Lisboa me hacía ilusión. Visitar la ciudad del poeta Fernando Pessoa representaba una meta en mi aventura viajera. Quien dice Lisboa piensa en Pessoa. No tanto en los múltiples personajes que conforman su “drama en gente” (drama em  gente) o heterónimos, sino en los fantasmas de su obra, que pueblan Lisboa. Miles de turistas visitan la capital de Portugal buscando reencontrarse con su sombra: para oír el eco de sus pasos o el sonido de su voz plural. Al menos, sus lectores, y quienes saben de su vida y de su obra literaria, o la legión de poetas del mundo, que, como yo, admiramos su obra poética, deslumbrante, originalísima  y apabullante.

Desde principios de los años noventa, cuando supe de Pessoa (a través de Octavio Paz), de su portentosa poesía y de su enigmática personalidad, emprendí la tarea de escribir mi tesis de grado sobre su obra poética. Desde entonces no abandoné la idea de conocer su ciudad, pues antes había estudiado portugués para leerlo en su lengua materna. He leído su obra poética y ensayística, en prosa y verso, y consultado documentos, cartas, biografías y estudios críticos. Pero me faltaba cristalizar el sueño de visitar los lugares y sitios por donde deambulaba, como un sonámbulo,  ese ser solitario, taciturno y melancólico, que inventó y creó personajes ficticios (los heterónimos) para combatir su soledad existencial y metafísica.

A principios de junio, tras visitar primero Madrid y París, crucé por vía aérea, de París a Lisboa hasta aterrizar –por primera vez– en la tierra de Pessoa y Camoes. Nos esperaba como anfitrión de lujo, Antonio Ramos, mi amigo, políglota, abogado  y cultísimo diplomático español, quien nos sirvió (a mi esposa y a mí) de guía y cicerone durante cuatro días intensos de caminatas por calles, plazas, iglesias, avenidas, callejones, rincones y monumentos de su rica, mágica y antigua arquitectura. Por casualidad, frente a su casa, en el parque Eduardo VII, se estaba realizando la Feria del Libro de Lisboa. De ahí que nos llevó a conocerla: paseamos por sus casetas y pabellones, en medio de un calor agobiante y sofocante. Asistimos a la presentación de la última novela de Leonardo Padura Fuentes, Morir en la arena, luego que nos invitara mi gran amigo, Daniel Morzinski, y amigo de Santo Domingo (considerado “el fotógrafo de escritores más famoso del mundo”), “feriero” y festivalero, siempre tan simpático y cordial. Tan cálido siempre, capaz de escribir y hablar como toma sus poéticas fotografías, Daniel nos invitó a un café a una librería. Allí me tomó algunas fotos, incluyendo una donde me puso a saltar frente a una pared, en la descubrí una inscripción que reza: “No. 2º Andar Esquerdo desta casa morou entre 1905-1906 o poeta Fernando Pessoa” (Traduzco: En el número segundo Andar Esquero de esta casa vivió entre 1905-1906, el poeta Fernando Pessoa). Fuimos con Antonio, después de un almuerzo que nos ofreció, a ver al afectuoso Daniel. Pero, el café del frente de la librería estaba cerrado. Daniel nos invitó a caminar hasta su casa, un apartamento en un piso ocho, repleto de libros, fotografías (en tamaño gigante conserva la histórica fotografía que le tomó a Borges), objetos artísticos, y con una espectacular vista al río Tajo (el “río-mar”, nos dijo Daniel). Allí nos brindó café, té y pasteles: nos presentó una hermana, muy simpática, y nos contó, con su don del arte de contar (acaso se contagió de escuchar a tantos narradores que ha fotografiado), historias y anécdotas, que nos hicieron sentir en el paraíso borgeano. Para llegar a su casa debimos caminar un kilómetro y subir por una pendiente, que son comunes en Lisboa y no aptas para hipertensos.

