La dimensión cuántica y taoísta (que en suma nos ha conducido a la revelación de la taocuántica) en la ensayística sobre la música de Ángel Concepción Lajara (Yeyé) no es una elucubración o teoría banal añadida a su pensamiento, sino una pulsación originaria y luminosa que lo entraña con su esencial naturaleza; un soplo de sabiduría ancestral o flujo en altísima frecuencia que reconfigura el caos interior hasta volverlo cauce, despertando en él una memoria anterior al tiempo, lugar sin espacio donde el silencio tensa hacia su centro las cuerdas de la primera vibración… Cuando Yeyé escribe sobre música, no lo hace como quien describe un fenómeno externo, sino como quien se adentra en un campo de energía viva donde todo está vinculado por etéreos filamentos vibrantes, mediante los cuales se abrazan entre sí todos los entes vivientes, como las hifas que tejen el micelio para la resonancia subterránea del amor telúrico que late en la profundidad del cerebro que conforman los rebaños de árboles… Sus palabras no señalan desde fuera: vibran desde dentro. Y esa excitación vibracional nos alcanza para recordarnos que somos música que busca su propia armonía en el diapasón del viaje que vamos siendo… En él, cada palabra es arquetipo de lo que enuncia: dice coro, y se escucha el aletear de mares que vienen a nuestro encuentro y nunca terminan de llegar; dice sinfonía, y de pronto, afanosos bosques nos habitan con su aroma a clorofila del tiempo; dice blanca, negra y redonda, y hay una muchedumbre de lo sagrado: texturas y colores vibrando como las frías alas que el fuego reclama para hacerse atajo de la redondez. Y es hogar, hueco en la mirada, vigilia que despierta hacia el otro sueño, manadas que emigran hacia anhelados pastizales… Ángel Concepción Lajara (Yeyé) no alumbra ensayos, sino música que despierta partituras, que abre puertas para salir hacia adentro, hacia lo que somos, sin el nombre impostor que a ratos nos distrae, para que el miedo se haga obelisco, la distancia de lo que en la ilusión se nos aparece separado.

En su percepción sinestésica, la música no es solo arte ni entretenimiento ni patrimonio cultural: es estremecimiento, una forma de organización profunda de la conciencia. Cada sonido que evoca porta información sensible que dialoga con la estructura íntima del ser humano. No se trata de metáforas de predecibles andamiajes, sino de experiencias vividas, del proceso experiencial de lo vívido: la frecuencia sonora modifica estados internos, estamentos de la psique; reordena tensiones, abre espacios donde antes había emociones anudadas. Yeyé percibe esa acción transformadora como un fenómeno de entrelazamiento, donde la onda musical y la interioridad del oyente no están separadas… Así, su ensayística se mueve como una física-poética de la experiencia. Nada está aislado. Un tambor ejecutado en una aldea del mundo puede despertar memorias dormidas en un cuerpo distante. Una melodía escuchada en la infancia puede seguir modulando, tiempo después, nuestras emociones. Esa continuidad invisible es, para él, la prueba de que la realidad sonora no se limita al instante de la emisión: permanece vibrando en los planos más ahondados del Ser.

Cuando Yeyé escribe, su prosa parece obedecer a la misma lógica que atribuye a la música, donde las escalas numerales se ecuacionan en geometrías sonoras de sutil correspondencia… No avanza en línea recta, sino en ondas que se expanden, se intiman en la matriz causal del sonido primordial, regresan con nuevos matices. Y todo se encanta, anuncia el tacto de insospechados paisajes de la aventura del viaje que busca volver a la tibieza de la casa paterna. Leerlo es entrar en un campo vibratorio donde la comprensión no llega como el golpe seco de la acostumbrada razón, sino como una resonancia progresiva que va ocupando espacios internos. Sus ideas no se imponen: nos afinan. Y desde esta visión, la sanación no es un milagro externo, sino un reajuste de frecuencias de lo que somos… La vida contemporánea, saturada de ruidos atroces, fragmenta nuestro campo interior, nos descompasa… La música, y la reflexión profunda sobre ella, puede devolver coherencia a ese entramado disperso. Yeyé no habla de curaciones espectaculares, sino de un retorno natural al equilibrio (como lo postula la taocuántica), como cuando un instrumento desafinado vuelve a encontrar su tono justo y retorna a su Ser, a su estar siendo en amor hacia sí mismo… Esa imagen atraviesa, sin quebrarla, su escritura: el ser humano como instrumento vivo, capaz de reencontrar su armonía mediante la vibración adecuada, en la justa frecuencia en que vibra el universo, toda la danza que con todas las cosas vamos siendo.

