La portada de un libro es el primer encuentro entre el lector y la obra, no es un simple adorno, ni un elemento secundario, es la imagen que anuncia que existe un trabajo una obra que merece ser descubierta y leída, muchos la pueden considerar como un simple elemento visual, pero en realidad es mucho más que eso: es el rostro de la obra.
Cuando un libro nace son muchas las manos que contribuyen a hacerlo realidad. Está quien lo escribe, quien lo corrige, quien lo edita, quien lo prologa y quien se encarga de convertir sus páginas en una publicación. Sin embargo, hay un elemento que suele recibir al lector antes que todos los demás: la portada. Antes de conocer sus versos, sus relatos o sus reflexiones, el lector se encuentra con una imagen, unos colores, una composición y un título que comienzan a revelar la esencia de la obra. En ese primer contacto puede despertar la curiosidad, la emoción o el deseo de descubrir lo que se esconde entre sus páginas. En ese sentido diseñar una portada no es algo fácil, no tiene que explicar todo lo relacionado con el libro, pero debe interpretar y tener una relación armoniosa entre la imagen y la palabra, y cuando el autor escoge una portada se supone que es porque le encuentra esa armonía, y ella puede hacer que en el primer contacto visual del posible lector con el libro, éste decida tomarlo entre sus manos.
La portada de un libro además debe ser muy importante para su autor, es la representación visual de un sueño, después de tantas horas de escritura, correcciones, dudas y esfuerzos, contemplar su nombre y el título de su obra en la cubierta de un libro produce una emoción difícil de describir. Allí, en esa primera imagen, comienza a hacerse visible aquello que durante tanto tiempo habitó en su imaginación.
La portada tiene una gran prioridad, un lugar fundamental dentro de la presentación editorial, ciertamente que ésta no sustituye la calidad del contenido, mas contribuye a la atracción y percepción inicial del libro. Si bien es cierto que un libro debe sostenerse así mismo por lo que contiene, no menos cierto es que la portada puede ser el único motivo por el que una persona decida comprar u optar por dicho libro.
De ahí que el autor deba reconocer con gratitud a quien hizo posible esa primera expresión visual de su libro. Agradecer al diseñador o al artista de la portada es reconocer una labor creativa que, aunque se encuentra fuera de la escritura, forma parte de la construcción integral de la obra. Su aporte merece ser mencionado con respeto, no como una cortesía protocolar, sino como el reconocimiento a una sensibilidad que ayudó a vestir de imagen aquello que nació de la palabra.
En ese sentido aprovecho esta ocasión para agradecer nuevamente a Racso Morejón por regalarme la portada de mi más reciente libro: "Donde el silencio cuenta", porque crear un libro es un largo recorrido y en ese recorrido, la portada no es lo último que importa ni lo primero que debe juzgarse; es, sencillamente, el rostro que invita a conocer el alma de la obra.
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