, como si la sensibilidad del niño necesitara un corral estético, una reducción simbólica, un filtro de seguridad para entrar en contacto con la belleza. Hay algo de condescendencia, incluso de violencia sutil, en esa clasificación. Algo que pretende convencernos de que el niño no es capaz de habitar la complejidad emocional, la ambigüedad poética, la penumbra simbólica, el estremecimiento metafísico. Como si la infancia fuera una discapacidad perceptiva y no, por el contrario, es el estado más abierto y visionario de la conciencia humana.

El niño no llega al mundo incapacitado para la literatura; más bien, llega incapacitado para la lógica utilitaria del adulto. Y justamente por eso la verdadera literatura le pertenece de una manera más natural que al hombre ya domesticado por las estructuras de productividad, moralidad y rendimiento. El niño no necesita que una obra le enseñe algo para entrar en ella; le basta el resplandor de una imagen, la respiración de un símbolo, la música secreta de una frase. Mientras el adulto pregunta obsesivamente “qué significa”, el niño todavía sabe sentir. Y tal vez allí radique el peligro que ciertas estructuras educativas y editoriales perciben: un niño demasiado cercano a la auténtica experiencia literaria es un ser difícil de programar. La literatura real no produce obediencia; produce interioridad. No genera repetición; genera fisuras hacia adentro, hacia el Ser de las cosas. No fabrica ciudadanos dóciles; despierta seres capaces de sospechar de las formas visibles del mundo, de las apariencias que se nos aparecen como reales… Sin embargo, aparecen los dispositivos de reducción. Se toma la literatura y se le mutila el abismo de sus cumbres. Se le arranca la multivocida, su posibilidad de crear múltiples sentidos. Se le poda el temblor. Se le extrae el misterio luminoso de sus símbolos para convertirla en una herramienta didáctica, en una especie de jarabe moral con apariencia de cuento. El relato deja de ser un viaje hacia lo desconocido y se convierte en un mecanismo para transmitir conductas que se dicen correctas. El niño ya no entra al bosque para experimentar el misterio, sino para aprender una lección de urbanidad emocional. Y así, poco a poco, la literatura en las aulas termina siendo un castigo de interpretación mecánica, a propósito de la trasnochada guía de estudio que impide el disfrute de la lectura: limitándose a encontrar “la moraleja”, descubrir “la enseñanza”, detectar “el valor”. Como si una obra literaria fuera una ecuación moral disfrazada de ficción. Como si la belleza necesitara justificar su existencia mediante una utilidad. Como si el arte tuviera que pedir permiso a la pedagogía para existir… La literatura no vino al mundo a enseñar. Vino a revelar. Y revelar no es lo mismo que instruir. La instrucción entrega respuestas; la revelación abre heridas luminosas, para que emerja una primavera empinada hacía el sueño. La instrucción clausura; la literatura expande. Un texto auténtico no nos dice qué pensar: altera la respiración interior con que percibimos las sensorialidades que nos apelan. Por eso las grandes obras sobreviven al tiempo: porque no dependen de una moraleja perecedera, sino de una vibración simbólica capaz de seguir despertando conciencia en épocas distintas. La literatura no adoctrina; convoca. No impone significados; los fecunda. El lector entra en ella no como quien recibe una orden, sino como quien atraviesa un umbral de libertad, hacia una casa de música abierta, llamándole hacia la otra vigilia.