Hay en su ensayística una confianza radical en el poder organizador del sonido. No como dogma, sino como constatación sensible. Él parece escuchar el mundo (como lo hiciera Beethoven) como una gran composición en proceso, donde cada cultura aporta timbres, ritmos, silencios… La diversidad musical no es, entonces, simple variedad estética, sino riqueza vibratoria para la conciencia colectiva. Y, al entrar en contacto con esas sonoridades, ampliamos nuestro rango de resonancia interior, esa música antigua que, despiertos, muy dentro sabemos… Entonces, la dimensión cuántica aparece cuando comprendemos que ese intercambio no es simbólico, sino real en un nivel profundo. Así como partículas distantes pueden influirse mutuamente, también nosotros quedamos enlazados a las músicas que nos han tocado de verdad; mientras que el amor taoísta fija que ellas sigan vibrando en nosotros, aun cuando el sonido físico ya se haya extinguido. Yeyé escribe desde esa certeza taocuántica: lo que ha resonado auténticamente en el corazón humano no desaparece; permanece como huella activa en el telar perceptivo de la sensibilidad. Y esto hace de nosotros un registro codificado en caracteres de añoranza y advenimiento de lo que creíamos olvidado.

La prosa de Ángel Concepción Lajara, nuestro Yeyé, no se escribe: acontece; se convierte en experiencia sonora, intrínsecamente musical, que nos acompasa en sus vibrantes ondulaciones, en esa su meditación en movimiento, algo muy propio de él. Hay cadencias, repeticiones audaces, pausas que funcionan como respiraciones de notas, colores y texturas. Los suyos no son ensayos que se lean solo con la mente: el cuerpo participa, todos los sentidos unificados, como un enjambre que se apacienta para darse a ser en la unidad. Algo en el ritmo de sus frases somete en amor la respiración del lector, como si la escritura quisiera recordarnos que pensar también es un acto corporal, un fenómeno rítmico, una oscilación entre silencio y expresión. Y esa integración de cuerpo, emoción y pensamiento es parte esencial de su propuesta meditativa y sanadora… La fragmentación moderna ha separado lo que en la experiencia viva es una única realidad. Yeyé, al abordar la música desde una conciencia vibratoria, restituye la unidad perdida. Nos invita a habitar el conocimiento no como acumulación de datos, sino como estado de resonancia. Saber algo es vibrar con ello.

También hay en su arqueología del Ser una ética implícita: si todo vibra y todo influye, entonces cada sonido que emitimos, cada palabra, cada gesto, participa en la construcción del campo común, el espectro total de la Realidad Pura en la cual somos ondas danzantes, en conciencia de ser parte del Todo. La música se vuelve metáfora y realidad de la convivencia humana… Afinarnos no es solo asunto personal; es responsabilidad compartida. Una comunidad que aprende a escuchar y a emitir frecuencias armónicas crea condiciones para una vida más coherente, más compasiva. Y de ese modo retornar a la Fuente, a la Presencia, que es el modo en el cual se nos revela la esencialidad que anima el universo. Por eso, su ensayística sobre la música termina siendo una acertada intuición sobre la condición humana. Somos, en el fondo, nodos de una inmensa red vibratoria. Vivimos inmersos en ondas que nos atraviesan y que nosotros mismos generamos. Ignorar esta dimensión nos vuelve torpes, desajustados; reconocerla nos devuelve la sensibilidad propia de quienes están despiertos, asomados al equilibrio. La música, en su visión (en la de Yeyé), es una maestra silenciosa que nos recuerda cómo participar conscientemente en esa red.

Leer a Ángel Concepción Lajara desde esta perspectiva es aceptar una invitación a la afinación interior. No se trata solo de comprender sus ideas, sino de dejarlas actuar como frecuencias que reorganizan nuestro propio campo toroidal u órbita frecuencial; y así estar en encimadas espirales del proceso de desarrollo espiritual… Su ensayística no concluye en la última línea: continúa vibrando en quien la ha leído y se abre a ella como a un acorde que permanece suspendido en el aire mucho después de haber sido ejecutado. Y quizás ahí radique la profunda modalidad de su aporte: mostrarnos que la música no está fuera de nosotros, que no es un objeto que consumimos, sino una dimensión constitutiva de nuestro Ser, como parte inseparable de la música de la vida, el imparable concierto cósmico que, como la voz de la cosmovisión brahmánica, crea, sostiene y transforma… Somos sustancia que resuena y escucha, realidad local (lo manifiesto) que vibra al interior de la realidad no local (lo inmanifiesto), vida que se reordena a través del sonido que el tiempo y el silencio moldean en sus sabias escalas… Entonces, y definitivamente, Yeyé escribe para recordarnos esa verdad que en nosotros ya estaba y siempre es nueva: que en el fondo de todo pensamiento late un ritmo, y que en ese ritmo puede encontrarse, si aprendemos a escucharlo, una vía de sanación, de integración y de regreso a la armonía esencial que nunca hemos dejado de ser.

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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