Hay un momento en el que la imagen comienza a vibrar, a hacerse música; lo visible se llena de resonancias, de danza sonora, como si cada forma llevara adentro una cuerda vibrando. A ese fenómeno, delicado, difícil de enunciar con palabras la poética taocuántica lo llama música visual.
En estos casos no se trata de meras metáforas andamiadas con pretensiones de sorprender los sentidos, ni de fingida sinestesia decorativa; tampoco es cuestión de un simple giro poético para impresionar al oído: es un modo de percepción, un estar en alta frecuencia con la esencialidad de la vivencia que refiere la imagen.
La música visual ocurre cuando la imagen, liberada de su función descriptiva, empieza a moverse como una onda-partícula: se expande, respira, pulsa. La luz deja de ser un contorno inmóvil y se convierte en ritmo. La sombra, en intervalo, en espacio, en espiral de aire, en resonancia interior. Entonces, la palabra ya no representa: revela la vibración escondida en aquello que nombra.
Se parte de una comprensión fundamental: la realidad no es una colección de objetos separados, sino una red de energías danzando en un vacío vivo. Y ese vacío no es hueco, ni ausencia, ni silencio pasivo: es la plenitud en reposo que crea, sostiene y transforma. Cuando la poesía se afina con ese pulso profundo, surge la música visual que se postula en esta poética, no con banas palabras, sino mediante el oficio en correlato con la verdad que resplandece en lo nombrado, en todo cuanto nos apela… En esta mirada, la imagen nunca está quieta. No retrata: late. No fija: fluye. No cierra: abre, danza en sintonía con su nivel frecuencial.
Cada imagen es un portal, una membrana vibratoria a través de la cual se filtra la geometría íntima del Universo. Cuando el poema dice “luz”, la luz no ilumina: respira. Cuando dice “oleaje”, el oleaje no avanza: recuerda. Cuando dice “aire”, el aire no pasa: pulsa. La imagen es vibración antes que figura. Y esa vibración es música, manifestación de la Realidad Pura, de aquello, que sin nombres, emerge hacia este lado desde el plano causal, estado de lo inmanifiesto, de lo que es sin agotamiento.
La música visual es la prueba, la señal de que la palabra ha tocado el núcleo vibratorio del Ser.
La música visual se sostiene en su diapasón de nada, marca su compás causal, sin cadencias formales; sólo es en cuanto, como el tiempo, tiende a no ser, siendo. Nace del modo en que la palabra hace temblar la realidad. Es la pulsación que queda después de que la imagen se ha desplegado en la conciencia, en bucles de tiempo, en oleajes de vacíos, el vacío como reposo de la totalidad. Y que al reposar sobre sí misma, se fecunda.
En la sensibilidad que entraña la taocuántica, el vacío es respiración. No es la nada en ausencia de algo: es el origen, la matriz en la que desde sus raíces emergen las formas… El vacío emite una música sin sonido: una frecuencia que no se oye, pero se percibe, se presiente como el amor que asoma. Ella es vibración tan sutil que solo el poema, cuando se abandona a su propio silencio, puede alcanzar. Y en cuan a tal, se oficia desde la economía, no así desde la pobreza verbal. Su lenguaje es preciso, lo necesario para que el enigma se diga solo: escucha; expande porque se retira. Vibra, porque está quieto. En ese equilibrio nace la música visual: una luz que se oye, un silencio que ilumina. En esta voz poética, nada es sólido. Todo es onda y partícula, partícula y onda a la vez, como el amor correspondido por sí mismo: todo deviene de la mirada que la hace colapsar, para la singularidad que crea la ilusión de la densidad.
Las montañas no son montañas: son el eco de un movimiento detenido. El agua no es agua: es un espejo vibratorio que recuerda lo que ha tocado. El cuerpo no es cuerpo: es un campo energético que respira en la intemperie del Universo.
En visión la taocuántica la imagen es esencialmente ondulatoria, pulsos breves, curvas de luz, contornos que tiemblan, trazos que se desvanecen para volver a aparecer. La música visual ocurre en esa frontera en la que la imagen deja de ser representación para convertirse en fenómeno. La palabra no muestra: participa; no describe, se vuelve una pieza del tejido vibratorio que evoca.
Para los signatarios de este ideal, una bandada de pájaros va dejando tras sí una estela sonora, en bucles de inusitados colores empinados, para la sinfonía que anima lo que es apenas sensorial. Entonces, el agua en su fluir desenreda un murmullo que tejiendo va una música líquida, y aún la enorme roca que parece estar bajo un pesado silencio sueña su voz y rebosa cercanía. Y así todo está en permanente diálogo con lo que a los sentidos se le aparece separado… No se busca crear, mucho menos darse a la imaginería. Su sentido es testimoniar lo vívido, ser cuerdas vibrantes para la música de la vida.
Uno de los principios más profundos de esta poética es que la claridad no es lo opuesto al misterio, sino su expresión visible. La luz transparente no destruye el enigma: lo revela. En este entorno, la música visual es un estado de transparencia vibrante. Cuando la palabra se despeja y deja un espacio abierto, ese espacio dice una voz, nace resonancia la naturaleza de su escala frecuencial. Lo vacío empieza a emitir una melodía imperceptible para los profanos. La claridad se vuelve ritmo.
Todo se ilumina desde adentro: la imagen vibra, el ritmo se abre, la música se vuelve visible. A diferencia de otras tradiciones que piensan la música como una secuencia temporal y la imagen como una disposición espacial, en este modo de interpretar el mundo, tiempo y espacio son una misma danza, un telar que va siendo en el viaje. Por eso la imagen adquiere ritmo y el ritmo se convierte en figuras, imágenes sonoras de sagrados niveles en su ser. El poema debe ser un sonido que se dibuja, una vibración que se vuelve arquitectura del instante.
La música visual es esa conjunción milagrosa en la que la luz tiene compás, y el compás tiene resplandor. La música visual no vive en el poema: vive en quien lo recibe. El lector, empalmado en la debida frecuencia, no interpreta: se afina. No busca sentido: busca vibración. No pregunta qué significa la imagen: pregunta qué le hace a su densidad corpórea y emocional, a la conciencia, al silencio ahondado que busca ser.
La música visual en la poética taocuántica tiene un efecto peculiar: expande la percepción sin saturarla, estimula sin agitar, abre sin desbordar. Es una forma de comprensión no narrativa, no lógica, no argumental, sino perceptiva. La imagen se vuelve un campo cuántico, y el lector entra en él rebosado de posibilidades, en certeza de que el mundo es vibración en reposo, luz respirando. Y que el poema, cuando es auténtico, no imita ese pulso: lo acompasa.
La música visual es la prueba, la señal de que la palabra ha tocado el núcleo vibratorio del Ser. Es el resplandor rítmico que aparece cuando la imagen deja de ser un objeto y se convierte en la frecuencia de su naturaleza profunda.
Ver la música, oír la luz, ese es el milagro; ese es el territorio taocuántico.
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