Pero al margen de todo, el sistema educativo contemporáneo, obsesionado con cuantificar incluso la emoción, parece desconfiar profundamente de toda experiencia que no pueda traducirse en objetivos medibles. Allí la literatura comienza a ser utilizada como herramienta de domesticación perceptiva. Ya no importa que el niño experimente el vértigo poético, sino que pueda responder correctamente un cuestionario acerca del comportamiento de los personajes. La sensibilidad queda relegada. La imaginación se vuelve sospechosa. El símbolo es reemplazado por la moraleja porque la moraleja puede evaluarse, mientras el estremecimiento interior no puede ponerse en una rúbrica académica. Y así nace una paradoja devastadora: aquello que debería acercar al niño a la intensidad de la experiencia humana termina alejándolo de ella… Y en ese sentido, resulta revelador observar cómo ciertas obras inmensas han sido reducidas torpemente al estante de “literatura infantil”, como si ese rótulo bastara para disminuir su profundidad. Platero y yo, por ejemplo, no es un libro para niños: es una elegía de la sensibilidad. En sus páginas no habita la simplicidad pedagógica, sino una nostalgia casi metafísica que respira entre símbolos, imágenes y silencios. Hay en ese texto una melancolía de la materia, una contemplación del tiempo y de la fragilidad de la existencia que exige una sensibilidad abierta al misterio poético… Pero no, basta que aparezca un burrito y un lenguaje aparentemente sencillo para que la maquinaria editorial decida encasillarlo como infantil. Lo mismo ocurre con Juan Salvador Gaviota, cuya aparente transparencia narrativa esconde en realidad una profunda meditación sobre la trascendencia, la ruptura de la rutina y la necesidad de elevarse por encima de las limitaciones colectivas. Ese libro no le habla a un niño; le habla a la parte más insatisfecha y hambrienta del espíritu humano. Y qué decir de Ningún lugar está lejos, obra luminosa y silenciosa, cuya delicadeza filosófica es tan sutil que muchos la confunden con una simple fábula. Pero bajo esa superficie mínima palpita una reflexión sobre el amor, la distancia y la naturaleza espiritual de los vínculos humanos.

Existe una tendencia grotesca a considerar infantil todo aquello que conserve una relación viva con el símbolo, la imaginación o la fábula. Como si el racionalismo moderno hubiera decidido expulsar del territorio adulto cualquier forma de lenguaje mítico. Basta que una historia comience con “Érase una vez” para que inmediatamente sea empujada hacia el rincón escolar de la infancia. Y así terminamos encontrando absurdos monumentales, como clasificar El criado del rico mercader (con su origen en la mágica tradición de la literatura árabe) dentro de la llamada literatura infantil, ignorando por completo la densidad existencial que atraviesa ese relato. Porque ese cuento no habla de ingenuidad; habla del destino, del miedo, de la imposibilidad humana de escapar de aquello que nos espera, de la muerte en su naturaleza de lo omnipresente. Hay allí una intuición trágica profundamente adulta. Pero nuevamente la estructura narrativa tradicional parece bastar para condenarlo a la trivialización pedagógica, en la que la odiosa guía que convierte la lectura en un castigo y no en una experiencia emocional, en una aventura estética y una abierta posibilidad para a mundos posibles…

Y quizás uno de los casos más reveladores sea Caperucita Roja. Durante décadas se ha reducido ese relato a una simple advertencia moral sobre la obediencia, cuando en realidad el texto está atravesado por una tensión erótica y psicológica de enorme complejidad. La caperuza roja no es un accesorio arbitrario: es un símbolo de iniciación, de despertar corporal, de tránsito hacia la feminidad. El bosque no es solamente un lugar físico: es el territorio de las pulsiones, de lo desconocido, de las zonas oscuras del deseo. Y el lobo no representa únicamente un peligro externo; representa también la irrupción de fuerzas interiores que transforman a la muchacha. El cuento habla del momento en que una adolescente comienza a descubrir su condición de mujer y debe enfrentarse al vértigo de sus propias potencias instintivas. Pero no, aquí también el aparato escolar mutila todo eso para quedarse apenas con una lección disciplinaria: “hay que obedecer a los adultos”. Y así el símbolo muere asfixiado bajo el moralismo.

