La Mijail molestaba . ¡!¡Pero niñaaa coño llévalo suave !
Botas militares arrogantes y subversivas batolas de florituras, de las que usan las comadres antes del primer café . Desahogadas y ligeras para cubrir su desagradable anti gordura. Bigotes a lo Daniel Santos cantando en el Apolo allá por el 56
Afro de cuero de Herminia en los 70s. ¡En la pista, la Super Wendy, la creta que fuma, aplausos, por favor!
Su actitud ante la vida era un río de tres pasitos, una poza de transgresiones XXX. ¿Poeta maldito? Más bien un niño grande con la fatalidad en uno de los bolsillos de su última batola. Por cierto, nunca supe si sus batolas tenían bolsillos. Háganse de cuenta que sí, que portaba asmodeos y cascabeles.
Un mediodía caminaba por el Malecón. Emulando a otro artista querido ido a destiempo como todos los artistas, Tony Capellán, me topé con la humilde madre de Johan rascándole con ternura las drelas de su trans-afro-identidad.
Mijail sentado en un banco y su mamá de pie sobándole la cabeza frente a Placer de los Estudios, y todo frente a un mar espeso, con un nuevo batallón de plásticos y basura llegando a la playita de los palomos, Para mí, la escena maternal, fuera de lo común en el universo Johan, transformó mi mirada de un mar denso y pardo en aguas vitales, brillosas y rutilantes.
Una escena tropical propia de Almodóvar cuando al manchego le gustaba escarbar heridas.
Mijail, al verme alzó la mano a manera de saludo y me recordó con un vozarrón desconocido “compra ¡Chapeo, te va a gustar manito!"
Cosmovisiones perversas y acciones anticoloniales. NOS DIJERON QUE ÍBAMOS A SINGAR, YO LE DIJE A LUIS que les dijéramos que sí; él me dijo que sí, también.
Los tígueres llegaron a la casa en un Toyota que me recordaba el Caribe completo, con su archipiélago pegajoso y complejo, con su mar y océano revolviéndolo todo con su magia límite o posibilidad.
El Caribe más allá de la playa, del malecón y sus historias, mientras que las luces del automóvil eran lo único que podría traer, en esos momentos, esperanza a la humanidad, a los demás animales y plantas.
Nos subimos Luis y yo, practicando lo mismo de las últimas veces: hacernos las tontas, las que no tenían experiencias anteriores, que éramos dos mujeres modernas con un semestre de odontología en la Universidad Autónoma.
Las damas del barrio. Las que nunca habían roto ni corazones, ni platos. Las que teníamos la misión de ir transformando, mediante la experimentación del disfrute de la sexualidad y el goce del otro, las masculinas y heteroblancocis argumentaciones en las cuales se había instalado y naturalizado la idea de la identidad nacional.
Chapeo/Johan Mijail/Elefanta Editorial/ 2021
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