Al día siguiente de nuestro arribo a Lisboa, Antonio nos sacó a pasear a pie: caminamos por calles empedradas y escalinatas, y antes por La Avenida da Liberdade, inaugurada en 1882, y que, al decir de muchos, es la avenida más bella de Lisboa, con 90 metros de ancho y 1500 de largo. A ambos lados –como la Rambla de Barcelona o la Alameda de la ciudad de México– está adornada de árboles, jardines, estanques, fuentes de agua, cascadas y estatuas; igualmente, cines, cafés, tiendas y teatros. Al entrar al centro histórico, vimos una estatua sedente de dos obreros en homenaje a los que adoquinaron la ciudad (los adoquines son el suelo de Lisboa y los azulejos, el emblema de su arquitectura), como símbolo de gratitud. Divisamos a lo lejos el Castillo de San Jorge, el imponente puente de hierro 25 de Julio, de color rojo, que se ve de todas partes (el más alto y largo del mundo después del puente de San Francisco), la gran bahía, y el  Tajo, que atraviesa Portugal y que semeja un mar, pues es imposible verle la otra orilla.  Pasamos a ver la única iglesia, San Sebastiao da Pedreira, que sobrevivió al terremoto de Lisboa, de 1755, construida en el siglo XVII; luego la catedral, otras iglesias y capillas, todas llenas de feligreses y turistas. Lisboa es una ciudad de cientos de iglesias, ermitas, conventos, monasterios y catedrales, que parecen interminables. Es una ciudad histórica, de arquitectura mágica, donde se mezclan el art deco, el art nouveau y el arte islámico. Ciudad encantadora, intacta, detenida en el tiempo (con el mismo tranvía de los años treinta: de color verde y amarillo), de monumentos icónicos, atracciones turísticas, colinas, cerros y montañas con vistas panorámicas, que seducen  y atrapan. Visitada por turistas de Estados Unidos, América Latina y del resto de Europa, Lisboa cada vez resulta un centro urbano habitable y amable, por su hospitalidad, gastronomía, bajos precios de las rentas, las viviendas y la comida. Los jóvenes, como huestes, vibran y disfrutan paseando a pie o en bicicletas: comparten cervezas, escuchan fados, y gozan el calor, las noches y los bares. La sardina representa el centro de su vida culinaria, y también  el bacalao. Por doquier se siente el olor a sardinas fritas o cocidas, como si fueran salchichas en barbecue, que comen mientras beben cervezas. En efecto, la sardina simboliza un talismán o un tótem, para los portugueses. De ahí que hagan suvenires, llaveros y múltiples objetos de comercialización, que se expenden en las miles de tiendas de artesanías, que pueblan toda la ciudad antigua.  También probamos la ginjinha (o ginja), una bebida alcohólica, que se bebe en vasos  pequeños, de un solo sorbo, y que se vende en todo el casco histórico. Se trata de un licor o aguardiente hecho de azúcar y canela. La esposa de Antonio, la gentil y atenta Evelyn, nos dio a comer en su casa el pastel de nata, un exquisito postre que enloquece a los turistas. En fin, en Lisboa nos fue de maravilla; fue un viaje de ensueño y enriquecedor.  Evelyn (junto a Antonio), para complacernos, y para que conociéramos otra ciudad turística y viéramos el atardecer, nos llevó en su auto a Cascais, una ciudad turística, situada a treinta kilómetros de Lisboa, de grandes mansiones frente al mar y donde está el Museo de la Misericordia (Museu da Miseridordia). Lugar de excursiones, junto a Sintra, Cascais es un centro de relajación y esparcimiento, y un balneario para disfrutar la comida y la vista nocturna. Allí disfrutamos de la caída del sol: Evelyn nos persuadió de que nos quitáramos los zapatos y entráramos los pies en el agua y la arena, y así lo hicimos, bajo el manto de la oscuridad. Ya por la noche, nos llevaron a cenar, tras cruzar por decenas de bares, restaurantes y cafés, repletos de turistas y bañistas. Ya de regreso, Antonio me mostró una tarja donde dice que allí vivió dos años Mircea Eliade, el rumano historiador de las religiones, pensador y antropólogo, algo que no dejó de sorprenderme, pues nunca me imaginé que Eliade haya vivido en Portugal, y menos en ese poblado, distante de Lisboa.

