Capítulo I
Cuando desperté, Yeshúa no estaba echado a mi lado. Lo supe porque lo busqué a tienta y sin suerte en la estera. Se sentía aún la tibieza de su cuerpo en la manta y, como una revelación, ese aroma a aurora que de él emanaba… Y entonces, me di despacio a recordar como lo conocí:
… No fui por él. Ni siquiera sabía que él estaría allí. Fui porque no podía más con el ruido del mundo. Había pasado la noche anterior aturdida entre esas sombras que salían a mi encuentro cuando me entraban ganas de llorar. Un hombre me había llamado de cualquier modo y se había ido sin mirarme siquiera. Me dejó sobre el lecho algunas monedas y un frío que no me cabía en el cuerpo. Ese día, al rayar el alba, sentí la urgencia de salir del pueblo, de encontrar un lugar donde pudiera respirar y no tener que esconderme de mí misma.
Caminé hasta Séforis, la ciudad de coloridos mosaicos de estilo griego, donde el teatro se ofrecía abierto a la regia memoria de piedras blancas. Me hacía bien sentarme en un extremo de la grada, donde nadie preguntara nada. Allí podía olvidar quién era y recordar lo que fui antes de ser juzgada, antes de ser ultrajada por un soldado romano a los doce años, camino al pozo, antes de que comenzaran a visitarme los grandes señores, los altos oficiales y sacerdotes hipócritas. Pero no estaba sola. Al llegar, vi un grupo reunido bajo un sicómoro. No había toldos, ni mesas, ni incienso, solo tierra e imprecisiones de un murmullo callado. Me acerqué, sin saber porqué. Me senté entre unos niños que comían dátiles y se reían con la boca llena. Y entonces lo escuché. No hablaba en voz alta. No imponía su palabra. Su voz era como un río que va por dentro; y cada frase que decía era un cuenco de agua fresca.
Contó algo sobre un sembrador, pero yo no escuchaba con los oídos. Algo en mí se abrió al sonido de su voz, como si las células de mi cuerpo recordaran una música muy antigua. Sentí que me nombraba sin saber mi nombre. Una emoción nueva, no tristeza, no alegría, sino algo más profundo me llenó y rebalsó por los ojos. Lloré sin saber por qué.
Entonces, él alzó la mirada y me vio. No me miró: me vio. Sus ojos eran limpios, como los de un niño que aún no ha aprendido a temer. Pero también eran sabios, como si hubieran visto la caída de las hojas en el agua y girar en un charco de claridad, antes de irse corriente abajo. Su mirada no juzgaba. No buscaba encontrar culpa ni pecado. Al mirarme, fue como si me tocara, como si el solo hecho de ser mirada por él me restaurara. Y en ese instante lo supe: él me conocía desde otros tiempos. Lo sentí con la certeza que no se aprende en libros. No fue una idea ni una impresión, fue como si una parte de mí, dormida desde siempre, despertara al oír su voz y al sentir su mirada, igual que un manantial que llevaba en mí comenzara al fin a fluir, a correr. Y al correr, nombraba cada cosa por su verdadero nombre. Me temblaron las manos. Me ardieron las entrañas. Pero no era un deseo de cuerpo, aunque era hermoso, aunque su rostro tenía la dulzura de un niño y la armonía de un anciano venerable. No era eso. Era algo que nunca había sentido. Una presencia que deshacía mis máscaras… Entonces, le pregunté al hombre que estaba a mi lado, un joven de barba rala y manos ásperas que escuchaba embelesado:
—¿Quién es él? ¿Es un nuevo profeta?
El joven me miró, como si no supiera cómo responder. Me dijo en voz baja, como temiendo nombrarlo en vano:
–Es Yeshúa de Nazaret. Algunos dicen que es el Mesías. Otros, que es sólo un hombre sabio. Pero yo he visto enfermos sanar con una palabra suya. Y cuando me mira, siento que soy más de lo que creía ser.
Yeshúa. Así lo llamó… Yeshúa… El nombre cayó en mi interior como algo muy sagrado en el eco de un pozo. Desde ese instante supe que no podría olvidarlo… Lo miré de nuevo. Él ya no me miraba, pero algo suyo seguía en mí. No supe entonces que mi vida había cambiado para siempre. No lo supe… hasta esa noche, cuando en la soledad de mi aposento, repetí su nombre en voz baja, una, dos, tres veces, como si lo estuviera creando, puliéndolo, como quien tasta por primera vez la textura del agua con gran empeño de no olvidarla: “Yeshúa”… Así dije. Y lo pronuncié como se dice una música subterránea que nos abre interior un paisaje de la niñez. Y sentí que algo respondía, desde muy adentro, con la misma voz, como si a partir de ese momento se abriera una puerta, un misterio que como un nudo debía desatar.
Él era algo superior a mi entendimiento, de una naturaleza que aún no se me había dado comprender en su hondura, en sus raíces originarias… Pero sí sé que también era un hombre… Yo soy Miryam, La Otra Magdalena. Y esta es mi historia; también la suya, la de Yeshúa: la nuestra.
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