Mario Levrero (1940-2004) escritor de prosapia montevideana, pese a ser desde hace varios años objeto de culto en Uruguay, Argentina y en círculos letrados españoles, pertenece a ese cenáculo de escritores solitarios cuyo ingente talento germinó bajó la sombra espesa del Boom latinoamericano. Fue relegado por el marketing novelístico y la magia innovadora de Vargas llosa, Cortázar, García Marques, Cabrera Infante y otros, a una equívoca sala de espera cultural. Polifacético, fue dibujante de comics, librero, fotógrafo, colaborador en la sección humor del periódico El Popular. Afanoso lector de ciencia ficción y novelas policíacas, inscribió sus creaciones literarias en la tradición uruguaya que rehusó poetizar la realidad cotidiana o social en torno a temas de grupos subyugados; no se dejó seducir por la estética de lo real maravilloso, alejada de sus obsesiones. Críticos ociosos y un tanto precipitados por encontrarle a Levrero un holgado sitial en una taxonomía narrativa acomodaticia, después de equipararlo a Frank Kafka, intentaron leer sus cuentos a la luz del relato fantástico rioplantense.
El gran critico uruguayo Ángel Rama, ponderó con astucia las novelas y cuentos de Levrero, ubicándolo junto al eximio uruguayo Felisberto Hernández en la categoría de escritores ‘’raros’’, aquellos que, sin subvertir la grisácea realidad, muestran su desnudez y sinsentido, y sobre todo las gesticulaciones y movimientos absurdos de los personajes desustanciados que la habitan.

Mario Levrero es el escritor vocero del hombre despersonalizado en lugares anónimos.
En sus narraciones no hay apariciones fantasmagóricas imprevistas, ni metamorfosis de personajes, ni poderes ocultos. Su trilogía novelesca La Ciudad, El Lugar y París muestra espacios citadinos tan huecos como los personajes. En sus tramas narrativas, no ocurre nada o lo que se manifiesta es una incongruencia de situaciones, cuyo desenlace es la ausencia de desenlace sustancial. El hombre protagónico en los espacios citadinos ni siquiera es un personaje de relato, no tiene nombre, no sabe bien qué hace ni dónde se encuentra.
En la novela La ciudad el personaje narrador sin huella identitaria, sube a un camión, a fin de fugarse de sí mismo, no logra comunicar con el camionero ni la mujer, se dispersa, llega a una parodia de ciudad cuyo epicentro es una estación de gasolina sin clientes y un encargado bonachón, con marcado talante a la vez de payaso y de gerente. Encerrado en su antro que denomina ciudad, la patología existencial del encargado Giménez es sentirse agraciado por un ambiente desvaído. El dueño del único bar visitado expresa una sorda indiferencia por la presencia del narrador y el pedido de los clientes. Desconcertado, el narrador considera que la ciudad no es más que “ un puñado de casas con alguna luz amarillenta dando un toque más profundo de miseria y soledad’’. En La decaída urbe, el sentimiento de extrañeza aumenta con letreros y mapas de la estación de gasolina en una “extraña lengua”, una plaza con tres borrachos que pelean encarnizadamente. Los espacios (el bar y la estación de gasolina), caminos y callejas, no acogen el alma frágil de las personas, más bien son la epifanía de una cotidianidad desquiciada, de la vacuidad que los cierne.
En su otra novela corta El lugar, el narrador y antihéroe, está atrapado en una habitación. De los vastos espacios sin sentido de la novela anterior pasa el personaje (réplica del otro) hacia angustiosas habitaciones de apartamento u hotel de donde logra salir a duras penas. Entre él y la habitación carcelaria donde inicia azorado su periplo, en aquel falso hotel, el abismo existencial es insuperable, La repetición espacial de las habitaciones marca la uniformidad citadina. Los cuartos y pasillos se reproducen y no desembocan en un ámbito humano de quietud y diálogo. El antihéroe se pregunta ‘’dónde estaba, cómo había llegado ahí’’. Cuando logra salir y ubicar presencia humana, se confronta con una pareja incongruente, que habla un idioma extraño; este desencuentro simboliza más bien la incomunicación reinante en citadinos cuyos destinos se cruzan, pero no confluyen en una relación comunicativa. Las palabras se deshacen como hojas caídas de un árbol en un anónimo humedal.
El personaje ignora su propia identidad y en esa lógica desconoce los lugares. Esa sensación de extrañeza hace de él un desnortado, incapaz de moverse en los espacios interiores. Se topa a la salida con personajes estrafalarios, exploradores o desarraigados. Algunos críticos precipitados para encontrar vasos comunicantes entre la narrativa de Levrero y algún autor o escuela, señalan, como solución de facilidad comparativa a Kafka, otros la ciencia ficción. Como apuntó Pierre Zima en un trabajo de sociología textual La ambivalencia narrativa: Kafka, Musil, Proust, en el El proceso de kafka, se pone en escena la crisis de valores (autoridad, justicia, comunicación), y la ambigüedad del sentido del mundo circundante de Joseph K. acusado además en la novela de un delito innominable. En la novela de Kafka hay una historia contada, un sentido frágil en crisis, pero en las novelas de Levrero los personajes enfrentan el sinsentido, no encaran a una autoridad psicorígida y arbitraria sino el vacío, a seres deshilvanados, a espacios desalmados. No saben por qué están donde están. Hay más de Samuel Beckett que de Kafka en Levrero. Los derroteros sinuosos de sus personajes despersonalizados se asemejan a las gesticulaciones y a los diálogos fragmentados de los personajes de Beckett. Los espacios dan a otros espacios donde se extiende la desesperanza. Hay alguna sombra de la gran novela de Dino Buzatti, el Desierto de los tártaros donde en una aislada fortaleza el oficial Giovanni Drogo, espera, envuelto en un tedio mortal el ataque del enemigo. No ocurre nada. Ahí se paran las semejanzas.
Podemos osar una hipótesis interpretativa. Las novelas de Levrero pueden ser leídas como parábolas sobre el individuo moderno falsamente libre, disperso en una ciudad regida por el anonimato y la obligación de coexistir, no con su prójimo, sino con sombras.
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