Otro día, sin la compañía de Antonio, siempre usando Uber, visitamos la Casa Fernando Pessoa. Se trata de un museo moderno, muy documentado: con una estupenda museografía, con librería, auditorio, teatro, galería de arte, la biblioteca de Pessoa, documentos, su máquina de escribir (una Royal 10, de 1919), salas de lectura, su pasaporte, sus lentes, una fosforera, una boquilla para fumar, unas gafas, un billete, diplomas, certificados escolares, postales, emblemas, portamonedas, una cuchara, entre otros objetos. Esta Casa-Museo Fernando Pessoa es una joya museológica, repleta de informaciones, muy didáctica, bien concebida: representa una visita obligada para todo aquel que quiera saber y conocer sobre la vida personal e íntima del poeta luso, emblema turístico de Lisboa (como Kafka de Praga).

Antes de visitar su museo, fuimos al monasterio de los Jerónimos, Panteón Nacional, donde están las tumbas de Pessoa, Almeida Garrett, Camoes (el Poeta Nacional) y Vasco de Gama. Se trata de un monumento arquitectónico, construido en piedra de granitos, por el rey don Manuel I, en 1502: testimonia la maravilla del imperio portugués, de su época de esplendor y de la era de los descubrimientos, cuando Portugal fue líder en la navegación como potencia imperial colonizadora. Este monasterio es impresionante: está cubierto de hornacinas, estatuas, relieves, armas y emblemas renacentistas.

Portugal fue la patria de Vasco de Gama, el descubridor de la India, el explorador que realizó el primer viaje marítimo de Europa a la India, entre 1497 y 1499, desde Lisboa al África, pasando por el Cabo de Buena Esperanza hasta arribar a Calcuta, el 20 de mayo de 1498. El monasterio de los Jerónimos es el monumento más visitado por turistas: se hacen largas filas y hay varios turnos y horarios de entrada. Aprovechamos para ver el Museo de Arte Contemporáneo, que está al lado, un majestuoso edificio,  en cuyo frente se levantan varios grupos escultóricos, estatuas ecuestres, jardines y fuentes de agua. Cruzamos la avenida para apreciar y tomarnos fotos en la Torre de Belem, un formidable monumento de la arquitectura militar del siglo XVI, de estilo románico, gótico y morisco, erigido en la orilla del río Tajo. Es quizás el monumento más famoso de Lisboa, levantado sobre el agua y construido para defender la ciudad de los ataques marítimos. A su alrededor hay decenas de tiendas de regalos y suvenires. Este fuerte lo usan los turistas del mundo para tomarse fotos de todos los ángulos o hacerse selfies: representa el poderío del imperio naval y militar portugués, y fue construida como prisión en la Playa do Restelo. Fue el punto desde donde partían las embarcaciones hacia las conquistas y descubrimientos, y sirvió de defensa de Lisboa. La mandó a construir, entre 1515 y 1521, el rey don Manuel I, en el seno del río, pero, con el paso del tiempo, sus aguas se retiraron, dejando  la torre enclavada en la orilla. Es un monumento magistralmente esculpido, tallado, con altorrelieves y decorado por espléndidas estatuas: representa una maravilla y un prodigio de piedra, de fascinante belleza. Posee cinco celdas subterráneas y se baja hasta ellas por una escalera de piedra de 35 peldaños: en el segundo piso está la Armería; en el tercero, la Sala regia; en el cuarto, el Refectorio; en el quinto, la Residencia Real, y en el sexto, la Azotea. El ascenso se logra tras subir sus 123 escaños.  Frente a la Torre hay una inscripción que reza: “Ao infante DHenrique e aos portvgveses qve descobririr-am os caminhos do mar”. (Traduzco: “Al infante don Henrique y a los portugueses que descubrieron los caminos del mar).

