¿Realmente se puede sufrir por el país en que se nace? ¿La tierra en la que abrimos los ojos y nos vio crecer? ¿Donde no importa en qué otro lugar estemos, ese siempre será nuestro hogar? En el poema Hay un país en el mundo, de Pedro Mir, se evidencia que ese sufrimiento es posible. La obra constituye una expresión de dolor, un llanto que no halla consuelo, en el que el autor manifiesta la aflicción provocada por la realidad social de su patria.
El poema es una crítica a la situación que atravesaba el país. El autor utiliza un lenguaje rico en imágenes para describir la maravillosidad del país, su hermosura, sus frutos, lo que se encuentra a su diestra y siniestra. Esta es una de las características más llamativas y por qué el poema es tan famoso. “Hay un país en el mundo, colocado en el mismo trayecto del sol” (Pedro Mir, 1949). Eso y más fueron palabras de encanto que nos envuelven en la hermosura del oriundo de la noche. Hace a cualquiera imaginar que se trata de la tierra prometida y todo el que ame su tierra y lea lo bello en el poema desea que de su país se trate.
Sin embargo, el verdadero mensaje no es su belleza; no es ahí donde se encuentra la crítica. Eso solo fue una cortina de humo. El verdadero mensaje es que su hermosura, sus frutos, su gente, incluso sus rayos de sol, están siendo maltratados, robados, destruidos. Así, sin más, “Sencillamente triste y oprimido. Sencillamente agreste y despoblado” (Pedro Mir, 1949).
¿Cómo es posible que un país tan rico, lleno de tantas maravillas, se vea en la ruina? La belleza y la miseria son una contradicción conjunta. Se podría creer que donde hay una, no hay cabida para la otra. No es así. Todo lo que carece de encanto lo tuvo una vez, pero le fue despojado. El exceso de beldad suele recibir huéspedes que lo quieren todo. La envidia y el deseo de poseer acaban con la persona que lo vive y con aquellos que se cruzan en el medio. En silencio, poco a poco, con una sonrisa en el rostro y un velo amoroso que cubría la maldad, el país se fue quedando sin nada. Sin frutos, sin tierra, sin gente.
La gente, los campesinos, aquellos que trabajaban su tierra con amor y devoción. Aquellos que subían y bajaban las altas lomas cantando y bailando, agradecidos con el Altísimo por el verde de sus tierras. Aquellos que puedo definir como el activo más importante en una nación estaban siendo oprimidos, vejados, desterrados. Les arrebataron sus tierras, su cosecha, sus ganancias, sus ansias por vivir. En palabras del autor: “Hay un país en el mundo donde un campesino breve, seco y agrio muere y muerde descalzo su polvo derruido, y la tierra no alcanza para su bronca muerte” (Pedro Mir, 1949).
¿En razón de qué? Si somos de barro y polvo, y al final de nuestros días volvemos a eso. A ser parte del suelo en que nacimos. ¿Por qué dividirlo, racionarlo y/o robarlo? Como si no fuera de todos. En 1949, Pedro Mir dijo: “los campesinos no tienen tierra”. Pero no eran solo los campesinos. Utilizó esta palabra como referencia para dirigirse a todo el pueblo. Lo que se encuentra en la falda del monte y al pie de la colina no le pertenece solo al Jefe; le pertenece a todo el pueblo dominicano.
El despojo no era solo de territorio; lo era también de dignidad, identidad y respeto. Perdieron su humanidad; no tenían derechos ni voz. Estaban sometidos a los deseos de un general que olvidó o no le importó la humanidad. Trató a las personas como títeres, piezas de su juego, en el que a base de amenazas y crimen llevaba la delantera.
¿Quién posee valor para levantarse y luchar contra el régimen? Muy pocos, puesto que quienes se atrevieron fueron silenciados, exiliados, enviados a vivir al otro lado junto a la parca. Mir fue uno de ellos. Un dominicano que sentía el latir de su país, que se preocupaba por su gente. Intentaron callarlo y la mejor solución fue sacarlo del país, como si no fuera su casa, como si le perteneciera a Trujillo. Su pueblo se reducía a escombros y tomó la decisión de no quedarse callado.
Desde el exilio no pudo hacer más que expresar su descontento, su tristeza. Se convirtió en la voz del pueblo al erigir el poema que más adelante lo consagra como poeta nacional. El poema no es solo una expresión, es una denuncia. Una crítica social directa al régimen de Leónidas Trujillo. Es la unificación de las voces que creyeron perdidas y quisieron doblegar. Voces que se encontraron en el viento y juntas forjaron un himno de clamor a la injusticia.
Voces que se elevaron y se plasmaron en papel para despertar conciencia. Para recordarle al pueblo dominicano que no puede ser inmigrante en su propia tierra. Que la opresión no es la manera en que vivimos. Aquí, donde cada colina parece un corazón, es un pueblo libre, un país libre.
No obstante, aquellos que se encargaron de ser el monstruo que consume la tierra, aquellos que se convirtieron en el ingenio, aquel que se creía el Jefe, la vida se encargaría de darle su merecido. Por los justos, los inocentes. Por los que solo querían vivir y desearon hacerlo dignamente. Como dijo Pedro: “Los que la roban no tienen ángeles” (Pedro Mir, 1949). Nada ni nadie podría salvarlos; sellaron su sentencia el día en que se convirtieron en dueños y jueces de la tierra que nos pertenece a todos.
En definitiva, Hay un país en el mundo, de Pedro Mir, no es solo una expresión de dolor, sino una denuncia firme de la injusticia y el saqueo que sufrió el pueblo dominicano. El autor convirtió el sufrimiento colectivo en una voz que reclama dignidad, tierra y libertad. En este sentido, el poema se alinea con el ideal expresado por Juan Pablo Duarte: “Nuestra patria ha de ser libre o se hunde la isla”, reflejando el sentimiento de un país que no puede existir sin justicia ni libertad para su gente.
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