"Vivimos en el mejor de los mundos posibles." Pocas afirmaciones filosóficas han provocado tantas burlas como esa.
Voltaire la convirtió en motivo de sátira. Después de terremotos, guerras, epidemias y miserias, ¿cómo podía alguien en su sano juicio sostener semejante optimismo?
No obstante, detrás de aquella tesis no había ingenuidad, sino uno de los sistemas filosóficos más ambiciosos jamás concebidos.
Su autor fue Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716): matemático genial, descubridor —junto con Newton— del cálculo infinitesimal, jurista, diplomático, historiador y filósofo. Uno de los últimos hombres capaces de abarcar casi todo el saber de su tiempo.
Vivió en una Europa desgarrada por guerras religiosas, rivalidades dinásticas y profundas desigualdades. Conocía demasiado bien el sufrimiento humano como para desconocerlo.
Precisamente por eso dedicó buena parte de su vida a buscar aquello que otros consideraban imposible: principios racionales capaces de reconciliar iglesias, pueblos, gobiernos y saberes.
Su optimismo nunca fue una invitación a cerrar los ojos. Fue una invitación a abrir la inteligencia.
Y ahí comienza la contrariedad.
Aquel hombre del siglo XVII que confiaba en que la razón podía ordenar el mundo fue, al mismo tiempo, uno de los grandes precursores intelectuales de un mundo que hoy funciona mediante cálculos, algoritmos, modelos matemáticos y sistemas de información y de vigilancia.
¿Qué diría Leibniz si despertara en pleno siglo XXI? ¿Qué pensaría de un mundo donde cada búsqueda en Internet, cada compra con tarjeta, cada conversación telefónica y cada desplazamiento dejan una huella digital? ¿Cómo juzgaría una época en la que gobiernos y gigantes tecnológicos conocen nuestros hábitos con una precisión que ningún monarca absoluto llegó siquiera a imaginar?
Probablemente comenzaría con una cuestión perturbadora: ¿quién controla realmente el conocimiento?
Durante toda su vida, Leibniz defendió una confianza extraordinaria en la razón humana. Estaba convencido de que el conocimiento permitía disminuir los errores, reducir los conflictos y ampliar las posibilidades de libertad y de armonía colectiva. No veía oposición entre ciencia y progreso moral. Al contrario, aspiraba a que ambos avanzaran en conjunto.
Difícilmente habría rechazado la revolución tecnológica contemporánea. Resulta contradictorio que una humanidad capaz de estar instantáneamente conectada de un extremo al otro del planeta siga encontrando tantas dificultades para reconocerse como una comunidad moral.
Él mismo soñó con una “characteristica universalis”: un lenguaje racional común que permitiera expresar con precisión nuestros pensamientos y resolver desacuerdos mediante argumentos y no mediante la violencia. Calculemus: calculemos. Allí donde los hombres discuten interminablemente, Leibniz imaginaba que algún día podrían sentarse frente a una mesa y, en lugar de disputar, calcular.
La frase parece escrita para nuestra época.
Nunca la humanidad había calculado tanto. Nunca había dispuesto de semejante capacidad para procesar datos. Y nunca las matemáticas habían gobernado tan silenciosamente la vida cotidiana.
Calculamos riesgos, probabilidades, mercados, enfermedades, desplazamientos, elecciones, preferencias y comportamientos. Las máquinas procesan cantidades de información que ningún individuo podría abarcar durante toda una vida.
Vivimos, casi sin advertirlo, dentro del universo de los algoritmos.
Y aquí comienza la contrariedad subyacente. El matemático que soñó con liberar a los hombres mediante el conocimiento habría descubierto que el mismo conocimiento también puede convertirse en instrumento de vigilancia y dominio.
Pero ahí comenzaría, precisamente, su preocupación. La inteligencia en Leibniz no podía quedar desligada de la moral. El verdadero progreso no consistía en acumular información, sino en orientar el conocimiento hacia el bien común. Saber más no significaba necesariamente vivir mejor.
Una sociedad capaz de saberlo casi todo acerca de sus ciudadanos, pero incapaz de garantizar justicia, libertad o dignidad, habría representado para él una contradicción fundamental.
La cuestión ya no consiste únicamente en que se recojan y acumulen datos, sino en saber para qué sirven. La pregunta deja de ser ‘¿qué habría pensado Leibniz de Internet y de la inteligencia artificial?’ y pasa a ser, por fin, ¿qué ocurre cuando el sueño leibniziano de una razón capaz de calcular el mundo se realiza tecnológicamente, pero no necesariamente moralmente?