Lisboa no existiría sin el Tajo: representa el alma y la sangre de la ciudad. Es un mar de agua dulce: morada de sardinas y peces, navegable y espacio natural para las miradas y los sueños. Fernando Pessoa lo inmortalizó así:

“Por el Tajo se va al Mundo.

Más allá del tajo está América

Y la fortuna de quienes la encuentran.

Nadie ha pensado nunca en lo que hay más allá

Del río de mi aldea.

El río de mi aldea no hace pensar en nada.

Quien se encuentra a su lado, solo a su lado está”.

Pessoa vivió en innúmeros barrios y casas y en cuartos de alquiler, y de la caridad de algunos de sus amigos como Mario de Sa-Carneiro, poeta y su mejor amigo, y cuyo suicidio, en París, a los 25 años, lo dejó devastado (“Éramos un diálogo en un alma”, dice Pessoa en un poema). Pessoa era un transeúnte que divagaba por sus calles, ebrio o sobrio, a veces mojado por la lluvia. Cuando murió de un cólico hepático, el 30 de noviembre de 1935, lo último que pidió fueron sus gafas. Sin embargo, su espíritu y su alma atormentada, astrológica, esotérica, cabalística y mística, siguen vagando como un espectro “en la Brasileira, do Chiado o del Rossio, en el Martinho da Arcada”.

Caminar por los barrios de Lisboa como Barrio Alto, Chiado o Baixas, subir a las colinas para tener mejor vista de la ciudad o contemplar el pequeño tranvía antiguo, visitar la catedral de Lisboa, construida en 1147, de estilo ecléctico y reconstruida muchas veces, representan experiencias irrepetibles para las miradas y los sentidos. Otra aventura mágica y fascinante constituye visitar y caminar por la Plaza del Comercio (antes llamada Terrado del Palacio), que los ingleses denominan Plaza del Caballo Negro, una de las mayores plazas del mundo. Se trata de una enorme plaza cuadrada, rodeada de largos edificios uniformes, pintados de amarillo, donde convergen diversas calles y puertas de salidas y entradas.  A su alrededor se encuentran los Ministerios, el Correo y el Telégrafo, la Aduana, la Procuraduría, Migración, el Tribunal Administrativo, la Cruz Roja, entre otros. Es acaso la plaza más visitada por los turistas, quienes se toman fotos frente al letrero de colores que dice Lisboa. Estar ahí es sentirse en su centro de atracción más vivo, vital y festivo, tanto para los lisboetas como para los forasteros. Allí se siente el calor humano, las vibraciones de la ciudad, y donde confluye el presente móvil de la ciudad, en diálogo secreto, con el pasado imperial.  Detrás de la Plaza está, imponente, el Tajo, saturado de barcos y lanchas, y en el centro, la monumental estatua ecuestre en bronce del rey José I, construida en 1774. Desde esta plaza, se entra al centro de la ciudad por sus tres calles: Calle del Oro (la principal), Calle Augusta (con arco) y Calle de la Plata. Visitamos también la Plaza D. Pedro IV o Rocío o Rossio, que representa el corazón de Lisboa, pues en ella confluyen –o convergen– casi todas las líneas de transporte de pasajeros.

En 1755, como se sabe, Lisboa fue devastada por un histórico terremoto, el cual destruyó la mayoría de sus edificios y monumentos de su patrimonio arquitectónico. Pero fueron restaurados y reconstruidos con sus estilos originarios, pese a la dimensión y la magnitud del sismo. Este terremoto, acaso el más famoso del mundo, dejó huellas simbólicas en la memoria histórica de los portugueses, pero no fue óbice para su transformación y su recuperación arquitectónicas. Lisboa posee un mágico patrimonio arquitectónico y artístico.

