Los cibermillonarios y magnates tecnológicos vinculados a la nueva derecha de Silicon Valley —Elon Musk, Marc Andreessen, Peter Thiel y Alex Karp, entre otros— forman parte de una élite que concentra poder económico, tecnológico y político en el cibermundo. Estas figuras coinciden en una ideología que exalta el poder corporativo, la primacía tecnológica, la militarización de la inteligencia artificial y el fortalecimiento de formas autoritarias de gobierno.
Su dominio procede del control de plataformas, redes satelitales, sistemas de inteligencia artificial, bases de datos e infraestructuras digitales capaces de intervenir en la formación de la opinión pública y en la orientación de las decisiones colectivas. Más que empresarios tradicionales, representan una nueva modalidad de soberanía privada: un ciberpoder que atraviesa las fronteras nacionales y disputa al Estado la capacidad de organizar el mundo y cibermundo como híbrido planetario.
Estos ciberoligarcas han convertido la ira de la ultraderecha en una fuerza política que pueden estimular, orientar y utilizar en favor de sus intereses. El malestar generado por la desigualdad, la pérdida de reconocimiento y el temor ante las transformaciones sociales es canalizado, mediante algoritmos y plataformas digitales, hacia la hostilidad contra migrantes, minorías, instituciones democráticas y adversarios ideológicos
La influencia ejercida por estos ciberoligarcas sobre dirigentes como Donald Trump, Javier Milei, Abelardo de la Espriella en Colombia, Jair Bolsonaro en Brasil, José Antonio Kast en Chile y Daniel Noboa en Ecuador, junto con figuras europeas como Giorgia Meloni, Viktor Orbán, Marine Le Pen y Santiago Abascal, revela la consolidación de una alianza transnacional entre poder digital, capital financiero y tendencias autoritarias. Esta constelación de derechas radicales comparte el culto al liderazgo fuerte, la impugnación de las élites tradicionales, la hostilidad hacia los derechos sociales y la instrumentalización del miedo.
En este sentido, la banalización de las ideologías extremas en las redes sociales y en algunos discursos públicos ha creado un entorno propicio para la expansión de la ira, los discursos de odio y la intolerancia, poniendo en riesgo los principios fundamentales de la convivencia democrática, como bien señala Antonella Marty (2025). En estos espacios, la ira acumulada puede transformarse en hostilidad contra determinados grupos y difundirse mediante mensajes discriminatorios que pretenden legitimarse en nombre de la libertad de expresión: “Toda esa ira y bronca acumulada la canalizan a través de discursos de odio, bajo la falaz justificación de la libertad de expresión” (Marty, La nueva derecha, 2025, p. 83).
El mundo cibernético configurado en redes y plataformas digitales y espacios virtuales han ampliado la visibilidad de las injusticias, las desigualdades y los conflictos de guerras y ciberguerras. Hoy los sujetos están expuestos, en tiempo real, al sufrimiento ajeno, a la violencia simbólica, a la exclusión social y a las formas de abuso que atraviesan la vida cotidiana. En este contexto, la ira pasa a ocupar un lugar central en la vida social, política y moral. Esta reacción emocional aparece de forma inevitable y ambigua: puede despertar una conciencia crítica frente a la injusticia, aunque también puede convertirse en una fuerza destructiva, cuando queda atrapada en el resentimiento, la venganza y la victimización permanente.
En La modernidad explosiva (2025), Eva Illouz explica que la ira debe entenderse como una emoción compleja y multifacética que expresa experiencias individuales, conexiones sociales, culturales y morales. Cuando un sujeto la experimenta, manifiesta la defensa de un orden moral que considera vulnerado. Esta emoción revela, por tanto, las normas, expectativas y valores que organizan nuestras relaciones con los demás. Aquello que nos indigna, muestra también lo que consideramos justo, digno o legítimo.
De ahí, la afirmación: “A veces muda, a veces explícita, la ira está estrechamente entretejida con la distribución del poder en las relaciones de género, clase y raza, y es prerrogativa de quienes controlan y dominan una interacción” (Illouz, 2025, p. 136).
En el mundo cibernético, esta cólera se intensifica porque los conflictos circulan públicamente en redes, foros, plataformas y comunidades digitales. La indignación se propaga con rapidez, se comparte, se comenta, se amplifica y, muchas veces, se transforma en acción colectiva. Así, puede convertirse en un catalizador poderoso de cambio social, especialmente cuando denuncia abusos, visibiliza víctimas y exige reparación frente a situaciones de injusticia.
Sin embargo, para esta pensadora, la ira también posee una dimensión peligrosa, pues el sujeto airado corre el riesgo de definirse exclusivamente por la herida recibida, por el daño padecido o por la exigencia de compensación. En este caso, la identidad se organiza alrededor del resentimiento y la victimización. La indignación deja de ser una fuerza orientada hacia la justicia y se convierte en una forma de encierro subjetivo. Pierde su capacidad transformadora y reproduce el conflicto, la venganza y la destrucción.
Esta tensión entre el potencial emancipador y el carácter destructivo de la ira resulta especialmente visible en el mundo cibernético, donde las plataformas digitales pueden favorecer la denuncia de injusticias y la movilización social, pero también generar dinámicas de linchamiento digital, polarización, intolerancia y difusión del odio.
La ira circula con facilidad en el ciberespacio porque muchas veces encuentra recompensa inmediata: atención, aprobación, comentarios, adhesiones y visibilidad. De este modo, la emoción se convierte en espectáculo y el sujeto cibernético puede quedar atrapado en una economía afectiva donde la indignación permanente se vuelve una forma de presencia pública. En vez de elaborar racionalmente el conflicto, el mundo cibernético puede intensificar la reacción emocional inmediata.
En su texto, Illouz invita a cuestionar la naturaleza de nuestra ira. Su planteamiento consiste en comprender sus condiciones sociales y culturales en estos tiempos transidos. Esta pasión está moldeada por los discursos e imaginarios de la cultura en la que vivimos. Aquello que consideramos ofensivo, intolerable o injusto depende también de las formas de interpretación que una sociedad ofrece. Por eso, entenderla implica comprender cómo se construyen nuestras percepciones morales y cómo nuestras emociones están atravesadas por relaciones de poder social.
Una sociedad carente de ira correría el riesgo de aceptar pasivamente la injusticia y otras miserias humanas. Esta emoción cumple una función moral porque impide que la opresión se normalice. Allí donde falta indignación, la injusticia puede instalarse como costumbre. Por eso, Illouz expresa: “[…] cuando la ira invoca argumentos morales y reconoce normas, y cuando se sitúa en el trasfondo de injusticias reiteradas, puede tener un poder colectivo transformador. Cuando se expresa en la esfera pública, la ira debe adoptar la forma de una ira basada en principios y no motivada por el daño personal” (Illouz, 2025, p. 147).
Vista de este modo, posee un valor político: despierta, moviliza y exige transformación. Sin ella, muchas formas de violencia quedarían invisibilizadas o serían aceptadas con resignación ante el poder y los poderosos.
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