Lo inquietante es que esta reducción no parece accidental. Existe toda una maquinaria cultural dedicada a producir, financiar, promover y premiar obras ajustadas a ciertos modelos pedagógicos y psicológicos… Y todo, porque para esto operan organismos, editoras interesadas, programas educativos, fundaciones y agencias culturales implicadas invierten enormes recursos en la fabricación de textos “adecuados” para la infancia, donde todo debe ser claro, higiénico, funcional, moralmente seguro. El resultado suele ser una literatura sin riesgo, sin abismo, sin oscuridad simbólica, sin complejidad emocional. Una literatura esterilizada. Y uno no puede evitar preguntarse si detrás de esa obsesión por adaptar la experiencia estética no existe también el deseo de formar individuos menos sensibles a la verdadera potencia transformadora del arte… Un niño que entra realmente en contacto con la gran literatura desarrolla una relación distinta con el lenguaje y con el mundo. Aprende a sospechar de las apariencias. Descubre que las palabras poseen profundidades, abismos encumbrados. Comprende intuitivamente que la existencia no puede reducirse a consignas morales. Y eso representa un problema para cualquier estructura que aspire a fabricar subjetividades dóciles. La sensibilidad auténtica siempre ha sido incómoda para los sistemas de control. Un ser sensible es menos manipulable porque conserva una vida interior intensa. Y quizá por eso resulta más conveniente ofrecerle versiones simplificadas, moralizadas y funcionales de la literatura, donde todo esté previamente interpretado y donde el lector no tenga que atravesar el peligroso territorio de la ambigüedad.

La verdadera literatura siempre desborda todas cercas. Un niño puede entrar en La Odisea sin comprender todos sus niveles simbólicos y aun así quedar marcado por el estremecimiento para siempre por la intensidad de sus imágenes. Puede escuchar fragmentos de Don Quijote de La Mancha y sentir la emoción de la aventura sin necesidad de estar prevalido de análisis académico alguno. Puede leer El principito a los diez años y descubrir un libro completamente distinto a los treinta. Esa es precisamente la grandeza de la literatura: no se agota en una edad. Crece con el lector. Lo acompaña. Se transforma en él. Una obra auténtica no está diseñada para una etapa biológica específica; está diseñada para dialogar con las distintas capas de la conciencia humana… Tal vez el problema no sea que existan libros escritos pensando en la sensibilidad infantil. El problema comienza cuando esa categoría se convierte en una frontera estética y espiritual. Cuando se utiliza para subestimar la inteligencia emocional del niño. Cuando se transforma en un mecanismo para impedirle el acceso temprano a la complejidad simbólica del arte. Cuando el criterio pedagógico reemplaza la experiencia poética. Porque el niño no necesita que le simplifiquen el misterio: necesita poder acercarse a él. Necesita imágenes que respiren, relatos que lo sacudan, palabras capaces de abrir corredores secretos en su imaginación. La infancia no pide protección contra la belleza; pide contacto con ella.

Y quizá sea momento de sospechar de toda clasificación que pretenda domesticar aquello que por naturaleza nació libre. La literatura no tiene apellidos. No es infantil, juvenil ni adulta. Es simplemente literatura… Y cierto es que hay para quienes esto no resulta cómodo, algo que de pronto no se pueda acomodar en los criterios y hasta en los intereses de los que livianamente y resueltamente han entrado por la puerta ancha que ha modelado el mercado y la ideología programática que impone la agenda global, lejos de la certeza que ilumina la verdad única: que la estatura de la literatura no necesita apellido que separe, que disponga quien debe consumirla; y que ella no está para decir simplemente una moraleja, algo que se le parezca o adoctrine, dejando de lado el motivo emocional, el goce de una aventura que ya le pertenece al lector, por el hecho de vivirla… La literatura apellidada le corta las alas al niño, con la pinza de los compartimentos creados por la academia y las instituciones culturales para administrar la experiencia estética según criterios de consumo, control o rentabilidad pedagógica… La literatura verdadera sigue latiendo, porque ella no es algo que hacemos, sino algo que nos ocurre, lejos de esas etiquetas, en ese instante silencioso en que un ser humano, sin importar su edad, siente que una frase ha tocado una zona íntima de su conciencia y algo en él comienza a despertar.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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