De los lugares que me hacía más ilusión conocer era El Café A Brasileira, uno de los más antiguos de Lisboa, situado en el barrio de Chiado, fundado en 1905. Lugar de reuniones y encuentros de artistas y escritores, fue el lugar preferido por Fernando Pessoa. En su honor se colocó una estatua sedente, esculpida en bronce, con su clásico sombrero y con una pierna sobre la otra. Al lado hay una mesa hexagonal. Fue colocada en el año 1988, en ocasión del centenario de su nacimiento. En dicha ocasión, el gobierno decidió también trasladar sus restos al monasterio de los Jerónimos, junto a los de Vasco de Gama y Luis de Camoes, el poeta nacional y padre de la lengua portuguesa, cuya estatua principal también se encuentra cerca de la de Pessoa, en la misma rua Garrett. En el Café A Brasileria, diariamente, Pessoa escribía, hablaba con sus amigos, bebía vino (lo cual lo llevó a una muerte temprana, a los 47 años, de cirrosis hepática) y se pasaba horas muertas pensando, tomando notas y apuntes, o tomando café fuerte (traído de Brasil), llamado “bica” (o café expreso). En este lugar, color verde, se exhibe su primer libro impreso de poesía, Mensage (Mensagem), su único libro premiado (que tuvo como primer título provisional Portugal), y que se vende en ediciones de diversas lenguas. La estatua sirve para que los turistas se tomen fotos, posen a su lado, lo abracen y hasta dialoguen con él. Yo tuve que esperar mi turno, sentado con Antonio y Marta, bebiéndonos una cerveza, hasta que una joven terminara de posar para un dibujante, y raudo, me senté, antes de que una pareja de turistas lo hiciera primero. Frente al Café A Brasileira, se encuentra la Librería Bertrand, considerada la “librería más antigua del mundo”. Fundada en 1732, sigue activa y visitada por los turistas del mundo: sobrevivió al terremoto de 1755, a revoluciones  y crisis económicas. En 2016, fue declarada por el libro de Guinness de Récords Mundiales como “la librería más antigua del mundo en operación”. Posee una cadena de 58 librerías en todo Portugal y tiene seis salas y una oferta de más de 70 mil libros, en un espacio de 583 metros cuadrados. Fue destruida en gran parte por el fatídico terremoto de 1755, cuando estaba en la rua Capela y trasladada a la 73 de Rua Garrett, donde se encuentra actualmente. Siempre ha sido un centro vital de la vida intelectual, política y cultural de Lisboa. Ha tenido como clientes a los escritores Eca de Queiroz, Antero de Quental, entre otros. Desde 1933 funciona también como imprenta, por lo que editan libros en portugués, inglés y algunos en español, amén de editoriales de España.

Antes de nuestra salida de Lisboa, visitamos el Centro de Arte Moderno Gulbenkian, donde se exhiben pinturas, dibujos y esculturas, se presentan conferencias y se realizan conciertos. Posee una magnífica tienda, exuberantes jardines, biblioteca, salas de espectáculos, auditorio  y piezas de arte clásico y moderno. Se trata de una fundación privada. Fue creada en 1956 por el coleccionista Caloustre Gulbenkian, un magnate propietario de pozos petroleros de origen armenio.

A nuestra salida de Lisboa, rumbo de nuevo a Madrid, nos fuimos con el sabor dulce de la nostalgia, dejando atrás, desde la ventana del avión, su gran bahía, el Tajo inmenso de aguas serenas, las imponentes colinas, las calles adoquinadas, los azulejos de los edificios, las cúpulas de ladrillo de sus monumentos y el olor a sardina. Lisboa, añorada y soñada, quiere verme regresar, en memoria de Pessoa y como recuerdo de la hospitalidad de Antonio y Evelyn, y la sonrisa inteligente e inocente de sus hijos, Antonio Jr. y Alejandra.

Basilio Belliard

Poeta, crítico

Poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en filosofía por la Universidad del País Vasco. Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y Premio Nacional de Poesía, 2002. Tiene más de una docena de libros publicados y más de 20 años como profesor de la UASD. En 2015 fue profesor invitado por la Universidad de Orleans, Francia, donde le fue publicada en edición bilingüe la antología poética Revés insulaires. Fue director-fundador de la revista País Cultural, director del Libro y la Lectura y de Gestión Literaria del Ministerio de Cultura, y director del Centro Cultural de las Telecomunicaciones.

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