Cuando el conocimiento deja de emplearse para comprender y comienza a utilizarse para controlar, la razón corre el riesgo de degradarse en simple técnica del poder.
Leibniz habría reconocido inmediatamente la enorme asimetría que caracteriza nuestra época. Un número reducido de gobiernos y corporaciones posee información sobre miles de millones de personas. Conoce sus desplazamientos, sus gustos, sus amistades, sus temores, sus enfermedades y sus preferencias políticas.
Los observados, en cambio, apenas saben nada acerca de quienes los observan.
Ese desequilibrio difícilmente podría reconciliarse con una de las definiciones más hermosas de la justicia que dejó Leibniz: “La justicia es la caridad del sabio.”
Ser justo no consiste únicamente en cumplir la ley. Consiste en organizar la convivencia de tal manera que cada persona pueda desarrollar plenamente sus capacidades racionales y morales.
Reducir a un individuo a un perfil estadístico o a un conjunto de datos significa, precisamente, desconocer aquello que lo hace más que un objeto de cálculo.
Pero Leibniz no habría terminado ahí su reflexión.
No fue un filósofo de la desesperanza. Fue, probablemente, uno de los grandes optimistas de la modernidad. Su célebre tesis de que vivimos en el mejor de los mundos posibles suele entenderse mal. No significa que vivamos en un mundo perfecto, ni que Leibniz desconociera la existencia del mal. Su problema filosófico era mucho más difícil: cómo conciliar la existencia del mal con la bondad, la sabiduría y la racionalidad de Dios.
La tesis del mejor de los mundos posibles pertenece precisamente a ese intento de responder al problema del mal. No significaba que nada pudiera mejorarse. Quería decir que la realidad posee un orden inteligible y que, aun dentro de sus limitaciones, existen razones para comprenderla, actuar sobre ella y perfeccionarla.
Su optimismo era una responsabilidad. No una excusa.
Por eso, hoy, dirigiría sus críticas menos contra la tecnología que contra nuestra incapacidad para gobernarla éticamente. El problema no es que las máquinas sepan demasiado, sino que los seres humanos todavía no sabemos con suficiente claridad qué queremos hacer con aquello que las máquinas saben y hacen.
La observación adquiere especial importancia en una época atravesada por guerras, polarización política, desigualdades y desconfianza crecientes.
Resulta contradictorio que una humanidad capaz de comunicarse instantáneamente de un extremo al otro del planeta siga encontrando tantas dificultades para reconocerse como una comunidad moral.
Leibniz pediría más razón. Pero no una razón reducida al cálculo económico o a la eficiencia tecnológica, sino una facultad capaz de preguntarse por la justicia, la libertad y el bien común.
Ahí reside la verdadera actualidad de aquel matemático sin par. Leibniz no solamente calculó. Imaginó que el mundo podía ser comprendido mediante el cálculo. Y esa intuición terminó siendo mucho más poderosa de lo que probablemente pudo sospechar.
Hoy calculamos incluso aquello que todavía no ha sucedido. El futuro mismo se ha convertido en un objeto de cálculo. Y, sin embargo, hay algo que ningún algoritmo puede decidir por nosotros: ¿qué futuro queremos?
Ahí termina la matemática y comienza la responsabilidad.
Admito que, en mis días menos optimistas, suelo releer a Leibniz. No porque ignore las tragedias del presente, pues su filosofía recuerda una verdad que conviene no olvidar: la esperanza también puede ser una forma de inteligencia, particularmente cuando está arraigada en el presente.
El progreso auténtico no consiste en perfeccionar los instrumentos con los que condicionamos y vigilamos a los demás, sino en perfeccionar los principios con los que decidimos qué hacer con aquello que sabemos.
Una civilización será juzgada por la sabiduría con que aprendió a utilizar su conocimiento, y no por la cantidad de información que logró acumular o sujetos que llegó a manipular.
Como nos recuerda el dicho martiano, “hasta el sol tiene manchas”. Así también toda filosofía lleva consigo su propia sombra. Y el optimismo de Leibniz tendría, apenas un siglo después, una respuesta contundente. Un contraargumento radical.
Otro filósofo contemplaría el mismo mundo que él y no encontraría en esa realidad los rastros de un orden racional orientado hacia el mejor de los resultados.
Vería, sí, una fuerza ciega, una voluntad que nunca deja de desear y que, precisamente por eso, nunca deja de sufrir.
Su nombre era Arthur Schopenhauer.
Bibliografía
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